En las venas de Patti Smith, con Juan J. Vicedo

Publicado por el jun 14, 2015

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Este martes día 16 se presenta en Madrid a las 20:00 (sala Fotomatón, Plza. Conde de Toreno, 2) el libro de Juan J. Vicedo: Patti Smith. Caballos para la eternidad, un “track by track” despiadado que recorre los once discos de estudio de la actriz, poetisa, cantante y compositora norteamericana desde sus inicios en 1975 con Horses para terminar en 2012 con Banga, el último hasta el momento de una Patti (Chicago, 1946) que sigue vivita y coleando.

Patti Smith se ha desnudado como pocas artistas lo han hecho, en cuerpo y alma, a través de su poemas, sus canciones, sus conciertos, en entrevistas, en sus maravillosos libros de memorias, como ese imprescindible Éramos unos niños, un libro que funciona como una película por la que van apareciendo en el entorno de Patti personajes icónicos de la cultura pop del último tercio del siglo XX. Desde Jim Morrison, Janis Joplin y Jimi Hendrix a Sam Shepard, Lou Reed, Andy Warhol, su amigo Robert Mapplelthorpe, compañero y confidente, amante y amigo, cuya vida juntos en el Chelsea Hotel supone el corazón de esta historia, antes de la llegada a sus vidas del coleccionista de arte y mecenas, guapo rico y distinguido -como en los cuentos de hadas- Sam Wagstaff y más: está Dylan, Neil Young, Johnny Winter, Todd Rundgren, están la Velvet Underground, el Max y el Factory, los conciertos en el Fillmore East; luego Richard Hell, Tom Verlaine, el CBGB.

En la vida de Patti, que lee, escribe, pinta, recita, hace teatro, se va componiendo un mundo entregado al arte, a su particular visión del arte. Tras un concierto de los Doors decide que el rock & roll puede ser un medio de comunicación para expresar todo lo que ha ido germinando en su interior, con materiales anacrónicos, contradictorios a veces, Rimbaud, Genet, Cocteau, los libros sagrados, el orientalismo. A los poetas beat los tiene allí mismo, en sus recitales, Allen Ginsberg la considera una “médium”, la sigue a sus recitales Gregory Corso y Burroughs la define como un chamán. Bobby Neuwirth, pintor, cantautor, confidente de toda una generación, alter ego pacifista de Dylan, es quien la anima: “¿Te has planteado escribir canciones? La próxima vez quiero una canción tuya”. Patti escribe poesías con su máquina de escribir Remington sobre Brian Jones, sobre Hank Williams, hasta que decide montar una banda, algo que va sucediendo paulatinamente. Hace ya un tiempo que ha encontrado su inseparable guitarra, una Gibson negra con los trastes raídos. Primero conocerá a Lenny Kaye, el que será su fiel guitarrista. Luego en una audición escogerán a Richard Sohl, a quien llamarán DNV por su parecido con Tadzio, el joven protagonista de Muerte en Venecia de Thomas Mann. Y así arranca ese torbellino de energía y belleza escénica que es Patti Smith, en el Nueva York de mediados de los setenta.

El libro de Juan J. Vicedo va incorporando la información precisa en el momento adecuado, disco a disco, canción a canción, no solo en la etapa primera, la tríada Horses, Radio Ethiopia, Easter, sino que abarca sin bajar la guardia toda la carrera de la artista, continúa con  Waves, sigue el rastro de Patti en la etapa intermedia de los ochenta y noventa, cuando su vida cambia dos veces, primero tras conocer a Allen Lanier, de los Blue Oyster Cult, y sobre todo tras unirse a quien será el hombre de su vida, Fred “Sonic” Smith de los MC5.  El libro va pasando, como postales sonoras, por las pérdidas irreparables de personas muy importantes en la vida de la artista, como Richard Sohl, su querido amigo Robert Mappelthorpe en marzo de 1989, Sam Wagstaff, y ahora quien se va es Fred, en noviembre de 1994. Como le dijera Allen Ginsberg tras la muerte de Fred, su gran amor, “dejemos ir los espíritus de los que partieron y continuemos la celebración de nuestras vidas”. Aunque para Patti no fue tan fácil aceptar la pérdida de Fred.

No se le escapa a Juan J. Vicedo ningún detalle importante, ahondando en el sentido de las letras de las canciones, como un recolector de mariposas que supiera cercar el espacio para que el preciado tesoro no llegue a escaparse nunca de su red.

Cuando de lo que se trata es de entrar en las venas de Patti Smith, el autor entra y se deja llevar en el flujo de la cantante arrastrado y arrastrándonos por la corriente, por las avenidas de aguas torrenciales, los derrumbes, las cascadas, por las cataratas enormes de sus canciones. Quiero decir que penetra bajo la piel de Patti, abriendo el cofre donde se esconden los tesoros que el poeta guarda celosamente y lo hace sin sacrilegio, con elegancia y una cierta frustración muy sincera: la de estar intentando asir lo inasible, descerrajar un misterio que se empeña en seguir oculto a las miradas de los hombres. Porque las canciones de Patti son indómitas, como caballos salvajes. Son insondables, como textos sagrados. Y, a la vez, son humanas, demasiado humanas, y hunden los pies descalzos en el humus de la tierra, como la voz de un chamán que implora al cielo y al infierno al mismo tiempo, en una búsqueda de la poesía, la belleza, la energía y el magnetismo animal.

Quien desee que las alas de mármol se le caigan y elevarse de la mano de Patti Smith hacia arriba, cada vez más arriba, encontrará en Patti Smith. Caballos para la eternidad (66 Edicions, 2015) el fuego necesario para el primer impulso. Luego ya no hará falta más que escuchar; y cantar y danzar hasta el amanecer acompañado de la flauta de Pan y la pipa de Kif en Joujouka.

 

 

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