La zoología humanizada de Juan Mayorga

La zoología humanizada de Juan Mayorga

Publicado por el 30 30Europe/Madrid junio 30Europe/Madrid 2016

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Por el conjunto de su trabajo y sus características de innovación y originalidad, el dramaturgo Juan Mayorga recibió a finales del pasado abril, en el Teatro Nacional Marin Sorescu de la localidad rumana de Craiova, el XIII Premio Europa de Nuevas Realidades Teatrales. Un suceso que, en mi opinión, no ha sido destacado por los los medios periodísiticos españoles con la relevancia que en mi opinión merece.

Coordinados por el filólogo Emilio Peral, estudiosos, traductores e informadores hablaron en Craiova de la obra de Mayorga: los especialistas en su teatro Claire Spooner, José Luis García Barrientos, Mabel Brizuela y Gabriela Cordone, el traductor Pino Tierno, y los periodistas Miguel Ayanz, Álvaro Vicente, Saúl Fernández y quien firma estas líneas. En mi intervención, que reproduzco a continuación, me centré en la presencia de animales en diversas de sus obras, en las que se establece un vigoroso y reflexivo contrapunto entre estos y los seres humanos:

Desde tiempos remotos, el hombre avizora en los animales destellos de humanidad, los utiliza como espejo viviente, instintivo y espontáneo en el que ve latir un resquicio de verdad salvaje e incontaminada. Ese es el mecanismo de las fábulas, esos cuentecillos ejemplarizantes en los que las bestezuelas hablan para dar lecciones a las personas. Un mecanismo muy típico de los cuentos infantiles y de su versión animada en el cine, donde el imperio Disney empezó a cimentarse sobre un ratoncillo parlanchín, primero de una genealogía de animales cinematográficos. Shakespeare logró que un burro sedujera nada menos que a la reina de las hadas, Kafka inquietó a toda una academia cuando el mono Peter el Rojo expuso ante ella el discurso de su vida, y el autor checo trazó también un punto y aparte en la literatura cuando un estudiante llamado Gregorio Samsa despertó convertido en insecto monstruoso. Lope se inventó una Gatomaquia, camino en el que le ha seguido José Luis Alonso de Santos en su obra “En el oscuro corazón del bosque”. Y Cervantes abrió turno zoológico en la novela picaresca con “El coloquio de los perros”, del que, precisamente, surgió “Palabra de perro”, la primera aproximación de Juan Mayorga a las “animaladas”, dicho sea esto con el mayor de los cariños. Una fórmula que posteriormente prolongó en las obras “Últimas palabras de Copito de Nieve”, “La tortuga de Darwin” y “La paz perpetua”.

He buscado argumentos sobre esta actividad zoológico-teatral de Juan, que en una entrevista publicada hace un par de años en el diario barcelonés “La Vanguardia”, respondiendo a una pregunta sobre la cuestión de dar voz al animal como personaje escénico, aseguraba: “Es un poco como lo que pasa con ‘La metamorfosis’ de Kafka. Si llamas a un hombre insecto acabas convirtiéndole en un insecto. España sabe mucho de esto, ¿no? Llamar perro al judío, llamar perro al musulmán… Esa animalización que comienza por la palabra. Creo que no exagero si digo que estamos siendo educados para comportarnos como animales. El animal humanizado es el envés, el otro lado del humano animalizado. Ése es su valor político. Y su valor poético consiste en romper el marco, ofreciendo una gran libertad tanto para el actor, como para el director o el público. Se trata de un pacto que crea un enorme espacio”.

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Sobre estas líneas, Julio Cortázar e Israel Elejalde en una escena de “La paz perpetua”. En la imagen superior, Carmen Machi como Harriet, “La tortuga de Darwin”

Mayorga ha escrito que con “Palabra de perro”, comprendió “que dar la palabra al animal, además de abrir enormes posibilidades a un teatro de la imaginación, tiene un alcance moral y político en este tiempo en que millones de seres humanos son tratados como bestias y forzados al silencio”. Al comentar las raíces de ese primer encuentro con los animales en escena, Juan nos está hablando también del sentido de su teatro. Habla de alcance moral y, me parece a mí, que su obra entera está animada por un latido moral y poético, político y filosófico, con el teatro concebido como el lugar de encuentro donde una obra es completada por el público más allá de su escritura y representación.

“Si en el “Coloquio” –escribe el autor– Berganza describe a Cipión sus alegrías y sus muchas penas bajo sucesivos amos conforme al modelo de la novela picaresca, en mi pieza, buscando el origen de su hablar, el perro cuenta hacia atrás una vida que descubre –con gozo o con dolor– al tiempo que el oyente. Es la primera vez que tiene que hacer memoria, elegir unos recuerdos y desechar otros, ordenarlos y adornarlos para hacerlos interesantes a su oyente y a sí mismo. Ante Cipión, Berganza está, por primera vez, construyendo su pasado; está componiendo eso tan frágil que se llama ‘identidad’”.

