La raza superior

Publicado por el oct 2, 2014

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Bajo la aparente inofensiva expresión «hecho diferencial», la historia del nacionalismo ha inoculado hasta el desastre un racismo intolerable. El nacionalismo catalán, tornado ahora en independentismo de perfil jurídica y socialmente subversivo, pisa de lleno en un terreno que ha abonado durante décadas. Conviene reparar en esto para medir el alcance del camino que se ha trazado.

Todo nacionalismo parte, por esencia, de un principio de negación del otro. El victimismo suele convertirse en el ingrediente que acompaña a ese guiso. El «otro» es distinto al «yo»; los «otros» son los que generan «nuestros» males. La Historia lo ha dejado claro en múltiples regiones del Globo, llegando en no pocas ocasiones a escribir algunos de los más dramáticos episodios de la humanidad.

Y, aunque con gesto públicamente suave (ahora empieza a apelar ya a la rebelión social), este discurso de la negación del otro es sustancialmente el mismo al que se ha abrazado el nacionalismo catalán durante décadas, al calor de una normalidad institucional que al final se ha demostrado que era simplemente un instrumento. Convenientemente nutrido con los fondos del Estado en dosis pantagruélicas, han diseñado los cubiertos con los que comerlo.

Tras ese «hecho diferencial» hay una idea que supura ese tenebroso concepto de la superioridad racial que la historia ha demostrado trágica, pero eficaz para quienes han echado mano de ese instrumento. Quien se sienta igual del que tiene al lado difícilmente renegará de él ni sentirá la necesidad de hacerlo; quien se sienta superior, frecuentemente sí lo hará. El nacionalismo catalán se empeña en servir en bandeja esto último.

Resulta descorazonador comprobar cómo la clase política española, casi sin excepción, se pliega con bondadosa comprensión a ese «hecho diferencial». Hasta en el PP se escuchan voces con pobreza de miras que, en un estúpido intento apaciguador, tratan de reconocer ese «hecho diferencial» como bálsamo dialéctico y como argumento para dejar ver que estarían dispuestos a ceder (dinero del Estado, fundamentalmente, como se lleva haciendo durante décadas) a costa de mantener a la fiera dentro de los límites constitucionales. Y más descorazonador resulta ver cómo, con la misma pobreza intelectual, el nuevo líder del PSOE echa mano de su particular bálsamo de la «reforma federal» con el mismo objetivo. Pobreza intelectual, en suma y en todos esos casos, porque al final todas esas pócimas tranquilizadoras parten del reconocimiento de que existe una diferencia de superioridad y distinción entre una parte de los españoles y todos los demás.

Es más que dudoso que, por ejemplo, los Pujol se creyeran realmente lo de la superioridad racial. Quizás sí la superioridad personal respecto a los demás, incluídos los fieles de ese discurso  con el que que el «molt venerable» alimentó a sus masas mientras cuidaba el bolsillo privativo. Porque cabe aún tener esperanza en su intelecto, dudo también que lo de la superioridad racial que nutre la idea del «hecho diferencial» se la crean realmente quienes están liderando el proceso independentista. Pero tan ávidos e insistentes han estado en propagar el instrumento, que la consigna ha acabado intoxicando una gran parte de la sociedad catalana. Y esa mecha encendida tiene un destino peligroso (por socialmente explosivo).

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