Cursos de conducción, dinero bien invertido

Publicado por el oct 1, 2013

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Comprar coche, el segundo gasto de más peso en las familias tras la vivienda, es un episodio repleto de sentimientos, casi siempre buenos. De ahí que las marcas impriman un sello tan emocional a sus modelos: hay que conquistar el corazón del cliente. Luego llegan «daños colaterales», como el cambio de neumáticos (con el estacazo que supone), ese arañazo (y no digamos golpe) que me encuentro salido de la nada, la gasolina cada vez más cara, el seguro (no se cómo, pero siempre llega en el peor momento) o el numerito municipal. El feeling decae entonces a la misma velocidad que el dinero en el bolsillo o que el entusiasmo por ese amigo sobre 4 ruedas que un día compramos con tantas ganas, y que poco a poco pasa a un segundo, tercer o cuarto plano en nuestras inquietudes cotidianas (salvo cuando toca pagar claro), cuando no sobreviene en formato pesadilla.

Quizá por ello, pensar en «gastar» más de lo aparentemente preciso en algo que tenga qué ver con el automóvil resulta por lo menos ingrato. Y aquí llega el matiz: ¿qué tal hacerlo en un curso de conducción? No me refiero a uno para ser Fernando Alonso (ese lo guarda el asturiano como oro en paño), sino a clases que nos enseñen a conducir de verdad y con seguridad, o al menos a limar muchos de los vicios que, sin saberlo, practicamos con énfasis a los mandos: frenar tarde  y mal, mirar sin provecho, acelerar más de la cuenta, agarrar el volante de forma equivocada y hasta sentarnos de manera imprecisa y con el cinturón mal colocado, por citar sólo algunos ejemplos. Ojo, también hay cursos de conducción especializados en nieve, todoterreno… y, claro está, también en conducción deportiva.

Durante 20 años he hecho 3, y si algo me ha quedado claro es que los 250, 300 ó 400 euros que cuesta de promedio esta formación, normalmente por un día (a veces 2), con sesiones teóricas y prácticas, es que es una de las sumas mejor invertidas. Es más, si fuera el director de la DGT no dudaría en imponerlo con cierta periodicidad, aún con el coste que supone, por la seguridad que aporta a todos los niveles. Lo sé,, acabo de profanar el sosiego del españolito medio, acuciado por la crisis y una fiscalidad salvajes, no es demagogia. Pero si muchos conocieran, siquiera de pasada, lo que perfecciona este aprendizaje (aunque en el tiempo no se retenga todo), los vicios que persigue (y a veces consigue) erradicar y lo que enseña sobre el manejo de nuestro coche igual me daban la razón.

¿Cuántos han temido (o han acabado chocando) por desconocer el funcionamiento del ABS (y no digamos del ESP, del que muchos piensan actúa cuando la lucecita del cuadro va permanentemente iluminada, cuando es al revés), quien no ha deslizado siquiera levemente sobre una placa de hielo sin saber qué hacer, se las ha visto negras para superar una curva yendo «pasados» o ha temido el final de un adelantamiento mal calculado? Sin darnos cuenta, asumimos el control de una máquina, el automóvil, muy perfeccionada al cabo de 100 años de existencia, pero tremendamente compleja y con un inexcusable riesgo asociado: la velocidad a la que nos mueve. Y aunque como tantas cosas en la vida parece cosa de hábito y práctica, las nociones de conducción de la mayoría son mínimas, y al final es cierta esa máxima de que «no pasan más cosas porque no toca». Y todo sin entrar a otros como el alcohol o el cansancio.

De acuerdo, reservar esos 300 euros para un curso de conducción, por cierto, realmente divertido de seguir, suena a chino, pero es uno de los mejores gastos y regalos que nos podemos hacer, al menos una vez. Sólo entonces aprenderemos (o por lo menos lo intentaremos con conocimiento de causa) a ir seguros de un sitio a otro y también a sacar más provecho a nuestra montura, porque ¿alguien ha reparado en que gastamos más gasolina, frenos, aceite y coche en general sólo por no saber utilizar adecuadamente a nuestro compañero de fatigas? El dinero termina saliendo igualmente de nuestro bolsillo, pero sin provecho alguno.

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