Pero qué egoístas somos conduciendo, caray

Publicado por el Sep 1, 2014

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Estos días, con la vuelta de vacaciones y los atascos que, tarde o temprano, afloran en nuestras carreteras, uno se da cuenta del egoísmo que llevan dentro tantas personas y que aflora según se sientan al volante, sobre todo cuando el tráfico se intensifica y acaba en caravana.

Me explico. Año tras año, da igual si en verano o en cualquier otra operación salida/retorno, como es lógico, millones se echan a la carretera con la mira puesta en ese anhelado retiro, aunque sea para un puñado de días. Es evidente que mucha de la gente que conduce en momentos así no tiene la pericia de quien lo hace a diario, o si me apuran, de quien viaja a diario por carretera por motivos profesionales, por ejemplo.

DOCUDMODe ahí que, en no pocas ocasiones y en plena autovía, des con conductores que, con bastante torpeza, van tan panchos por el carril de la izquierda, sin adelantar a nadie, como si fueran de paseo. La cosa tiene un pase cuando sucede una vez: uno se espera detrás a que el respetable tenga a bien mirar por el espejo y, amablemente, ponerse a un lado. Lo malo es que el fenómeno suele repetirse de continuo. Quizá por aquello del chiste que decía «mientras vaya yo delante…»

En efecto: el reguero que generan por detrás conductas así es tremendo, con vehículos amontonados primero a la izquierda y al final por todas partes. Una auténtica procesión, peligrosa, por cierto, porque ir «a un palmo» unos de otros en torno a 100 km/h no es «moco de pavo» dadas las condiciones en las que se viaja: coches cargados, el asfalto abrasando, mucha gente cansada y poco atenta, otros con los nervios a flor de piel con los niños montándola a bordo por calor y cansancio. Como consecuencia, se produce un baile de repetidas y bruscas frenadas que ponen a prueba la paciencia, la pericia… y algo más.

Esta primera conducta desata otras no menos «interesantes». Como la de aquellos que, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, adelantan por la derecha con la mente fija en «cuantos más me quite mejor» para, al primer hueco posible, volver a meterse a la izquierda porque se topan, qué se yo, con un camión en el carril por el que avanzan tan felices. Se meten a la izquierda, sí, con «calzador», por supuesto. Y obligan a todos los que van por esa línea, sin excepción, a pisar el freno para dejar hueco al señorito…

También están esos otros hijos de su madre que se te echan encima como auténticas lapas para que te quites de la izquierda, aunque sea circulando por encima del límite y a riesgo de un golpe por alcance más que probable al menor fallo o despiste. Y eso por no entrar a valorar los que se aventuran a viajar sin echar el menor vistazo al coche, un acuerdo de mínimos que supone revisar las presiones de las ruedas (esta vez voy a pasar por alto el dibujo de las mimas o el estado general del vehículo), el nivel de aceite o si, de casualidad, el coche tiene ¡anda, caray! alguna fuga de esas que te dejan tirado en el arcén sacando maletas, niños y de todo cuando llega la grúa.

Desde luego, la máxima que dicta que «no pasan más cosas porque no toca» viene estos días más a cuento que nunca. Eso sí, por muchos «miles» de agentes de la agrupación de Tráfico, radares y helicópteros que «cante» la DGT para momentos como estos, en mi opinión sigue faltando mucha vigilancia de esa que amansa a las fieras, demasiada, porque está claro que el personal anda falto de educación y sobrado de egoísmo y temeridad. ¡Demasiado!

 

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