La pasión no tan secreta de Elvis Costello por Grateful Dead

Publicado por el Nov 1, 2015

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El británico Elvis Costello (nacido en 1954) acaba de editar su autobiografía, titulada Unfaithful Music & Disappearing Ink. Escrita íntegramente por Costello, ya desde el título avisa de que no lo pone fácil. Aunque lo intenta, y para ello acompaña el lanzamiento con un doble disco, “Unfaithful Music & Soundtrack Album”, que trata de servir de acompañamiento a lo que allí se cuenta. Declan McManus (su verdadero nombre), hijo único de un trompetista de jazz, se hizo un hueco en mitad del torbellino del post punk a base de trabajo duro en unos años frenéticos donde lo normal era que te dieras de codazos con gente subida de talento y de actitud, drogas como las anfetaminas que aceleraban las sinapsis y poco tiempo para tonterías.

1977 fue el año de su primer disco, «My Aim is True» para Stiff Records, y en su canción “Alison” quedaba ya fijado un estilo absolutamente personal. Se impuso un ritmo de trabajo frenético, pasando los siguientes diez años casi sin excepción a disco por año (cuando no dos), para terminar la primera fase de su carrera, la más intensa, en 1991, con la publicación de «Mighty Like a Rose». Luego vinieron años de bajón y de búsqueda, muy humilde, a rebufo de algunos de sus maestros: Paul McCartney, T Bone Burnett, Burt Bacharach, incluso algunos flirteos con la música de cámara al alimón con los Brodsky Quartet. Su última vampirización, con traje de neopreno y bombonas de oxígeno, fue de la mano de Allen Toussaint, el pianista por excelencia del sonido de Nueva Orleans. Unas aguas, las del río y la ciénaga, que otros antes también recorrieron, como Robert Palmer (sí , el de “simplemente irresistible”, pero décadas antes) o el malogrado Willy DeVille.

La autobiografía de Elvis Costello promete muchos momentos de felicidad para los que han crecido con su música con emoción de peli de vaqueros, una generación (los que ahora rondan los cincuenta a cincuenta y cinco) que ha visto pasar por su banda sonora vital ritmos como el ska, el reggae, la nueva ola, el punk y el rock, con lucidez, descreimiento y algunas gotas de cinismo. Al mismo tiempo, está ese otro Costello humilde, sencillo y enamoradizo, sensible hacia los sentimientos no compartidos, que tendrá que dar buena cuenta en su libro de muchas preguntas que sus fans llevan haciéndose desde hace décadas.

Algunas fueron desveladas: como su pasión por los Grateful Dead. Fue en 1991, al hilo de la publicación de uno de esos pretenciosos tributos a un artista, un doble vinilo titulado «Deadicated: A Tribute To Grateful Dead». Cuenta él mismo lo siguiente: «En aquellos meses en los que yo contaba 17 años, los discos de los Dead fueron el material secreto que yo amaba y que mis amigos aborrecían. Pero yo volvía con frecuencia a aquellos álbumes y me sentía afortunado de haber podido ir a sus conciertos en tres de las cinco giras que dieron en aquellos años por Inglaterra. Ahora yo sigo con ellos no por lo que la gente dice que merece la pena de ellos, sino también por ciertos elementos que han sido pasados por alto, como es el haber escrito algunas de las más bellas baladas. Hace poco una revista colgó una foto de la multitud en un concierto de los Dead, y aunque la luz es difusa y en grises, ahí estaba yo, a la izquierda, en 1972. Así es, Grateful Dead es la única banda que puede hacerte inmune al barro».

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