La estrella solitaria

Publicado por el nov 6, 2010

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Era tal día como hoy de 1835 cuando “el pueblo de Tejas, reunido en Convención General”, declaraba su independencia de la República Mexicana. Curiosamente, si se fijan, sólo hay un nombre español entre los abajofirmantes: Lorenzo de Zavala. La región era por aquel entonces una provincia del Estado de Coahuila y Texas, y las disputas entre el Gobierno mexicano y los colonos anglosajones comenzaron tras la promulgación aquel mismo año, por el presidente Antonio López de Santa Anna, de la nueva constitución centralista.

Antes, en 1820, un hombre de negocios de Connecticut, Moses Austin, había solicitado una concesión de la Corona (Texas aún pertenecía al Virreinato de la Nueva España) para asentar trescientas familias en el desolado paraje: a cambio, estas deberían abrazar la fe católica, aprender el castellano y españolizar sus nombres. La coloniación se produjo al mismo tiempo que la región se poblaba de otros estadounidenses (patibularios, filibusteros y demás gentes de malvivir) que, al contrario que hoy en día, cruzaban la frontera ilegalmente de norte a sur.

En 1826, con México constituido como nación independiente, el empresario Haden Edwards ya había instigado una fracasada insurrección en Nacogdoches, llegando a proclamar la efímera República de Fredonia: difícil no recordar aquí a Groucho Marx como Rufus T. Firefly, primer ministro de Freedonia (Libertonia, en la versión española), en “Sopa de Ganso”. En 1827, el presidente estadounidense John Quincy Adams ofreció a México un millón de dólares por la venta de Texas; dos años después, Andrew Jackson elevaba la oferta a 5 millones de dólares, que nuevamente fue rechazada. En 1830, México frenaba el establecimiento de nuevas colonias o el poblamiento de las ya existentes e imponía el cobro de impuestos. Pero, más importante aún, prohibía taxativamente la esclavitud.

En 1835, la nueva Constitución desató el alzamiento de Zacatecas, brutalmente sofocado. Entonces, Texas se sumó nominalmente a los sentimientos federales y liberales, y el asesinato de un colono a manos de un soldado mexicano fue la excusa para desatar las hostilidades. La guerra comenzó el 2 de octubre con la batalla de González, y, tras de algunas victorias mexicanas, terminó inesperadamente con la batalla de San Jacinto, el 21 de abril de 1836, cuando las tropas al mando de Samuel Houston (formadas por rebeldes texanos y voluntarios estadounidenses) se impusieron en poco más de un cuarto de hora a las comandadas por el propio Santa Anna, muy superiores en número y armamento. Entre medias, algunos episodios “legendarios” que marcan la joven y breve historia de EE.UU., como la famosa batalla de El Álamo (23 de febrero – 6 de marzo de 1836).

Así, el presidente mexicano fue hecho prisionero y obligado a firmar al mes siguiente el Tratado de Velasco, por el que se proclamaba la República de Texas, que los gringos se anexionarían en 1845. Las reclamaciones entre ambos países no quedarán liquidadas hasta la intervención estadounidense de 1846-1848. Pero esa es otra historia…

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