Rector, dimisión

Publicado por el sep 20, 2013

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La amenaza se ha impuesto al Estado de Derecho en la Universidad de Zaragoza. Pero, lo más grave, es que se ha impuesto de forma consentida desde el propio gobierno de esta institución académica, que en sí misma ha de ser ejemplo de respeto a la libertad y de democracia.

Hace tiempo que, bajo la supuestamente legítima bandera de la protesta, cunde la amalgama de la coacción. Y el rector de la Universidad de Zaragoza, Manuel López, se ha plegado a la intolerancia en vez de hacer valer la libertad y el Estado de Derecho.

Seguramente sin pretenderlo, el rector se ha convertido en engranaje imprescindible para que la amenaza haya surtido los efectos perseguidos: suspender el solemne acto académico de apertura del curso universitario en España, para el que este año se había elegido la Universidad de Zaragoza y al que iban a asistir el Príncipe de Asturias y el ministro de Educación, José Ignacio Wert.

El rector ha optado, unilateral y sorpresivamente, por ceder al chantaje y al miedo. Algunos de sus invitados al acto estaban preparando incidentes que podían tener consecuencias de gravedad, según las propias palabras de Manuel López. Y él, máximo responsable del gobierno de la Universidad, lejos de evitarlo aplicando los instrumentos democráticos del Estado de Derecho, se inclinó por cerrar el círculo de los amedrentadores y suspender el acto. En vez de hacer lo lógico, pedir que las fuerzas de seguridad garantizaran el libre y legítimo desarrollo normal de este solemne acto, López dobló la rodilla por su cuenta haciendo que todos la doblaran con él.

Aplauden su decisión y la jalean los mismos que pretendían que el derecho doblara la rodilla. Lo entienden como victoria. Manuel López no debería sentirse cómodo con esos aplausos. De hecho, habría de sentirse avergonzado en puro sentido común. Tanto como para, inmediatamente, dejar el cargo que ocupa.

Por más que se diga que la nieve es negra, siempre será blanca. Por más que se aluda a la libertad de expresión para interrumpir el normal funcionamiento de las instituciones y del Estado de Derecho, nunca esos actos tendrán realmente tal condición. Porque nunca la coacción será libertad.

Con su decisión, Manuel López, de cuya bonhomía no cabe la menor duda, no sólo ha causado un perjuicio a la institución que representa sino también al cargo que él ocupa. Por eso, desde el mismo momento en que decidió suspender el acto debió presentar su dimisión como rector, porque en su decisión va implícito el reconocimiento de la incapacidad en este cargo.

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