Ricardo Ortega

Publicado por el May 9, 2008

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MADRID (Reuters) – El periodista español Ricardo Ortega murió en Haití por disparos de militares extranjeros, según el auto de un juez haitiano dado a conocer el viernes por la familia. Ortega falleció el 7 de marzo de 2004 en la capital haitiana, Puerto Príncipe, tras cubrir una manifestación que acabó en disturbios entre partidarios y detractores del depuesto presidente Jean Bertrand Aristide. Inicialmente se informó de que el periodista de Antena 3 murió en el tiroteo provocado por los partidarios de Aristide. Fuerzas internacionales y marines estadounidenses habían llegado al empobrecido país para intentar mantener el orden tras la rebelión armada que depuso a Aristide. El auto del juez haitiano, que la familia recibió hace unos días, exculpa a los nueve haitianos acusados de asesinato y solicita que se les libere porque no hay indicios para procesarles. El juez establece en su escrito que “a raíz de la declaración de los testigos y de la inspección ocular, han sido los militares extranjeros quienes dispararon a la altura del pecho y causaron la muerte del periodista español”, aunque añade “que las múltiples gestiones (…) para identificar a estos soldados extranjeros han sido infructuosas”.

Aquéllos fueron días complicados. Especialmente para Ortega, que llegó a Haití en muy precarias condiciones: Antena 3 (a la que luego se le llenaría la boca con “nuestro compañero asesinado”) acababa de rescindir su contrato como corresponsal en Nueva York, pero él continuó como “hombre orquesta”, con su camarita de vídeo en mano, “a tanto la pieza”. Su viaje, además, estaba motivado por otras razones personales que no vienen al caso. Lo cierto es que Ricardo ni siquiera disponía de una habitación en Puerto Príncipe (Alberto Armendáriz, corresponsal del diario mexicano “Reforma” y del argentino “La Nación” en “La Gran Manzana”, le hizo un hueco en la suya del hotel Montana). Y lo triste es que su muerte se produjo cuando todo ya casi había terminado; pero la necesidad de ir un metro más allá que sus compañeros condujo a Ortega hasta un callejón sin salida, cuando el resto de periodistas abandonaban la zona bajo fuego cruzado.
Sinceramente, no podría dar una opinión sobre esta sentencia sin temor a equivocarme. Haití era y es un país dejado de la mano de Dios: el más pobre de América y el 146 del mundo -por debajo de Bangladesh, Papúa Nueva Guinea o Camerún- en desarrollo humano sobre un total de 177. Así, confiar en la eficacia de su justicia representa un ejercicio de optimismo desmedido. Pero de algo sí estoy seguro: de que nadie escribirá libros y dictará conferencias a cuenta de su asesinato, ni su familia recibirá el mismo apoyo y la misma solidaridad que ha obtenido la de José Couso. Es triste, pero siempre ha habido clases. También entre los muertos.

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