Ryan Adams 1989: el caso Taylor Swift

Publicado por el Sep 23, 2015

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Lo primero que uno piensa es en las reservas y los prejuicios que caben acumularse como un inexpugnable fortín ante los oídos que se prestan a escuchar el disco de Ryan Adams 1989, una recreación “track by track” del reciente último disco de Taylor Swift, la nueva novia de América, la niña mimada, impecable, rica, que se pasea con un selectísimo grupo de amigas dando envidia por doquier, una perfecta venganza de una niña prodigio que nació en un lugar de Pensilvania llamado Wyomissing, o lo que es lo mismo, donde Cristo perdió la gorra, y que tuvo la fortuna de recalar en Nashville, cuna de la mejor música country. Taylor no tenía amigas en el colegio. Ahora se están todas ellas mordiendo las uñas hasta sangrar los muñones.

Ryan Adams, otro niño digamos emocionalmente complejo convertido en estrella del rock, ha entrado hasta el tuétano de las canciones de la Swift, unas canciones que han vendido millones de discos, las ha desnudado y las ha vestido de un incomparable olor a noche en el jardín bajo la cúpula celeste, con un sonido de rock exquisito, canciones como “Clean” o “Bad Blood” que retoman lo mejor de la rica tradición musical americana.

Taylor Swift entró en esto de la música gracias al ejemplo de su madre, a lo que hay que unir su prodigiosa capacidad para asimilar como una esponja la herencia de los mejores contadores de historias del folk, el country y el rock americano. Ha declarado que quiere envejecer como Emmylou Harris, dotar su música de la honestidad de Paul Simon, aguantar en una carrera de larga duración con el listón muy alto como Bruce Springsteen, y seguir la estela de las grandes mujeres a las que admira: Dolly Parton, Linda Ronstadt, Carly Simon, Stevie Nicks, Shania Twain.

Con ese nombre, como salido de los viajes de Gulliver, Taylor Swift, con la energía de sus 25 primaveras, da un golpe sobre la mesa a la mediocridad del cambio de milenio y se sitúa en la cima haciendo canciones buenas, tradicionales, que recogen con sinceridad su universo personal. Bendita sea Taylor si consigue que los de su edad sientan curiosidad por empaparse de la buena música que tanto le ha ayudado a ser la gran compositora que es. Esto último para muchos no era muy evidente. El disco de Ryan Adams, 1989, sirve para eso, para que la montaña de prejuicios caiga por su propio peso, y veamos que ahí están, como estrellas ululantes, desveladas, desnudas, en toda su verdad, esas canciones, “Out of The Woods”, “I Wish You Would”, “Wildest Dreams”, en fin, “This Love”. Cómo no me había dado cuenta antes.

 

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