Guadalupe

Publicado por el Oct 8, 2007

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Vengo de La Villa, de remediar una dejadez imperdonable, pues en cinco años no había encontrado momento para visitar el mayor centro de fervor mariano en todo el Continente. Y, aunque me reconozco agnóstico, debo confesar la fascinación que me producen estas manifestaciones extremas de la fe. El lugar no desprende, a mi juicio, excesiva espiritualidad (mis escasas experiencias místicas me han sobrevenido en sitios insospechados); me ha parecido como un gran centro comercial del Catolicismo, en el que se confunden el dolor (menudeaban los tullidos en sacrificada peregrinación sobre sus rodillas) con la esperanza, el negocio con la pureza de espíritu.
Sorprendente, la vieja basílica: sus paredes, agrietadas y torcidas, parecen mantenerse en pie por obra de un milagro. Fea, para mi gusto, la moderna: repleta de fieles, gente humilde, apretujados para ver el manto de la Virgen subidos a uno de esos pasillos móviles que hay en los aeropuertos. Curiosa, la celebración de las cuatro de la tarde: el sacerdote, asistido por indígenas emplumados que portaban sahumerios; las lecturas y la homilía, en español y en lenguas vernáculas (zapoteco, náhua…). Otra muestra de sincretismo en este país eminentemente mestizo que hubiera satisfecho a Juan Pablo II (a quien se recuerda constantemente en el lugar), aunque no sé si sería del agrado del más estricto Benedicto XVI.
El espectáculo antropológico me recordó la génesis de este culto. La historia es conocida: Se cuenta que la Virgen María se apareció en varias ocasiones al indio converso Juan Diego Cuauhtlatoatzin (cuya propia existencia cuestionan algunos investigadores) entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531 en el cerro del Tepeyac, para pedirle que fuera en busca del obispo y solicitarle la erección de un templo en aquel lugar. El hoy santo se presentó ante Juan de Zumárraga, quien le demandaría una prueba de las apariciones. La

Virgen reclamó a Juan Diego que cortara rosas de la cumbre del cerro y se las llevara al prelado. Al abrir su ayate frente al fraile, el lienzo mostró impresa la imagen de la Virgen… El nombre de Guadalupe le habría sido revelado por la propia Señora a Juan Bernardino (tío de Juan Diego) en su lecho de muerte, aunque el indígena, que no hablaba la lengua de Castilla, probablemente la denominase como Virgen de Tequatlasupe (“la que aplasta la cabeza de la serpiente”). Puesto que para los españoles su pronunciación resultaba complicada y que buena parte de ellos procedían de Extremadura, acabaron por llamarla Virgen de Guadalupe. Creencias y mitos al margen, la aparición de la Virgen en el cerro donde los mexicas rendían culto a Tonantzin (“nuestra madre”), madre de los dioses, tuvo un impacto histórico y político de inmenso calado, pues contribuyó a la conversión de los súbditos de la Nueva España a la religión importada e impuesta por los conquistadores. Hoy se dice, con bastante razón, que México no es un país católico, sino guadalupano. Sin embargo, la proliferación de iglesias protestantes es cada día más evidente en todo el país.

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"En las escuelas y en los periódicos debiera recordarse constantemente a los americanos el deber de pensar en España; a los españoles, el de pensar en América". Alfonso Reyes.Más sobre «Archivo de Indias»

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