Este tío es un fenómeno

Publicado por el jul 7, 2008

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Me gusta el tenis. Desde siempre. Desde aquellas tardes calurosas del verano y la niñez, aquellos largos partidos que llenaban el hueco en el estómago mientras hacía la digestión y hasta que las madres nos daban permiso para tirarnos a la piscina. Y me gustaba echar una cabezada acunado por el compás del peloteo, ploc-ploc, y los susurros del juez de silla, “silence, please”, “deuce”. Sólo una etapa reina del Tour tiene similar efecto somnífero.
Recuerdo cuando en España apenas Orantes e Higueras sabían sostener la raqueta sin romperla, y eran Connors (grande, “Jimbo”, con sus chalecos de punto y su revés a dos manos), McEnroe, Borg o Nastase quienes alzaban los trofeos. El cotarro femenino era asunto de Chris Evert y Martina Navratilova. Vendrían años después Emilio Sánchez Vicario y Sergio Nadal (¿se terminaron casando estos dos?), Arantxa (nunca olvidaré su primer Roland Garros: lo celebramos a lo grande. La verdad es que celebrábamos mi cumpleaños con una paella, y alguién debió confundir alguna sustancia extraña entre el arroz, porque menudas risas con los cambios de compresa de Steffi Graff), el Wimbledon de Conchita (un caballero dentro y fuera de la pista)… Y con Moyá, Bruguera, Costa, Ferrero nos fuimos acostumbrando a ganar.
Pero llegó Nadal. Y se hizo el amo de la tierra. Y, ayer, le segó la hierba a ese marciano impoluto que se llama Roger Federer, después de uno de los partidos más emocionantes e intensos de los que tengo memoria. Cinco horas (más las interrupciones por la lluvia) que se hicieron cortas. Y sin siesta.

Y en estas fechas también me acuerdo de Pamplona y de San Fermín

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