Esta obra fue estrenada mucho más tarde que otras posteriores de Mayorga, en 2009. La directora del montaje, Sonia Sebastián, especialista en obras de Cervantes, subrayaba las dimensiones del reto que le había supuesto adentrarse en “un mundo sumamente complejo de animales y hombres en el que los primeros están claramente humanizados mientras que los segundos aparecen animalizados”.

La identidad humana y la identidad animal se confrontan en “Últimas palabras de Copito de Nieve”, una obra en la que el gran gorila albino que fue durante muchos años la mayor atracción del Zoo de Barcelona, y de alguna manera, parte de la identidad o imagen de la ciudad, dicta una especie de testamento en un emocionante parlamento que concluye justo cuando iba a hablar de Dios, como había anunciado antes. El majestuoso simio, que ve llegado sus últimos momentos y de ahí que se decida a hablar y abandonar la mudez mantenida durante toda su vida, ha leído a Sócrates, Séneca, Kierkegaard, Montaigne y Cicerón porque está interesado por lo que los filósofos opinan de la muerte. Cuando asegura que “la muerte es la auténtica libertad, que permite burlarse de todos los grilletes. No hay hombre más libre que el que desprecia su vida”, el guardián que lo cuida y suministra los libros que Copito le anota en un papel, le pone una inyección que interrumpe su discurso, un chute letal que disfraza de eutanasia su condición de mordaza.

Contrapuesto a un anodino monito negro y, sobre todo, al guardián tan parecido a ese rutinario cuadrúmano oscuro, Copito de Nieve conoce muy bien a los seres humanos porque, aunque parezca que son ellos quienes lo observan a él, es el mono quien lleva años observándolos, observándonos. En esta obra, el autor, a través de los ojos del simio filósofo, se enfrenta a la muerte y a la naturaleza de la condición humana. La estrenó la compañía Animalario en 2004, con dirección de Andrés Lima y un inconmensurable Pedro Casablanc en el papel principal.

De igual modo, en “La tortuga de Darwin” Mayorga utiliza el testimonio de un animal que dice contemplar ya próxima su muerte para enfrentarlo a los mezquinos humanos, así Harriet Robinson, como dice llamarse el quelonio centenario, le sirve para pasar revista a los dos últimos siglos, sobre todo el XX, y enmendar algunas falsedades históricas consolidadas como verdades. Una tortuga que está emparentada con el kafkiano Peter el Rojo camuflado entre los humanos y siendo más humano que los humanos mismos. “Harriet –nos contaba el dramaturgo– fue un ejemplar hembra de tortuga gigante que Charles Darwin transportó en el ‘Beagle’ desde el archipiélago de las Galápagos hasta el puerto inglés de Falmouth. Por lo visto, disfrutó de una vida bastante tranquila, pero yo la imaginé escapando del jardín de Darwin, arrastrándose hasta la agitada Londres y luego cruzando el Canal de la Mancha para, en el continente, proseguir un viaje que duraría hasta hoy. Imaginé a una tortuga de casi doscientos años que ha sobrevivido a once papas y a treinta y cinco presidentes norteamericanos, a dos guerras mundiales, a la Revolución de Octubre y a la Perestroika. Un animal que, habiendo tenido que adaptarse una y otra vez a las más diversas circunstancias, ha evolucionado hasta ser casi una persona, o hasta ser algo más que una persona”.

Con Ernesto Caballero a los mandos de la dirección, Carmen Machi realizó una impresionante interpretación de la tortuga con la que obtuvo numerosos galardones, entre ellos el primero, y hasta ahora único, Premio ABC de Teatro, de cuyo jurado tuve el privilegio de formar parte. Recuerdo que en mi crítica de aquella función, estrenada en el madrileño Teatro de la Abadía en 2008, escribí que, “probablemente, ninguno de los espectadores pueda a partir de ahora contemplar una tortuga sin pensar en esta estupenda actriz”. Al hablar de su vida a un historiador displicente, el cachazudo animal, que dice haber nacido en 1808 y contar con veintiocho primaveras cuando subió al “Beagle”, repasa la verdadera historia de nuestra Historia, como tituló su crítica de entonces mi amigo Enrique Centeno, desgraciadamente ya desaparecido. El historiador aspira a alcanzar notoriedad con la revisión de muchos hechos históricos que Harriet le revela y su esposa pretende sacar inmediato rendimiento económico a ese reptil longevo y hablador que únicamente desea regresar a las islas Galápagos, su lugar primigenio. De nuevo los ambiciosos y traicioneros humanos quedan en evidencia ante la sensatez de un animal que, puro Darwin, sigue evolucionando como ellos pueden comprobar mortalmente.

