Atascos, esos «momentos» para hacer de todo

Publicado por el mar 22, 2015

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¿Se han fijado alguna vez en la variedad de opciones que ofrecen los atascos de tráfico a los conductores? No hace mucho recogíamos en la sección de Motor de abc.es una noticia que reflejaba la ocupación de estos en los semáforos, y la verdad es que viene a ser parecido, si no incrementado.

Decíamos entonces que, según parece, estas señales en rojo son ideales para enviar mensajes por el móvil, a pesar de estar penalizado por Tráfico, hablar con los acompañantes (18%), picotear (16% de los casos) o echarse un chicle a la boca (10%). Maquillarse y retocarse usando el retrovisor, o toquetear la radio, son otros clásicos imprescindibles. Y claro, tecnificados como vivimos y permanentemente conectados, enviar mensajes de texto y manejar el navegador, acciones prohibidas y penalizadas por la normativa de tráfico. De hecho, solo el 20% admite observar el semáforo y esperar a que cambie la luz para reemprender la marcha.

Pues bien, los atascos, sobre todo en carretera, propician un paso más. No hace mucho sufrí uno en una vía de montaña al hilo de una jornada de nieve en familia. Me recordó aquellos tiempos de chaval en los que las autovías no poblaban, como ahora, la geografía española, y cuando aparecían por tramos desembocaban en temibles «embudos» que paralizaban el tránsito. Algo crítico en épocas de máxima afluencia, como las operaciones salida y retorno.

atascosEntonces, como el día que comento en la nieve, la conducta de algunos viene a ser la misma. Igual de peculiar, a menudo temeraria. A nadie le gusta esperar sin saber cuándo acabará la «penitencia». Pero no es de recibo, por ejemplo, aprovechar la coyuntura para limpiar el cenicero vaciándolo por la ventanilla, siempre repudiable. También hay quien no duda en arrojar papelotes, plásticos e incluso botes.

Luego están los que no pueden más, y necesitan salir del coche «para respirar y estirar las piernas», aunque lleven detenidos un minuto de reloj. Peligroso, y mucho: no es la primera vez que conductores así sufren o provocan atropellos, sobre todo con motoristas. Incluso con los de Tráfico que van y vienen tratando de resolver el dichoso embotellamiento. El colmo.

En la misma línea, es habitual observar a gente que «aprovecha» tan campante para hurgar en el maletero, a la caza y captura de quién sabe qué. Es decir, ni cortos ni perezosos saltan del coche, lo rodean y se van a la parte de atrás en busca del tesoro perdido, como si estuvieran en el garaje de casa.

Lo mismo con los que no encuentran mejor situación para cambiar de conductor (aquí ya son dos los que bajan del coche, como mínimo) o, como si de un jueguecito se tratara, acercarse al coche que les sigue o precede, que lógicamente viaja con ellos, para hacer la gracieta como si estuviesen en un picnic al sol. ¿Y bajar a los niños a orinar en el arcén, sin al menos apartar el coche a un lado con un mínimo sentido de seguridad? Sorprendente.

Ni que decir tiene, todas estas conductas son ajenas a una marcha que, inevitablemente, acaba reanudándose, y que como es lógico terminan entorpeciendo, sin más.

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