La longaniza del absurdo

Publicado por el mar 21, 2014

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Me cuenta un alto cargo que, en Zaragoza, hace unos días se encontraron con una de esas solicitudes ciudadanas de alto standing progresista. Caía en el calendario la celebración del «Jueves Lardero», tradición de larga historia. Consiste, a puertas de la Primavera y no muy lejos del inicio de la Cuaresma, en una pequeña celebración en familia o entre amigos que tiene su epicentro en la longaniza en bocadillo. También se le llama en algunos sitios «El palmo», porque es igualmente tradición que cada uno se coma en longaniza el equivalente a la medida longitudinal de su mano extendida.

Pues bien, aquí viene lo bueno —aparte de la longaniza—: como hace tantos años que en España nos instalamos en la cultura de la subvención del todo, en un barrio zaragozano —imagino que no será el único— reciben subvención para comprar longaniza en tan señalado día y, así, el palmo sale gratis o, mejor dicho, a costa de las arcas públicas que son de todos. Eso, que de por sí ya tiene perendengues, no fue nada en comparación con la petición posterior de los organizadores ciudadanos de tan social merendola. Como en el barrio o en su colegio hay multiculturalidad, «El palmo» debía obrar en consecuencia -pensaron, sesudos ellos- y, para aquellos a los que su religión no permite paladear el porcino, pidieron que el Ayuntamiento subvencionara un «Jueves Lardero» alternativo a base de queso. Neutro menú, menos confesional. Como si la longaniza rezara.

De paso, para que nadie se sintiera discriminado, reclamaron que la subvención alcanzara para tantas raciones de palmo de queso como de longaniza, por eso de que hubiera libertad de elección. Democracia gastronómica imprescindible para el estómago colectivo.

Los organizadores tuvieron un fallo imperdonable. No previeron la posibilidad de que el potencial comensal del bocadillo subvencionado fuera, además de islámico practicante, intolerante a la lactosa. Porque, en tal caso, hubiera sido una discriminación en toda regla. No cayeron en pedir queso sin lactosa. Y, por supuesto, lo suyo hubiera sido que el Ayuntamiento hubiera subvencionado por triplicado, para que hubiera tres menús alternativos de «Jueves Lardero»: longaniza, queso normal y queso sin lactosa.

Me cuentan que el Ayuntamiento no accedió a ampliar la subvención para el queso. Una pizca de sentido común, parece. Lo que no entiendo -y aquí el sentido común no llega- es qué tiene de cultural, de servicio social o de interés público pagar las raciones de longaniza por «Jueves Lardero». Quien me lo cuenta, alto cargo, no atina a darme una explicación. Encoge sus hombros; mueca de cordero degollado en el rostro. «¡A ver quién se atreve a no subvencionar la longaniza!, para que a uno le llamen luego cirujano de la política de recortes, cómplice de la Banca y súbdito de Merkel», debía estar pensando.

Nos quejamos de derroches político-públicos, pero luego, a pie de calle, no faltan los ciudadanos ávidos en pedir y zamparse subvenciones para todo tipo de palmos. Muchos de quienes lo hacen, después de comerse la longaniza se enfundan la camiseta verde, naranja, azul o arco iris —según la «marea ciudadana» a la que se esté abonado— y cumplen el ritual (nada interesado) de protestar con cara seria contra «los tijeretazos que están desmontando el Estado del Bienestar». Cuando se reúnen en concentración pública, entre sus cantos no es extraño escuchar, de paso, ese del «No hay pan para tanto chorizo». Manda huevos: ¡ni para tanta longaniza! Un palmo de jeta.

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