Atascados, gastamos lo que no tenemos

Publicado por el Oct 17, 2013

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Hace unos días nos hacíamos eco en una información publicada en la sección de Motor sobre un estudio de la Comisión Europa que advierte de que en grandes urbes españolas, como Barcelona, Madrid o Sevilla, los conductores venimos a gastar una media de 1.000 euros por año en atascos. 1.000 euros, se entiende, en gasolina quemada y «tirada» por el escape simplemente esperando a que la caravana avance, aquí y allá. La suma no incluye, por supuesto, la tensión, los nervios, la fatiga, la absoluta falta de tiempo y el caos mental que, de un modo u otro, terminan generando estas situaciones. Mejor omitir en este punto los días de lluvia o aquellos en los que diez kilómetros por delante un camión ha quedado atravesado en la vía.

Volviendo a la cifra «mágica», a esos 1.000 euros, por otra parte tan preciada en los duros tiempos que vivimos, invita a reflexionar, y además a todos los niveles, autoridades inclusive. Sí, es cierto que nos hemos acostumbrado a ir con el coche aunque sea para hacer un recado a la vuelta de la esquina, por no citar ejemplos más burdos. Pero también, y esto es una evidencia, a soportar un transporte público que la coyuntura económica pone en entredicho, con servicios de metro atestados en hora punta (porque, es sabido, la frecuencia ha disminuido de forma apreciable), autobuses que no llegan a su hora…

Las grandes ciudades, con O.R.A. o sin ella, se han vuelto una procelosa trampa a la que acceder sólo cuando el dinero parece «estorbar» en la cartera. Encontrar  estacionamiento es, en sí mismo, empresa de dimensiones magníficas, así que poco importa lo que luego toque pagar, y eso que apuntan a que pronto no podremos ni hacerlo en metálico. Más trabas: qué decir de las carreras y de los nervios en ir y volver a cambiar el dichoso ticket, sobre todo si hemos aparcado en la efímera y gravosa zona verde.

Hay quien cree haberlo resuelto comprando una moto, asumiendo eso sí riesgos, gastos y penurias (frío, lluvia…) Otros apuntan a las bicicletas como solución a todos los niveles saludables, y cada vez más a ideas aún más interesantes como flexibilizar horarios de entrada y salida a los trabajos, volviendo a la tan cacareada conciliación de la vida personal y familiar. Porque, a fin de cuentas, ir tenemos que ir al trabajo mientras nos dure, ¿qué tal si entre unos y otros aplicamos un pelín más de cordura y aliviamos el trance?

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