Monsieur Morazán

Publicado por el Mar 31, 2010

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A excepción de la reina de Inglaterra, pocos personajes en la historia pueden presumir de haber sido cabeza de cuatro Estados. Uno de ellos es Francisco Morazán, quien además de presidir la República Federal de Centroamérica fue primer mandatario de Honduras, Guatemala, El Salvador y Costa Rica durante diversos periodos entre 1827 y 1842. Morazán también puede vanagloriarse de tener la mejor estatua de Tegucigalpa. ¿O no?…

Eduardo Galeano proclamó en su más conocida obra, “Las venas abiertas de América Latina”, que la escultura de Morazán en la Plaza Central de la capital hondureña no corresponde al prócer centroamericano, sino al mariscal francés Michel Ney, héroe de las guerras Napoleónicas. Según el escritor uruguayo, dicha estatua fue comprada en un “mercado de pulgas”, una vez que las personas que debían encargarla se gastaron el dinero en “parrandas”.

Gabriel García Márquez también difundirá la especie, ubicando el lugar de la compra en “un depósito de esculturas usadas”. El historiador William Krehm contribuyó a embellecer el cuento al detallar que la comisión enviada a Europa “fue consumiendo sus fondos y se vio reducida a comprar, a bajo precio, una figura ecuestre del mariscal, fundida para una ciudad francesa que luego no quiso aceptarla”.

Rafael Leiva Vivas, autor de “La estatua de Morazán”, empleó dos años para verificar la autenticidad de la estatua en los archivos diplomáticos de Paris. Leiva visitó la Asociación de Escultores franceses para consultar si era posible que un blasón pudiera ser borrado y sustituido por otro, en referencia al escudo de armas de la República que aparece en un costado de la escultura: “Técnicamente era imposible. Al pie está esculpido un cactus, y esa planta no existe en Europa”.

También el escritor Miguel Calix Suazo ha demostrado que la obra fue un encargo, pues en los botones del uniforme y en la silla y el pecho del caballo aparecen los volcanes de la divisa de la República Federal de Centroamérica. Es difícil asociar a Ney con dicho símbolo.

El historiador hondureño Victor Cáceres Lara defiende el parecido físico de la efigie con el retrato más conocido de Morazán. Y sostiene que la primera no recibió objeciones por los hondureños de 1883, año en que fue erigida, cuando aún había entre ellos muchos que conocieron en vida al militar y político, fusilado 41 años antes.

Así, la imagen sería verdaderamente obra del escultor Morice, vaciada por la casa Thiébaut Hermanos. El único parecido con la de Ney, realizada por François Rudé y que se encuentra frente al Observatorio de París, radicaría en el bicornio. Morazán no era soldado de carrera y había combatido en ejércitos de diferentes nacionalidades, cuyos uniformes no estaban claramente catalogados; así que el escultor le habría colocado el que, según la Escuela de Bellas Artes de París, podía ser un uniforme de general durante la primera mitad del siglo XIX.

Sea como fuere, uno se queda con la leyenda antes que con la historia. Y prefiere pensar en aquella misión de hondureños fundiéndose en absenta, “fumets” y alegres señoritas los pesos destinados a fundir en bronce la gloria de Morazán; y cantando por las calles de París -de noche, borrachos y entre estruendosas carcajadas- “Marlbrough s’en va-t-en guerre”, qué dolor, qué dolor, qué pena. Para imaginarlos, después, mientras rebuscaban en Les Puces de Saint-Ouen hasta encontrar, al peso, algo bonito y barato que llevarse a casa.

A excepción de la reina de Inglaterra, pocos personajes en la historia pueden presumir de haber sido cabeza de cuatro Estados. Uno de ellos es Francisco Morazán, quien además de presidir la República Federal de Centroamérica fue primer mandatario de Honduras, Guatemala, El Salvador y Costa Rica durante diversos periodos entre 1827 y 1842. Morazán también puede vanagloriarse de tener la mejor estatua de Tegucigalpa. ¿O no?…

Eduardo Galeano proclamó en su más conocida obra, Las venas abiertas de América Latina, que la escultura de Morazán en la Plaza Central de la capital hondureña no corresponde al prócer centroamericano, sino al mariscal francés Michel Ney, héroe de las guerras Napoleónicas. Según el escritor uruguayo, dicha estatua fue comprada en un mercado de pulgas, una vez que las personas que debían encargarla se gastaron el dinero en parrandas.

Gabriel García Márquez también difundirá la especie, ubicando el lugar de la compra en un depósito de esculturas usadas. El historiador William Krehm contribu a embellecer el cuento al detallar que la comisión enviada a Europa fue consumiendo sus fondos y se vio reducida a comprar, a bajo precio, una figura ecuestre del mariscal, fundida para una ciudad francesa que luego no quiso aceptarla.

Rafael Leiva Vivas, autor de La estatua de Morazán, empleó dos años para verificar la autenticidad de la estatua en los archivos diplomáticos de Paris. Leiva visitó la Asociación de Escultores franceses para consultar si era posible que un blasón pudiera ser borrado y sustituido por otro, en referencia al escudo de armas de la República que aparece en un costado de la escultura: Técnicamente era imposible. Al pie está esculpido un cactus, y esa planta no existe en Europa.

También el escritor Miguel Calix Suazo ha demostrado que la obra fue un encargo, pues en los botones del uniforme y en la silla y el pecho del caballo aparecen los volcanes de la divisa de la República Federal de Centroamérica. Es difícil asociar a Ney con dicho símbolo.

El historiador hondureño Victor Cáceres Lara defiende el parecido físico de la efigie con el retrato más conocido de Morazán. Y sostiene que la primera no recibió objeciones por los hondureños de 1883, año en que fue erigida, cuando aún había entre ellos muchos que conocieron en vida al militar y político, fusilado 41 años antes.

Así, la imagen sería verdaderamente obra del escultor Morice, vaciada por la casa Thiébaut Hermanos. El único parecido con la de Ney, realizada por François Rudé y que se encuentra frente al Observatorio de París, radicaría en el bicornio. Morazán no era soldado de carrera y había combatido en ejércitos de diferentes nacionalidades, cuyos uniformes no estaban claramente catalogados; así que el escultor le habría colocado el que, según la Escuela de Bellas Artes de París, podía ser un uniforme de general durante la primera mitad del siglo XIX.

Sea como fuere, uno se queda con la leyenda antes que con la historia. Y prefiere pensar en aquella misión de hondureños fundiéndose en absenta, fumets y alegres señoritas los pesos destinados a fundir en bronce la gloria de Morazán; y cantando por las calles de París de noche, borrachos y entre estruendosas carcajadas Marlbrough s’en va-t-en guerre, qué dolor, qué dolor, qué pena. Para imaginarlos, después, mientras rebuscaban en Les Puces de Saint-Ouen hasta encontrar, al peso, algo bonito y barato que llevarse a casa.

El “afrancesado” Morazán

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