La mujer del «coronel»

Publicado por el feb 27, 2014

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Carlos Esco era una suerte de coronel, un hombre de la plena confianza de Marcelino Iglesias, una de esas piezas de la «corte del Marcelinato» que manejó la fontanería del Gobierno de Aragón durante doce años. Un funcionario con dotes de arqueólogo de la Diputación de Huesca que, junto a su esposa Eva Almunia, escaló al calor de Iglesias la senda de la política. Lo hizo cuando el PSOE aragonés sacó el cepillo para quitarse la caspa que había dejado José Marco, condenado por corrupción.

Ahora, Eva Almunia vive al calor de un discreto escaño de las Cortes de Aragón; Marcelino Iglesias anda blindado en el Senado, como portavoz de las filas socialistas en esa especie de balneario que es la Cámara Alta; y Carlos Esco un político de segunda que aprovechó la política como inversión de familia y fue fichado de alto ejecutivo de Telefónica. Se supone que por los buenos contactos trabados durante su paso por el «Marcelinato», en el que ilustró su currículum profesional con el «lifting» de directivo empresarial.

Es lo que tiene la política convertida en negocio: se llega al Gobierno, se crean empresas y se coloca al afín con puesto de renombre, como consejero delegado o consejero de administración, sin tener que demostrar más mérito que el del carné del partido con buena relación con el jefe de turno en las filas.

El caso es que Esco se ha convertido en cara conocida en los juzgados desde hace semanas. Se ha acostumbrado a entrar y salir con soltura, a vueltas con ese agujero negro con tufo a corrupción múltiple que ha sido la Plataforma Logística de Zaragoza. La sociedad pública es una ruina que nos han dejado a los aragoneses los políticos ávidos de jugar a grandes negocios con el dinero de todos. Pero el juez sospecha que esa ruina que nos toca se convirtió en un chollo para unos cuantos.

Esco está imputado por la volatilización de 14 millones de euros. Ahí es nada. Y el dinero, téngase en cuenta, es como la energía: ni se crea ni se destruye, solo se transforma (léase cambia de manos por el camino).

Sorprende, sin embargo, que el caso de Esco no haya movido un pelo del flequillo a su esposa, que aguanta con soltura en su escaño cual mejillón de roca, como si no fuera con ella el asunto. Sorprende que el actual jefe de filas del PSOE aragonés, que la tiene sentada a su espalda (flanco izquierdo) en las Cortes, no haya dicho ni palabra respecto a la conveniencia de que Eva Almunia dejara su escaño. Y sorprende que Marcelino Iglesias viva en ese balneario que es el Senado tomando las aguas y vapores sin mentar la bicha de la corrupción que se investiga en los juzgados. Por sorprender, no deja de sorprender también que ningún otro partido del arco parlamentario haya apuntado a lo obvio: que Eva Almunia debería dejar su escaño por la sospecha que se cierne sobre su patrimonio familiar, fundado en la conyugal trayectoria política de esposo y esposa. Pero ni el PP -ahora en el Gobierno- ni el PAR -su actual socio y antes del PSOE- ni la reserva espiritual de la progresía -IU y CHA- han alzado voz alguna.

Eva Almunia fue, conviene recordarlo, la designada directamente por Iglesias para sucederle como candidata a la Presidencia de Aragón en las elecciones de 2011. Y fue, también, secretaria de Estado de Educación en el Gobierno de Rodríguez Zapatero.

La mujer del «coronel» aguanta el rictus y mantiene el sueldo. El coronel, también como alto ejecutivo de la telefonía. E Iglesias, a lo suyo. El resto del arco parlamentario, silbando a la vía. Nosotros, común de los mortales, a aguantar la herencia que nos ha llegado hecha ruina con nombre de Plaza.

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