Federabobos

Publicado por el ago 20, 2014

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Como el calabobos, el federalismo se ha convertido en una letanía repetida hasta la saciedad. Es una suerte de federabobos, una lluvia fina dispuesta a penetrar en una sociedad a la que se tiene por tonta, por «extremada y neciamente candorosa», definición esta última dada por el diccionario de la RAE al término bobo.

El PSOE se ha enredado en el federalismo y no logra sacudirse el lodo de esa España «discutida y discutible» que acuñó Zapatero. Pedro Sánchez conduce zigzagueando en esta materia, pisando la raya de la «cuestión territorial»: hora federal, hora semipensionista; hoy levantado con pie de revisión constitucional, mañana aparcando la cuestión.

El ejercicio es un calabobos insustancial, una pérdida de energías y un enredo absurdo.

Lo es por muchos motivos. El primero y principal, por su mentira de origen: esa machacona insistencia con la que se da por hecho de que en España hay un «problema territorial». Datos de la última encuesta del CIS: solo un 8,4% de los españoles abogan por modificar la Constitución para crear «un Estado en el que se reconozca a las comunidades autónomas la posibilidad de convertirse en estados independientes». Son menos de la mitad de los que (un 19,1%) abogan por un Estado en el que desaparezcan las autonomías. Y un 10,1% preferirían que se recortaran competencias a las comunidades autónomas.

En España, lisa y llanamente, no hay un problema territorial. Ni los españoles lo sienten siquiera entre los grandes problemas del país. De hecho, ni aparece en la lista de preocupaciones. Sí lo hace, curiosamente, el efecto de los nacionalismos, apuntado a pie de calle como un problema nacional al que se debe dar respuesta. Y preocupa a la gente más que, por ejemplo, las pensiones, el funcionamiento de los servicios públicos, el fraude fiscal o los desahucios.

El PSOE puede seguir empecinado en el error, pero se hundirá sin remedio. Y el PP, por cierto, podría empezar por explicar todo esto con más ánimo y vitalidad.

Si se quiere circular por la «cuestión territorial», visto lo que preocupa a los españoles en su conjunto, tiene más motivos para proponer reformas con las que poenr coto a las autonomías que para viajar hacia el Estado federal, una entelequia que ni quienes la plantean son capaces de explicar.

Cuando se les pregunta qué diferencia habría entre la España de las Autonomías y una España federal, se atascan, tartamudean, enmudecen. No encuentran respuesta. Y, quienes la tienen, no la dan porque saben que un Estado federal sería incompatible con los privilegios sostenidos durante décadas en favor de unas autonomías frente a otras. Incompatible, por ejemplo, con modelos de financiación a la carta (y ya asoma otro más en beneficio de Cataluña), con el Cupo vasco o con el régimen foral navarro.

Además, apárquese la candidez: quienes piden independencia no quieren federalismo. Y sería un delito político embarcar a la inmensa mayoría en una aventura en beneficio único y exclusivo de una minoría, por más que un puñado de centrífugos quieran ser elevados por algunos a la categoría de cuestión de Estado.

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De lo divino y de lo humano, de la política a pie de calle, de cábalas y descabales de esta casa común -pese a algunos- que se llama España de las Autonomías. Más sobre «Que viene el Cierzo»

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