«Boina» de Madrid, soluciones a trompicones

Publicado por el Nov 15, 2015

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No es oportunismo, es que es que algo hay que hacer con la contaminación que asola ciudades como Madrid, estos días en primera plana por superar los límites «saludables» de emisiones NOx. En otras palabras: no podemos acabar envenenados por ir en coche, por mucha necesidad que tengamos de acudir en él al trabajo, al médico o a donde sea.

No es éste un «mal» madrileño, ni de lejos: basta echar un vistazo a las grandes urbes chinas, donde impera la maquinaria industrial por encima de cualquier consideración. Paisajes de ciudadanos enmascarados donde nunca sale el sol. La cuestión es determinar si, en el caso de la capital de España, el «eje del mal» es, una vez más, el automóvil y todo lo que le cuelga. Porque, según los estudios, resulta que las emisiones que depende de éste en la famosa «boina» se cifran en el 16 por ciento. ¿Y el resto? De todo: industria, aeronáutica, calefacciones domésticas….

boinaLas últimas son caso aparte en fechas que, sí, se enmarcan en otoño… ¡pero a 22ºC durante el día! y con las chimeneas a pleno pulmón quemando, a veces, de todo. No será cosa de andar encendiendo y apagando la caldera comunitaria como si fuese el interruptor de casa, entre otras cosas porque de noche hace frío. Pero en esto algo tendrán que decir las autoridades municipales, además de dirigir su artillería pesada contra todo lo que se mueva sobre ruedas, y no precisamente a pedales.

Por cierto, ya que cito al Ayuntamiento, ¿se pueden hacer peor las cosas? Anuciaron a medianoche, casi con nocturnidad y alevosía, que a la mañana siguiente no se podría aparcar en zonas de estacionamiento regulado. Total, que muchos se plantaron por necesidad y desconocimiento en pleno centro urbano con el coche, sin saber qué hacer con él.

Sí, había que corroborar hasta el último instante los índices y lecturas NOx para tomar una decisión. Pero también se podían haber anunciado esas medidas durante toda la jornada previa, e incluso desde un par de días antes a la vista de la que se venía encima. Y no salir a toro pasado, como luego ha hecho la alcaldesa Carmena —otra vez, como hace unas semanas tras los monumentales atascos originados por cuatro gotas caídas—, justificando con voz meliflua que ya se estudiarán caso a caso las multas y sanciones impuestas por estacionar cuando no se podía. El burro delante, para que no se espante. Por descontado, de coordinarse con la Comunidad de Madrid para tomar decisiones de semejante calado, nada de nada.

Y, digo yo, ¿qué pasa con aquellos que solo pueden acudir al centro en coche? Y no me refiero, claro, a los casos autorizados de usuarios con discapacidad, transportes públicos, emergencias o residentes. Porque, más allá de la carga y descarga, ¿cómo se las apaña un fontanero, un montador o un albañil? Las cosas hay que explicarlas bien explicadas y con suficiente antelación, porque sí, muchos usan el coche sin contemplaciones, pero otros tantos, en su mayoría profesionales, no tienen alternativa.

No se cuenta qué hacer cuando llega el momento del «no», sin más. No hay alternativas por parte de los poderes públicos —de opciones a medio y largo plazo, como los parking disuasorios, nunca más se supo—. Y en este caso me refiero a la administración municipal, que es la que sobre todo manda en este negociado. Ni se aclara a tiempo si metro y autobús van a potenciar servicio, en qué tramos horarios y con qué frecuencias. A cambio, resuena hasta el último esquinazo que aquellos que se salten la prohibición de aparcar serán multados con 90 euros. Eso sí que acaba sabiéndolo hasta el último gato.

 

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