Cuando Cohen preguntó: ¿Qué tiempo hace en Grecia?

Publicado por el nov 11, 2016

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Hace unas semanas encontré por un dólar “Still The Man”, el libro de Colin Irwin y Mark Beaummont sobre Leonard Cohen publicado en 2015. No pretende ser una obra exhaustiva, es más bien un álbum de fotos de Cohen,  de los de colocar sobre la mesa para echarle un vistazo y conversar sobre sus frases entrecomilladas y las fotos en papel grueso y alta definición en un placentero visionado rápido por toda su larga carrera, desde que siendo adolescente se enamora de la poesía de Lorca, hasta cuando decide irse a la isla griega de Hydra con el dinero heredado de su bisabuela, pasando por las noches del Chelsea en Nueva York, las tortuosas grabaciones en Nashville, su mágica aparición espectral frente a medio millón de seguidores de Jimi Hendrix y los Who en la isla de Wight, hasta su reclusión durante cinco años en un monasterio budista.

Leonard Cohen sacó en 1967 un primer disco de canciones pensadas y compuestas en Hydra, que era una auténtica rareza, no se parecía a nada, no era un cantante folk, era raro, aburrido, no cantaba bien, no era buen guitarrista tampoco, era oscuro, con cadencias como de olas de mar mediterráneo buscando la concreción de los granos de arena haciéndose y deshaciéndose, en una monotonía casi insoportable. Sin embargo John Hammond olfateó algo en Cohen y le ofreció grabar para Columbia. Fueron diez años de tortuosa labor creativa con pocos pero exquisitos frutos, apenas cinco discos, un proceso laborioso y nada placentero.

Es curioso que casi siempre sale serio en las fotos, cuando Cohen tenía una risa nerviosa, contagiosa y casi permanente unida a una sombra inmediata poco perceptible que cubría como ocurre en los días seminublados sus ojos chispeantes, que pasaban de la euforia a los pensamientos lúgubres en fracciones de segundo para volver otra vez a la risa nerviosa. Lo que viene a ser un tímido que ha aprendido a superarlo, pero alguien a quien se le nota mucho su tremenda humanidad a flor de piel como para poder hacernos creer en un personaje medianamente convincente más allá de sí mismo. Leonard Cohen le puso de nombre Lorca a su hija. Y eso era, un poeta, aun no sabemos si bueno o regular, pero nos da un tanto lo mismo, cuando escuchamos Suzanne, So Long, Marianne, Chelsea Hotel, Bird on The Wire o Allelujah.

 

 

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