¿Por qué triunfan los “chefs”?

¿Por qué triunfan los “chefs”?

Publicado por el Jul 13, 2015

Compartir

 Hans Castorp, el protagonista de La montaña mágica de Thomas Mann, llegó al Sanatorio Internacional Berghof, en los Alpes suizos, un mes de agosto. Ingresó porque le dio la gana. Sin enfermedad aparente que consignar en la hoja de registro médico. Como excusa, la visita a un familiar, a su primo Joachim Ziemssen, que padece una dolencia característica de la época de entreguerras: la tuberculosis. Castorp al final prolonga su estancia eternamente. No quiere o no puede abandonar aquel lugar de la misma manera que les sucediera a los personajes de El Ángel Exterminador, de Buñuel. Una barrera invisible que Castorp, como aquellos, no puede derribar o romper. Ni fuerzas ni ganas. El éter de las disquisiciones paraliza los actos. El cuerpo, laxo; la mente, vueltas y vueltas a la velocidad del futurismo. En todo ese tiempo como huésped de la habitación 34, Castorp pasa a ser un enfermo imaginario de la pasión amorosa, de las dudas intelectuales del momento, que se suceden en los diálogos entre los distintos personajes que se cruzan por su vida como por los pasillos del sanatorio y por los senderos de aquel paraje aislado en el techo del mundo de la vieja civilización europea. Thomas Mann escribió también de otro retiro en La muerte en Venecia. El músico Gustav von Aschenbach se refugia en la isla del Lido, en un hotel de lujo, para combatir otra de las enfermedades que vinieron con los años de vértigo, como también relató Philipp Blom en el ensayo que lleva ese mismo título: la depresión. Los detalles que acontecieron luego foman parte de la historia sobre cuyo oculto morbo abierto en carnal se han hecho películas (Visconti) y óperas (Britten).

Tallarines al pesto e Naturehouse

Tallarines al pesto en Naturehouse

Agosto llega a nuestras vidas un año tras otro y surge la necesidad de internamiento: en uno mismo, abrazado a tu propia miseria entrada en carnes, o en los brazos de otro: maduro, inmaduro o por madurar. Esconder la cabeza debajo del agua o de la almohada. Desaparecer de entre los vivos. Nos pesa el cuerpo, cuando no el alma. En 21 gramos está cifrada su consistencia. Los 21 gramos de los que habló Alejandro González Iñárritu en su película homónima. La tuberculosis ya no consta como enfermedad de nuestros días y de nuestra literatura y literatos. No se registra como causa de ingreso en un lugar de retiro a la orilla del mar y de los canales putrefactos que traen el tifus como solución final. La depresión, sí. Desde aquellos años de vértigo: ahora y siempre. Llega agosto a nuestro calendario lunar y crepuscular y nos internaremos. Los mortales y los inmortales. Los escritores y los lectores. Desintoxicarse. Esa es la palabra que se usa como definición o reclamo contemporáneo. Clínica de desintoxicación (Healthouse se dice en inglés) que en nada se parece al sanatorio de las montañas suizas. Somos una sociedad y unos humanos intoxicados que pedimos una purificación a gritos, a veces sordos, a veces tan sonoros que llegan a las páginas del papel couché. Ahora saben, o deberían, que me refiero a un Premio Nobel que antes de que fuera Nobel, pero no escritor de mayúsculas historias, dejaba caer sus años en uno de estos refugios donde te alimentan con una sopa al día y toneladas de paz interior, dado que apenas te quedan fuerzas para muchas otras guerras, ni siquiera del fin del mundo. 

Sandia a la plancha con aroma de Pedro Ximenez

Sandia a la plancha con aroma de Pedro Ximenez

 

Pisé tiempo ha las aulas de una de estas cátedras de la desintoxicación y mis huesos crujieron mientras los de mis congéneres a la hora del desayuno liofilizado todavía se bañaban en la grasa del sobrepeso que marcaban una mañana tras otra en los dígitos de la báscula de control. Mi masa muscular fue tasada poco más que en esos 21 gramos que, dicen, pesa el alma. ¿Mi alma será mi masa muscular? ¿Es decir, que no existe alma, solo hueso y piel? Me pregunto. Como no soy Hans Castorp, dale que dale a la cabeza de la duda existencial, me quedo con una observación práctica: ¡qué razón tienen los doctores cuando señalan el sobrepeso como una de las enfermedades de nuestro tiempo! Nada de tuberculosis. Los cuerpos que no pueden con su alma a cuestas. Sobrepeso y depresión, que es otra forma de sobrepeso craneoencefálico. No se quejen los buenos comedores de guisos hipercalóricos de la cocina «masterchef» que tanto se lleva. El alma debe pesar 21 gramos y eso solo se consigue con una dieta que cabe en una cuchara, en un bocado que deja con ganas de vivir otro instante. Nadie podrá negarme que después de un buen cocido solo quieres morirte en el sobrepeso somnoliento de una siesta Ahora entiendo la revolución culinaria de las estrellas. 21 gramos de alma al peso o al pesto. Como gusten.

Compartir

ABC.es

Entre líneas © DIARIO ABC, S.L. 2015

Cuando, y cada vez más, la cultura es espectáculo y el espectáculo es una cultura se hace más necesario leer entre líneas lo que la cultura se trae en manos. Más sobre «Entre líneas»

Etiquetas
Calendario de entradas
diciembre 2017
M T W T F S S
« Oct    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031