¿Futbolistas de élite o niñatos? Cuesta distinguirlos…

Publicado por el Mar 7, 2016

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La reciente peripecia de tráfico de un jugador de fútbol de primer nivel como James, plantilla del Real Madrid, no será desgraciadamente la última. Compañeros suyos como Benzema parecen especializados en hacer todo lo contrario de lo que se espera del buen conductor. Por cuestiones así, también se las han tenido que ver con la autoridad otros, como Gerard Piqué, que llegó a amenazar a un agente de la Guardia Urbana barcelonesa. Mucho por desgranar en todo esto.

El numerito de James se ha saldado con multa de 10.400 euros y retirada de carné, amén de la intervención de la delegada del Gobierno en Madrid, Concepción Dancausa, para esclarecer los hechos. Y aún falta por ventilar el correspondiente procedimiento judicial por presunto delito contra la seguridad del tráfico.

James-Audi-vehiculos-Real-Madrid_91250969_387229_1706x1706El merengue circulaba por la periferia de Madrid a 200 km/h y no se detuvo cuando, reiteradamente, se lo requirió la policía desde un coche camuflado, pero con las sirenas y los rotativos activados. Alega que temió por su integridad, pensando que podía tratarse de un intento de secuestro…

Excusas al margen, es evidente que el dinero casa mal con la falta de madurez, recurrente en muchos de estos deportistas a los que los millones les llueven con la misma intensidad que la fama, en un abrir y cerrar de ojos. No digo que no merezcan los emolumentos que perciben: a fin de cuentas los generan vendiendo camisetas, llenando campos y «centrando el tiro» en televisión. Pero, sí, lamentablemente se trata de un maridaje imperfecto, que más pronto que tarde desborda el vaso.

Soberbios, egocéntricos, orgullosos y mal asesorados, muchos de estos «niños grandes» se ven de la noche a la mañana en posesión de fortunas que les abren las puertas a toda clase de caprichos. Es más, las primeras plantillas del Real Madrid y Barcelona, entre otros, gozan del patrocinio de una marca automovilística de primer nivel como Audi, con modelos repletos de caballos a su entera disposición, sólo por acudir a los actos relacionados con el club a bordo de sus automóviles —James iba de camino, o al menos se refugió, en la ciudad deportiva del Madrid—. La tormenta perfecta. No quiero ni pensar en la digestión de semejante episodio en la marca de los aros…

En ocasiones, el abrumador énfasis mediático al que se somete a los astros del deporte deriva en trifulca y conflicto. Admito que el derecho a la intimidad y la privacidad de cada persona deben prevalecer por encima de la «foto finish» o de la noticia sórdida de turno. De ésa que se saca al precio que sea, con tal de llenar papel y minutos de radio y televisión. También que, a menudo, en ese difícil equilibrio saltan chispas. Eso es una cosa. Otra, bien diferente, es olvidar que el sueldo de esta gente se basa, no ya en manejar la pelota con destreza, sino en la imagen, en su imagen pública. Conducir un vehículo conforme a la reglamentación es obligación de cualquiera, pero individuos como éste tienen, si cabe, un plus de obligatoriedad con miles de ojos sobre ellos. Si no para encarnar la ejemplaridad, sí al menos para no llevarle la contraria como notas discordantes zambullidas en la temeridad.

Conductas propias de macarra como la de James desmerecen a un colectivo que, por suerte, se comporta como debe en términos generales, pese a «garbanzos negros» así. Espero que aprenda la lección, a tiempo está. No como su «compi» Benzema, al que todo esto le resbala a la vista de la reiteración en su mala conducta.

Son episodios lamentables y peligrosos. Pienso, sobre todo, en el tráfico circundante y en la integridad de los agentes que le dieron el alto, por mucho que les paguen por ello. Lamentable, sin paliativos, propio de niñatos inmaduros y malcriados que merecen pasar en remojo automovilístico —y hasta deportivo— una larga temperada. Espero que su señoría estime hacerle practicar los tan traídos y llevados servicios a la comunidad, bajándole del Olimpo. Es más, un paseíto por espacios como el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo no le iría nada mal, aunque dudo que por allí le pidiesen autógrafos. Desde luego, el pésimo espectáculo proyectado a la juventud, que idolatra figuras como ésta como si de dioses se tratase, es sencillamente patético.

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