Adiós al Teatro Guindalera

Adiós al Teatro Guindalera

Publicado por el 28 28Europe/Madrid junio 28Europe/Madrid 2016

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Siempre que una sala teatral se ve obligada a cerrar sus puertas, se produce, además de una desgarradura en el tejido escénico de la ciudad donde desaparece, una herida por donde se desangra una parte del patrimonio cultural común, se clausura una ventana desde la que asomarse a esa vida ficticia que es un esclarecedor espejo que nos permite entender mejor la denominada vida real y se consume una de las vitales celdillas pulmonares que mantienen activa la respiración social.

Todo ello se agiganta y se agrava cuando nos enteramos de que esa sala que ha entrado en coma irreversible es el Teatro Guindalera, entrañable enclave de referencia en ese conjunto de islas luminosas, casi siempre en precario, que conforman el archipiélago de las en tiempo denominadas salas alternativas de Madrid, fundamental para la salud del teatro, y por ende, de la sociedad entera.

Juan Pastor, el timonel, junto a su esposa, Teresa Valentín-Gamazo, de esa aventura escénica que ha sido escenario de algunos de los mejores y más emocionantes montajes estrenados en Madrid en la última década, ha anunciado que, trece años después de su apertura y “después de remontar muchas situaciones críticas”, Guindalera se ve “en la obligación, definitivamente, de cerrar la sala como centro de exhibición, por la única razón de una total imposibilidad económica para su mantenimiento”.

El comunicado rezuma sensatez y tristeza. Hay párrafos, como este, cuya lectura estremece, en el que se explica que ese espacio será dentro de unos días “un lugar donde únicamente se ensayarán nuestros espectáculos –que deberán exhibirse en otros teatros– o se llevarán a cabo otros proyectos de investigación teatral. No podemos seguir manteniéndonos como sala de teatro con una programación estable. Es verdad que una posible solución para evitar el cierre sería la de renunciar al centro de creación para convertirnos en sala multiprogramación, programando incluso varios espectáculos diarios o exigiendo un porcentaje superior a las compañías. Pero, por razones que nos alejan de nuestros objetivos anteriormente expuestos o, simplemente, por dignidad profesional, nos negamos a ello. No buscamos la supervivencia a través de un servicio comercial”.

Guindalera va unida para mí a dos autores de peso, Antón Chéjov y Brian Friel.  El primer montaje que vi allí fue “En torno a La Gaviota”, una aproximación a la gran obra del autor ruso reducida a su pura esencia. “Pastor –escribí en diciembre de 2005– ha despojado el texto de acciones secundarias y pasajes laterales para ofrecernos el tuétano de la pieza, y lo ha hecho con mimo, respeto y un amor inmenso por las palabras y los personajes chejovianos. Nada es caprichoso, todo está hecho con sentido, brillantez y limpieza. Se cuida así la sutil tracería de subtextos tan característica del autor ruso, y tan moderna, la pugna entre lo nuevo y lo viejo, ese marcar firme y delicadamente las simas existentes entre lo que dicen y lo que sienten los personajes, un espacio sensible donde tan importante es lo que se exhibe como lo que se esconde”. Aún me estremece recordar ese trabajo y las lágrimas agradecidas y emocionadas que, callada, disimuladamente, resbalaban incontenibles por mis mejillas, absorto en mi localidad de critico. Mi amigo Alfonso Armada, que fue días después, me confesó que le había pasado lo mismo.

“El juego de Yalta”, adaptación de “La dama del perrito” firmada precisamente por Friel, “Tres años”, “Verano Chéjov” y “Tres hermanas”, estrenada en los Teatros del Canal y que en octubre de este año girará por España, son los nombres de las estaciones chejovianas que brillan en el itinerario de Guindalera. “El fantástico Francis Hardy, curandero”, “Molly Sweeney” y la maravillosa “Bailando en Lughnasa”, las incursiones de Pastor y compañía en el universo Friel. Otros momentos que relucen en la memoria: “La larga cena de Navidad”, una joyita de Thornton Wilder que han representado en temporadas diversas al acercarse al calendario las fiestas navideñas; “Traición”, el corrosivo triángulo retrospectivo creado por Harold Pinter; “Duet for One”, la terca lucha de una violonchelista contra una enfermedad degenerativa que dibujó con crudeza y sensibilidad Tom Kempinski, y “La bella de Amherst”, delicadísima incursión en el mundo personal y poético de Emily Dickinson realizada por William Luce.

Ahora mismo, Guindalera tiene en cartel, hasta el próximo 17 de julio, “Fuga Mundi”, de Mar Gómez Glez, sobre una escultura del Siglo de Oro acusada por la Inquisición  de haber utilizado como modelo para sus tallas de la Virgen a una morisca. Todos los títulos citados, ha sido dirigidos por Juan Pastor y protagonizados por su hija María, hermosa y precisa actriz que irradia luz.

Un pequeño consuelo: al menos, aunque sea en un lugar o lugares diferentes, el trabajo teatral de Guindalera seguirá adelante. Seremos bastantes los que les sigamos allí donde asomen igual que durante años nos hemos acercado al número 20 de la calle de Martínez Izquierdo, siempre con la seguridad expectante de que íbamos a presenciar un espectáculo de los que dejan poso muy adentro. Y también con el acicate de que, al terminar la función, seríamos reconfortados con un chupito de aguardiente de guindas, inveterada y estimulante tradición de la sala, que también echaremos muy de menos.

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Una escena del montaje de “Tres hermanas”, de Antón Chéjov. En la imagen superior, María Pastor en “Fuga Mundi”, de Mar Gómez Glez

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