La gastronomía: esa mortadela de un bocadillo hecho de letras, y no con pan

Publicado por el abr 7, 2014

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El caso es que te encuentras en un día cualquiera hablando con un extranjero sobre las bondades de la gastronomía española, haciendo tiempo hasta que llega tu ave, y entonces llega el momento de la paella y la tortilla española y las mil y una recetas más. Se detiene en el turno de vinos y bebidas, y me habla maravillas sobre la sangría. Sobrepasada por una conversación que siempre acaba igual (el extranjero hablando de los topicazos gastronómicos y la que escucha, asintiendo y potenciando esas maravillas un poco más) decido cambiar el rumbo de la misma, y le hablo de las comidas de cada región, de la diversidad cultural que existe en la península ibérica. Noto que el “guiri” está especialmente interesado en las bebidas, por lo que ni  corta ni perezosa, al hablar de Euskadi, le planto el kalimotxo como bebida imprescindible a probar. El extranjero, estadounidense a más señas, no logra pronunciar bien la palabreja, pero muestra interés por la receta. Le digo los ingredientes y no logra entender cómo los vascos, -de cuya tierra se cree que procede el origen de este cocktail de baja alcurnia- son capaces de “estropear” un vino con cola.

kalimotxo

Consciente de su asombro, que va tornándose en desconcierto, decido ser imprudente -una vez más. para conseguir ganarme su atención a otra vez, y le digo: “es como una sangría de cola”.  Ay carallo, como dirían los gallegos. Que su cara volvió a recuperar el color de la maravilla en un segundo. “¿Sangría de cola?”. Mi justificación a su pregunta se fundamenta en las diferentes maneras que hay de preparar un kalimotxo, desde la receta básica, -un tercio de litro de vino cosechero por un litro de cola- hasta aquellas otras combinaciones, las de “autor”, en las que se añaden chupitos de licores de frutas o de martini, incluso. Conseguí captar otra vez su atención, tenía lo que conseguía. Y así, me siguió preguntando los tipos que existían de sangría, e hicimos un recorrido por la de cava y otros tipos de vino.

Después de bucear en esta “otra parte” del mundo de los combinados, y recién subida a mi tren, reflexioné sobre lo fácil y difícil que es que una comida o bebida llegue a enamorar a alguien por el simple hecho de la palabra. No nos engañemos, la comida no entra por el estómago primero: es la meta. Ni siquiera por la vista. La gastronomía es la mortadela de un bocadillo que no está hecho con pán, sino con palabras. El guiri se horrorizó cuando le hablé del kalimotxo y volvió a recuperar la sonrisa cuando le dije que era como “una sangría de cola”. La misma bebida, diferentes palabras. La primera, hace honor a los dos colegas que decidieron aprovechar litros de vino picado en las fiestas de un pueblo de Bizkaia. La segunda palabra, invención propia, pero libre de derechos por si la queréis utilizar a partir de ahora.

Recuerdo otra anécdota que también va en la misma línea. Entonces aprendía a servir como camarera en las mesas en un restaurante de un pueblo de la costa bizkaína. El jefe de camareros, me dijo un día que me encargara de escribir los platos del día en una pizarra, “a ti que se te da bien escribir”. Invertí más tiempo en hacer mejor la letra con la tiza que en pensar en las palabras adecuadas. Aquel día me dio una gran lección, “¿Qué te comerías mejor, un puré de verduras o un consomé de calabacín con un chorrito de aceite de oliva?”.

Desde entonces, la palabra, cuando se trata de gastronomía, le confiero el mismo valor que el sabor, el olor, la apariencia, la disposición en la mesa. Convencida no solo de su efecto, sino también de su fuerza en cuanto a marketing de contenidos se refiere. ¿Cuantas veces habremos comido algo que no pensábamos por su aspecto, pero que al final y mediante la insistencia de nuestro interlocutor, lo hemos “comprado” por los símiles que han utilizado? Es una de las tácticas más utilizadas cuando se trata de dar de comer a los niños: mi hermano pequeño comía elefantes en vez de pescado, por ejemplo. ;P

Dejando el listado de anécdotas a un lado, y volviendo al kalimotxo como combinado de baja alcurnia que no logra irrumpir en el mercado nacional e internacional con la misma fuerza que la sangría, quizá habría que plantearse si su nombre tiene algo que ver (quizá sea una palabra muy dura de decir para las lenguas latinistas o anglosajonas) o que simplemente, no tiene “punch”. Sea cual sea la razón y por si algún día me decido a poner el gastro de mis sueños, probaré a escribir en la pizarra, y con buena letra, “sangría de cola”. A ver qué pasa.

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El ambigú del yantar © DIARIO ABC, S.L. 2014

Detrás de cada plato existe un entramado armónico de sabores, colores y texturas que configura la historia viva de nuestros paladares. Un día descubrí esta literatura oculta tras cada bocado y comprendí que la gastronomía supone una aventura y un lugar de encuentro.Más sobre «El ambigú del yantar»

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