Lorenzaccio: En el espejo de Hamlet

Lorenzaccio: En el espejo de Hamlet

Publicado por el 24 24Europe/Madrid junio 24Europe/Madrid 2016

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Cada época encuentra un reflejo de Hamlet en el que reconocerse. En la primera mitad del siglo XIX , Alfred de Musset se asomó al espejo insondable del inconstante príncipe danés para cincelar su Lorenzaccio, héroe bipolar atrapado en la tensión entre hacer y no hacer, tras el que también puede adivinarse el perfil del propio autor, traspasado del apasionamiento nihilista de romanticismo y de ese desasosiego manso tan decimonónico bautizado como “spleen”. Si Shakespeare deslizó en algunas de sus obras referencias a sucesos de su época llevándolos veladamente al momento en el que transcurren esas obras, en esta tragedia –que el escritor francés compuso en 1834 a partir de una idea que le proporcionó un año antes su entonces entregadísima amante George Sand– se transparenta la respiración agitada de Francia entre la revolución de 1830, a consecuencia de la cual subió al trono a Luis Felipe de Orléans, bajo cuyo reinado le fue razonablemente bien a Musset, y la de 1848.

La Florencia de 1537, con su cascabeleo inquietante de conspiraciones y libertinajes, es el escenario convulso donde transcurre “Lorenzaccio”, un espacio que parece reclamar el advenimiento de un cierto regeneracionismo, como fue el de los primeros años del constitucional Luis Felipe I de Francia tras la revolución de 1830; Musset debió de satisfacer así su deuda de gratitud con el nuevo régimen monárquico. Alejandro de Médicis gobierna la ciudad italiana con mañas de tiranuelo verriondo y caprichoso, y su primo Lorenzo, a cuyo nombre la malicia popular ha añadido el sufijo despectivo “-accio”, es una suerte de cómplice propiciatorio en las orgías, un héroe inverso y cínico que rehúsa batirse en duelo aunque deba cargar con la etiqueta de cobarde e indigno, y, al tiempo, un poeta melancólico que dice sentirse “tan hueco y vacío como una estatua de latón” y rumia la bilis negra del desasosiego y la inacción hasta que, tras un proceso de lenta maduración de ese desencanto vital que ondea en su carácter, decide pasaportar al tirano amoral e inmolarse, tal vez como venganza, sentido de la justicia, reivindicación personal o por pura inercia nihilista.

Musset no es muy estricto con la verdad histórica y busca más la teatralidad y el perfilado de un personaje instalado en el quicio de una angustia desganada; el propio autor pensaba que su texto era irrepresentable y hoy nos puede resultar farragoso y largo. Catherine Marnas lo ha podado certeramente, le ha otorgado fluidez y concentrado la tensión dramática en un agitado espectáculo de casi dos horas y media de duración. Invitada por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, lo ha presentado durante cuatro días en el madrileño Teatro de la Comedia con su equipo del Teatro Nacional de Burdeos en Aquitania. “Lo que me atrae de esta obra –escribe Marnas en el programa de mano– es su lado más oscuro: una suerte de intuición, un eco a la vez poético y filosófico; Lorenzo, como metáfora de nuestra inquietud, está al acecho de un rumor lejano, rumor de un futuro del que no se sabe si se trata del rugido del apocalipsis anunciado [...], miedo que paraliza y conduce a la depresión que vivimos actualmente”.

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Sobre estas líneas, un momento de la función. En la imagen superior, Vincent Dissez, protagonista de “Lorenzaccio”

Esa vibración contemporánea la ha trasladado a una puesta en escena en la que, manteniendo la trama en su época, efectúa una actualización estética sacudida por un fondo sonoro de música house y un frenesí en el que se mezclan las fiestas sexuales, las violaciones y las intrigas políticas. Todo transcurre en un único espacio escénico a dos niveles, en el superior, una cortina de anchas tiras de plástico semitransparente, como las utilizadas en talleres y almacenes, permite atisbar los tumultuosos encuentros sexuales y otros momentos turbios de la función, y en el inferior, un enorme sofá realiza funciones diversas, ya sea como cama o como delimitador de ámbitos.

Vincent Dissez encarna con entrega absoluta a un Lorenzaccio que, entre estrella musical lisérgica, esquizoide reconcentrado y oscuro heraldo del desastre,  marca como un diapasón convulso el ritmo de la representación. El resto del reparto encarna diversos papeles con acierto plural. Frédéric Constant es, entre otros cometidos, un sinuoso y maquiavélicamente práctico cardenal Cibo, Julien Duval compone un ácido Alejandro de Médicis, Zoé Gauchet llena de desgarrada verdad el personaje de Luisa Strozzi y Bénédicte Simon impregna de sensualidad a su marquesa Cibo. Un espectáculo nervioso, impregnado de contemporaneidad y muy interesante.

“Lorenzaccio”. Autor: Alfred de Musset. Dirección: Catherine Marnas. Escenografía: Cécile Léna y C. Marnas. Iluminación: Michel Theuil. Vestuario: Edith Traverso y C. Marnas. Intérpretes: Vincent Dissez, Frédéric Constant, Julien Duval, Zoé Gauchet, Fanck Manzoni, Catherine Pietri, Yacine Sif El Islam y Bénédicte Simon. Teatro de la Comedia. Madrid.

 

 

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