Guía para el buen corrupto

Publicado por el abr 10, 2014

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Dos sentencias dictadas recientemente en Aragón sobre casos de corrupción política son -sin pretenderlo, supongo- una buena guía para el buen corrupto que se precie serlo o ande en ello.

Primero.- Si usted es alcalde y tiene a bien cometer un acto injusto a sabiendas, lo suyo es que para beneficiar a un tercero -lo contrario sería tontería-, sepa que es prevaricación. Pero puede eludir la condena por la barrabasada si crea o dispone de una empresa pública municipal que se preste a ello. No necesita ni levantarse del sillón de alcalde, pero tenga esmero en que la orden que firme vaya con su rúbrica en calidad de «responsable de la sociedad pública X» en vez de «Fulanito de Tal, alcalde». Siendo así, como la sociedad en cuestión se rige por la legislación mercantil, no cabrá que le condenen por prevaricación administrativa. «Soy responsable de la sociedad porque soy alcalde, así que es lo mismo», estará pensando con preocupación. Sí, pero no. Efectivamente, usted dirigirá esa sociedad mercantil porque es alcalde, pero sin jugarse ni un céntimo de su bolsillo. Que sea alcalde es lo de menos: usted, a ojos de la Justicia y de la benigna legislación vigente en la materia, será un mero directivo empresarial. Si es hábil y discreto, que esa empresa pública chupe dinero sin tiento y sea ruinosa no será problema alguno, serán meros gajes del servicio público. Y aquí paz y después gloria.

Segundo.- Si usted va a beneficiar a un tercero y eso le reporta beneficios, hágase el tonto todo lo que sepa o pueda. Quizás hasta tenga dotes naturales para ello y jamás se haya dado cuenta de ello hasta llegada la ocasión, que la pintan calva. No ingrese dinero en exceso en cuentas bancarias, que deja rastro. Y, si le preguntan, diga que -como argumentó el alcalde socialista de Mallén, Antonio Asín- era la pensión de la suegra, que vivía con usted y le iba de perlas. O bien -otro suponer, que también se ha dado con la sentencia del ex teniente de alcalde zaragozano Antonio Becerril- diga que el sueldo que percibía con la política le daba para eso y para más. Punto. De nuevo le asaltará una duda inquietante: «Si, como ciudadano de a pie -pensará-, Hacienda me detecta sospechosos ingresos, el inspector me pide que demuestre fehacientemente su procedencia legal, y si no puedo demostrarlo y convencer al inspector, me empluma». Efectivamente. Pero sepa, querido corrupto consumado o en potencia, que eso es distinto si usted es político con mando en plaza. En tal caso, no es usted quien tiene que demostrar la procedencia legal del dinero, sino que es quien le acusa el que tiene que detallar con pelos y señales el rastro del supuesto trasiego ilícito del dinero. A poco que se esmere, no habrá humano capaz de hacer el árbol genealógico de la pasta y quedará libre de culpa.

Tercero.- Si da información privilegiada en beneficio de terceros desde su cargo público, niegue en todo momento que lo hiciera para trincar parte alguna. Vamos, que usted no lo hizo con ánimo de lucro propio. Sea o no verdad, niéguelo con insistencia. De nuevo, también en este supuesto, si hace falta hacerse el tonto, hágaselo que suele dar buenos resultados. El tráfico de influencias se salva con una pena escasa -no más de seis meses de prisión que quedan en la práctica en absolutamente nada- si nadie es capaz de demostrar que ha trincado. De paso, si alguna vez ha sido aparentemente tan torpe como para no ser eficaz en el tejemaneje, la corruptela será considerada como poco más que un mero traspiés. Así que , de vez en cuando, procure que al mediar en beneficio de otro no salga bien la jugada. Mejor que mejor. Le servirá de coartada. Quedará como un corrupto tonto, pero es que en este caso que le consideren tonto sale a cuenta.

Cuarto.- Si aspira a hacer méritos en el partido, y cuenta el número de afiliados en su demarcación, afilie a todo bicho viviente. Hágase con sus datos básicos -la Ley de Protección de Datos en este caso suena a broma- y, a ser posible, pague religiosamente sus cuotas para que a ellos nunca les llegue un recibo y, así, jamás se enteren de que figuran como militantes. De dónde venga el dinero es lo de menos, siempre que usted se atenga a las prácticas recomendadas en el punto segundo del presente manual. Afiliar a una persona sin que lo sepa y -por tanto- sin que haya dado su consentimiento, no está castigado en el Código Penal. Mientras tanto, usted hará méritos en el partido por un tiempo y quizás le sirva para subir en el escalafón. Con suerte, ocupará un cargo público desde el que podrá aplicar, consecutivamente, todos y cada uno de los puntos descritos en el presente manual.

Quinto.- Suerte, valor y al toro.

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