El trío del archiduque de Beethoven

Publicado por el sep 8, 2014

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En Viena, en los felices años de su juventud, Beethoven fue durante un breve tiempo un compositor de moda, con lo que su carrera podría haberse visto determinada como la típica de un artista de su época, más cerca de Haydn que de Mozart. Esto se percibe en la Primera sinfonía en do mayor, op. 21, de 1799. En las Sonatas para piano, un total de 13 hasta el año 1800, se percibe el ideario estético del músico y el carácter más personal de su arte. Una de estas sonatas, la op. 13 en do menor, llamada Patética, muestra bien a las claras la profunda vocación heroica que iba a convertirse en su etapa de madurez en su rasgo más destacado.

Los dos elementos fundamentales del arte de Beethoven son el dolor vital, entendido como eco de toda la humanidad, y la indómita energía y su desesperada resolución para afrontarlo. Es a partir de 1800 coincidiendo con los primeros síntomas de sordera cuando estos dos elementos entran a formar un profundo contraste, actuando plenamente en la agónica intencionalidad expresiva que Beethoven incorpora a la forma sonata. Dicha estructura es seguida por Beethoven fielmente en sus sinfonías a partir de la segunda, los cuartetos, los tríos y ls sonatas para piano.

La forma sonata entra en crisis, algo que queda especialmente subrayado en la universalmente conocida como Claro de luna (1801), donde como ha indicado con acierto Massimo Mila “sintetiza en tres momentos de insólita disposición los tres temas esenciales de la musa del compositor: una trágica y glacial desolación, un suave despertar del gusto por la naturaleza y, finalmente, en el movimiento conclusivo, un ímpetu tempestuoso de heroica combatividad”.

Esta inspiración pletórica, esta voluntad de decirlo todo –ahora ya mucho más cerca de Mozart que de Haydn-, tiene su expresión más alta en la Tercera sinfonía, la Heroica, op. 55 en mi bemol mayor (1805). Es sabido que la partitura estuvo dedicada a Napoleón como emperador, pero también consta que Beethoven borró la dedicatoria al tener noticia de la coronación del célebre corso. Aquí la Marcha Fúnebre (segundo movimiento) es un intenso lamento, un canto de la humanidad despojada de quien encarnaba sus más nobles aspiraciones y defendía sus derechos. El scherzo es un prodigio de fuerzas que se entrecruzan, típica de Beethoven, donde concurren la acción, el ritmo y la imaginación instrumental. En el final se ve que el salvador de la humanidad no es de naturaleza militar, sino filantrópica: el héroe beethoveniano es Prometeo, salvador de la humanidad.

El heroísmo titánico es superado finalmente por Beethoven a partir de la Quinta sinfonía, op. 67 en do menor (1808).  El último Concierto para piano y orquesta op. 73 en mi bemol mayor (1809) y el Trio op. 97, llamado “del Archiduke” (1811) añaden “una magnificencia solemne y exterior, un esplendor transfigurante y una riqueza de ideas sin igual”.

El ánimo de Beethoven, a partir de estas páginas, vencedor en su lucha contra las adversidades, evita en lo sucesivo toda descripción autobiográfica – incluso cuando la propia vida de Beethoven entra en su etapa más miserable y sombría, en la inexorable soledad a la que le condenaba su creciente sordera- para acercarse cada vez  más a una contemplación serena y más alta de una verdad de orden religioso que se manifiesta, en primer término, en el descubrimiento de los secretos de la Naturaleza.

A partir de la Séptima sinfonía, op. 92 en la mayor (1812) la idea de la “alegría” o del entusiasmo se apodera de Beethoven. Una alegría que no es el simple gozo que trasciende de la salud, o de la serenidad de ánimo, sino de la adecuación del hombre, en la pureza y armonía con las leyes eternas del universo, a la condición divina. Tal sana alegría que puede hallarse en la familiaridad de las cosas pequeñas y cotidianas es el motivo predominante de la Octava sinfonía, op. 93 en fa mayor (1812).

La solidaridad humana que supera el individualismo heroico queda reflejado de forma definitiva en el Himno de la alegría de Schiller, último movimiento de su Novena sinfonía, op. 125 en re mayor (1823), de carácter coral, donde Beethoven incorpora a la orquesta la voz humana, con cuatro solistas y el coro.

Hoy, dos siglos después, Beethoven goza de una primacía y un valor incontestables, debido sobre todo a la extraordinaria perfección de sus obras.

Un escritor de proverbial imaginación y gran maestría narrativa como es Haruki Murakami suele incorporar canciones o piezas musicales a las tramas de sus libros, algo que lleva haciendo desde Tokio Blues  hasta After Dark.

En la última parte de su novela Kafka en la orilla, Murakami introdujo la obsesión de uno de los personajes por escuchar una y otra vez la ejecución del llamado “trío del millón de dólares” (Rubinstein, Heifetz, Feuermann) de esta pieza de cámara, el Trio op. 97, llamado “del Archiduke” (1811), una de las más bellas aproximaciones de Beethoven a esa emoción primaria y compleja que es la “alegría”, en su origen romántico una consecuencia del violento y tumultuoso ímpetu que brota del orden y la perfección.

 

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