«Ocho millones de maneras de multar»

Publicado por el ene 11, 2015

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Aquella película de Oliver Stone protagonizada por Jeff Bridges, Andy Garcia y Rosanna Arquette, «Ocho millones de maneras de morir», es la esencia de todos los motivos por los que uno puede ser multado en carretera. En particular, conforme al «amplio», subjetivo e interpretable artículo 18, apartado 1 del Reglamento General de Circulación, que recoge «conducir el vehículo sin mantener la propia libertad de movimientos».

Esta semana le ha tocado a una joven gallega que ha motivado ríos de tinta y minutos televisivos y radiofónicos de informativos: Vanesa Viéitez recogió a su novio y poco después una patrulla de la Guardia Civil de Tráfico le daba el alto. ¿Motivo? Ella explica que tras unos minutos de incógnita el agente de la Benemérita le explicó que «había sido multada por conducir limitando la capacidad de movimiento, pues su acompañante la había besado. Y que eso era motivo de sanción».

Casi nada. Escuchando un programa de radio al hilo del caso no cabía en mi de la risa. ¡Hasta multas por intercambiarse una patata frita! No sé qué pasará al respecto en otros países, pero éste parece de traca: o hemos perdido el juicio o la maquinaria de recaudar se ha vuelto tan codiciosa que hasta el menor gesto de un conductor se ha vuelto susceptible de ser sancionado por no cumplir a rajatabla el protocolo.

Más ejemplos, pero ojo, de los de verdad: una conductora de un Mini que circulaba, supuestamente, a 750 km/h en Coia (Vigo), a la velocidad de un avión a reacción vaya. No era broma: la Policía Local alegó que el radar la «cazó» así en un expediente sancionador muy grave que supuso multa de más de 600 euros y pérdida de seis puntos del carné; un abogado acusado de hablar por el 1-distraidomóvil al volante que alegó que iba «rascándose la oreja» y demostró que la última llamada registrada en su teléfono era del día anterior, pero que aún así fue multado con 60 euros por «conducir y sostener permanentemente la oreja con la mano derecha»; un policía nacional multado por la Guardia Civil por no llevar el cinturón puesto en una persecución; o un hombre detenido por la Benemérita por circular en un triciclo de juguete por un polígono sin luces y de noche, por lo que fue sancionado por «conducción temeraria en vehículo no catalogado».

No se. Escribo estas líneas y lo único que me viene a la cabeza es la palabra despropósito. ¡Hasta se han recuperado los agentes cívicos en algunas localidades españolas para vigilar parques y cubos de basura! Es verdad que no vivo echado a la carretera como los agentes de Tráfico, y también que la realidad supera con mucho a la ficción: gente que se afeita o maquilla, lee el periódico y hasta lleva un loro suelto con el coche en plena marcha, tal y como han captado las cámaras de los helicópteros de la DGT. Pero casos como los antes enumerados, tan verídicos como ridículos, que es lo gordo, se cuentan por cientos.

Ni que decir tiene, y como comentaba en mi último post, tocar el móvil, aunque sea detenidos en un semáforo, o hacer lo propio de refilón con el navegador es motivo de sanción. ¿Discutible? Puede. A mi me lo parece, porque es llevar la literalidad de la ley a la paranoia. Pero desde luego lo del beso, la oreja o la patata frita, cuando además no han conllevado maniobras peligrosas, es para hacérselo ver, a quien corresponda, ¿De verdad es en eso en lo que tiene que estar la autoridad? ¿O los motivos son otros, de esos relacionados con el pecunio…?

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