Caballero subrayó en su momento que “la Historia del devastador siglo XX es el tema principal de esta Tortuga de Darwin, una sugerente fábula escrita por Juan Mayorga en la que resuenan ecos de Kafka, Ionesco y Bulgakov. Harriet, la tortuga bicentenaria que estudiara el autor de ‘El origen de las especies’, nos hace emprender un vertiginoso viaje por el espacio y por el tiempo como una suerte de chamán capaz de instalarnos en otro ámbito perceptivo desde donde nos es dado contemplar condensados múltiples y determinantes acontecimientos. Esta distorsión del tiempo y del espacio para mirar, consustancial al hecho teatral (su propia raíz etimológica remite a esta circunstancia) ha sido uno de los elementos en los que más nos hemos detenido a la hora de concebir nuestra propuesta escénica: un planteamiento que pretende ahondar en el terreno de lo alegórico y lo fabuloso, y que nos ha llevado a idear como espacio de representación un gran terrario en el que cohabitan los personajes de la obra con algunos de los inopinados dirigentes que han protagonizado el lado más ominoso de nuestra historia reciente. Se pretende así resaltar las cuestiones que con agudeza e ironía se suscitan en la pieza: los resultados de los proyectos emancipadores, el supuesto final de la Historia, la objetividad de su relato… así como la aversión-fascinación hacia lo que la convención social establece como lo monstruoso, en esta ocasión encarnado en una mujer-tortuga, emblema elocuente de todos nuestros temores y recelos hacia el extraño, hacia el diferente…”. Una historia irrigada por el humor, la ternura, el sentido moral y la visión histórica y política del autor.

“La paz perpetua”, estrenada en 2008, con dirección de José Luis Gómez, en el Teatro María Guerrero plantea algunas preguntas incómodas de perpetua actualidad: ¿Es lícito para un estado democrático transgredir sus leyes para combatir el terrorismo? ¿Es admisible la tortura en la hipótesis de que aplicándola podrían salvarse vidas? ¿La seguridad debe ser antepuesta a la libertad? Un debate en que lo moral y lo político se baten en duelo. “La paz perpetua” es el título de una obra publicada por Kant en 1795, y en el curso de la función se citan textos de Pascal y Hobbes, entre otros, como elementos de argumentación de la fábula, porque quizás sea oportuno hablar aquí de fábula, pues, como en las obras anteriormente citadas, Mayorga efectúa un proceso de antropomorfización de los personajes animales, en este caso, cuatro perros, tres de los cuales se encuentran inmersos en un proceso de selección para formar parte de una superespecializada unidad de la lucha antiterrorista, y el cuarto dirige las pruebas. Uno de ellos, pastor alemán por más señas, se llama Emmanuel y sería un ejemplo de can kantiano, con la razón como lema; otro, John-John, cruce de bóxer y dogo, sería el prototipo de la acción pura, y el  tercero, Odín, un rottweiler, encarnaría la astucia despiadada, “sólo con oler a una persona –asegura– sé si me va a acariciar o me va a pegar”; el que dirige las pruebas, ayudado por un humano, es Casius, un labrador viejo y mutilado. Tesis con patas o ideas que ladran en una sugerente perspectiva de enfrentamientos y alianzas.

Una muestra de la sólida formación filosófica del autor, que expresó su incertidumbre cuando le propusieron el proyecto porque pensó que se “sentiría incómodo abordando el tema, especialmente por las dudas morales que se planteaban a la hora de escribirlo”; además “no sabía desde qué perspectiva afrontarlo hasta que un día aparecieron los perros”, explicaba, convencido de que trabajar con animales le permitió, a la postre, realizar una exploración especial en el lenguaje que no había abordado antes. “De alguna manera los perros son seres en los que late la violencia”, aclaró, razón por lo que no se sintió intimidado cuando les tuvo que atribuir frases que le habría costado trabajo poner en boca de un ser humano.

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Juan Mayorga en Craiova con Luminiţa Voina-Răuţ, su traductora al rumano

Estos cuatro títulos están impregnados de la personal poética de Mayorga, en la que confluyen el riesgo estético, el vuelo filosófico y una notable voluntad de precisión estrictamente apartada de las vaguedades. Como demostración de ello, concluiré con unas palabras del autor sobre su concepción del teatro, extraídas de la entrevista antes mencionada:

“El teatro –opina– es un arte de conflicto, también hay quien dice que es un arte de consenso, y el conflicto más importante es el que se da entre el escenario y el patio de butacas. Creo que hay que desobedecer al espectador y no entregarle aquello que busca. Si no, le estás tratando como a un consumidor. Pero lo que sí que has de intentar es provocar una conversación. Quien escribe teatro sabe que está escribiendo un hecho social. El teatro es reunión desde que escribes la primera palabra”.

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