Haití va bien

Publicado por el may 10, 2007

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Nos lo adelantaba Jean-Michel Caroit, corresponsal de “Le Monde” en el Caribe, y me lo confirma Agustín Ferrer, un viejo amigo que vive en Puerto Principe: Haití va bien. O, al menos, las cosas no van tan mal como hace apenas unos meses. Parece que la Minustah (la misión de la ONU) se ha decidido a hacer su trabajo y ha logrado desarmar y detener a las bandas de ladrones y secuestradores que aterrorizaban al país.

Parece que la Administración del presidente René Préval (aunque le haga la ola a Chávez por si se escapa algo) comienza a funcionar, que se han puesto en marcha empresas, que la telefonía móvil va como un tiro y que hasta la selección de fútbol cuenta sus partidos por victorias. Me alegro. Hace tiempo que no viajo a aquellas tierras, pero entre 2004 y 2006 las visité suficientes veces como para hacerme una idea de aquel lugar entre mágico y terrible. Recuerdo la última rueda de Prensa de Jean-Bertrand Aristide, un sacerdote convertido en presidente y en una especie de diablo (“Su problema es que come demasiados niños”, decían): Era sábado. “El lunes seguiré en mi oficina”, aseguró. El domingo, de madrugada, media docena de “marines” lo sacaban a gorrazos de su casa y lo empaquetaban rumbo a África. Recuerdo los días siguientes, cuando los temidos “chiméres” se dedicaron a cortar cabezas y a prenderle fuego a la ciudad. Recuerdo a un fotógrafo dominicano que salió por piernas después de haber visto a un zombi (o eso aseguraba él). Recuerdo a mi amigo Toni Cano, de “El periódico de Cataluña”, proponiendo establecer brigadas de autodefensa en el Hotel Villa Créole; nos matábamos de la risa, por no morirnos de miedo. Recuerdo a una conejita del “Playboy” que había montado un orfelinato, y a aquellos niños de ojos enormes que buscaban un padre con las manos y la mirada. Tremendo.

Recuerdo la evacuación de los españoles, escoltados por cascos azules; eran cuatro, contados: una señora que iba al cumpleaños de su hijo, un cineasta que quería ahorrarse el billete de avión y una pareja de periodistas gallegos que habían llegado la víspera, después de que su diario les hiciera suspender la luna de miel en Punta Cana. Recuerdo el viaje a Gonaives (¡el último tramo, en Vespino!) para entrevistar a Guy Philippe, cabecilla del rebelde Ejército Canibal, y su posterior entrada “triunfal” en Puerto Príncipe. Recuerdo los infernales desplazamientos hasta Fort Liberté para visitar a las tropas españolas, desplegadas bajo bandera de Naciones Unidas (tras la victoria electoral del PSOE, nos fuimos por la puerta de atrás). Recuerdo las estupendas galerías de arte. Recuerdo la extrema miseria, semejante a la del último de los países africanos; por no haber, no hay ni árboles que ofrezcan sombra. Recuerdo su historia plagada de emperadores tarados (Henri Christophe, Dessalines), de clanes sanguinarios (los Duvalier), de perpetuos golpes de Estado. Y recuerdo el orgullo, casi soberbia, de sus gentes, descendientes de esclavos que consiguieron _”quemar casas, cortar cabezas”_ construir la primera república negra del mundo y el primer país independiente de América de lo que había sido una plantación de caña en manos francesas. Haití va bien. Me alegro.

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"En las escuelas y en los periódicos debiera recordarse constantemente a los americanos el deber de pensar en España; a los españoles, el de pensar en América". Alfonso Reyes.Más sobre «Archivo de Indias»

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