En una fracción de segundo

Publicado por el Mar 2, 2014

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El otro día circulaba por la M-50 sobre las 11,30. Fin de semana, día soleado aunque con nubes pesadas, buena temperatura, poco tráfico… A la salida de un largo túnel me di de bruces con un aparatoso accidente aún «calentito», no más de cinco minutos antes de mi llegada. Había gente asistiendo a los heridos, uno de ellos, una mujer de cierta edad, atrapada en el hueco del acompañante. Era un Ferrari negro que había quedado despanzurrado. Una vez estacionado en el arcén llamé a las emergencias que, al menos en ese instante, no parecían alertadas según me respondieron.

Un par de reflexiones: ni uno solo de los conductores que bajó a prestar ayuda llevaba puesto el obligatorio chaleco reflectante, y desde luego los triángulos de emergencia para avisar de un vehículo accidentado y atravesado entre dos carriles de una vía rápida, a la salida de una curva aún más rápida, brillaban por su ausencia.

accidenteLa segunda es la facilidad con lo que podemos vernos envueltos en un accidente sin sospecharlo, siempre según la errada máxima de que «eso no me puede pasar a mí». Como decía, la mañana estaba despejada y había buena luz y mejor visibilidad. Cierto, el firme se apreciaba húmedo a tramos fruto de la lluvia nocturna en Madrid, pero nada especial. Y el golpe fue aparatoso. ¿Exceso de velocidad? Daba la impresión, junto a lo delicados que resultan algunos súper deportivos (sobre todo con motor central, como era el caso) yendo rápido si calculamos mal y en un apoyo fuerte intentamos corregir la trayectoria. No soy un experto perito, pero el «azote» tenía todas las trazas de un trompo detrás de otro con los guardarraíles por muros.

No hace mucho, publicábamos en www.abc.es algunos consejos para evitar situaciones como ésta. Nada menos, ¿verdad? Y, aún así, muchos no se dan por aludidos.

En plan decálogo, hablábamos de olvidar el dichoso teléfono móvil, hasta el punto de apagarlo por completo a los mandos. Fuera. Es una de las grandes distracciones del momento, y con frecuencia explica accidentes incluso mortales.

También recomendábamos salir con tiempo y en condiciones óptimas, evitando viajes nocturnos o al cabo de largas jornadas (incluso de descanso, aunque sobre todo de trabajo), valorando rutas alternativas para evitar atascos y congestiones. Y lo mismo con respetar medidas de seguridad como abrocharse el cinturón, vestir prendas y calzado cómodos (y no circular, como acostumbramos en invierno, con el abrigo puesto, que limita movimientos e impide que el cinturón ajuste como debe en un caso extremo); escuchar música relajante, en particular en atascos para no perder los estribos; y, en la misma línea, evitar conducir con un estado de ánimo bajo o particularmente alterado.

De igual modo, que es importante llevar el coche en condiciones, incluso por limpieza: es fácil acostumbrarse a sus maneras cuando las suspensiones no trabajan como deben o llegar a controlar, casi sin darnos cuenta, pequeños deslizamientos fruto de unas ruedas muy gastadas o de unos frenos deteriorados, hasta que que asoma un momento crítico y entonces «faltan» metros y pista.

Conducir descansado es esencial, claro. Los reflejos, nuestros sentidos, no responden igual cuando el sueño aflora, otro de los «males» habituales en la siniestralidad. Por eso la insistencia en parar cada dos horas a descansar, en detenerse al menor atisbo de pérdida de concentración… Porque el sueño no avisa, sobreviene y es peor que una droga dura.

Relacionado con lo anterior, es precisa una alimentación adecuadauna buena hidratación, sobre todo en épocas calurosas, y nunca, nunca, conducir tras una copiosa comida. La ingesta de alcohol queda proscrita, sobran comentarios, y no hay hábito, «carajillo» o inercia que valga, como con la droga o la medicación que muchos han de tomar por prescripción. Ojo a la última…

Y puestos a tener en mente, mejor no olvidarse del tráfico que llevamos detrás para, en lo posible, y frenando con antelación y suavidad llegado el caso, obligar a los que no siguen a actuar igual, evitando golpes por alcance que pueden ser peores que los frontales, entre otros con el temible y habitual latigazo cervical.

La diferencia entre un traslado placentero, a ritmo adecuado y con final lógico y feliz, y verse envuelto en un percance de consecuencias imprevisibles y desde luego indeseables se decide, a menudo, en una fracción de segundo, aunque sea fruto de toda una correlación de circunstancias en la que, probablemente, hayamos tenido la última palabra. Y sin embargo, la vida puede cambiarnos para siempre, si es que la conservamos.

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