Mi camiseta de la Creedence Clearwater Revival

Publicado por el mar 6, 2014

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Hablar de la Creedence Clearwater Revival es hablar de un buen puñado de canciones que llevamos prácticamente todos en el bolsillo del pantalón vaquero dispuestas a ser silbadas para ponernos contentos cuando por fin vuelve a salir el sol. “Cotton Fields”, “Have You Ever Seen The Rain”, “Down On the Corner”, “Suzy Q”, “Midnight Special”, “Proud Mary”, “Fortunate Son”, “Who´ll Stop The Rain”, tantas… Asombra que todo aquel caudal surgiera a borbotones en apenas tres años de creatividad prodigiosa. Seis maravillosos discos. Da vértigo pensar en la intensidad de aquellos años, sobre los cuales dentro de poco sabremos muchas más cosas, puesto que John Fogerty -hoy día un hombre feliz y en buena forma camino de los setenta años- anuncia para 2014 la publicación de sus memorias. El secreto, “cantar canciones de Taylor Swift con mi hija de doce años, correr dos veces a la semana, no fumar, y cuidar la comida sin fanatismos: algún filete cae de vez en cuando”.

El pasado año lanzó John Fogerty al mercado un disco espléndido, Wrote A Song For Everyone, que llegó al puesto nº 10 de discos del 2013 según Rolling Stone. Para recrear algunas de sus canciones se hizo acompañar de artistas tan dispares como Foo Fighters (“Fotunate Son”), Alan Jackson (“Have You Ever Seen The Rain”), Allen Toussaint (“Proud Mary”), Kid Rock (“Born On The Bayou”) o Bob Seger (“Who´ll Stop The Rain”). Catorce canciones de reencuentro y actualización al presente del legado de la Creedence realizado con mimo y mucho acierto.

Hoy, decimos, John Fogerty es un hombre feliz. Más de 100 millones de discos vendidos. Todos los reconocimientos. Pero el camino hubo que andarlo y trabajarlo, con botas y camisa de leñador. Los hermanos ForgertyJohn a la eléctrica y Tom a la acústica, junto a sus compañeros desde la adolescencia el bajista Stu Cook y el batería Doug Clifford, consiguieron aproximarse al secreto de la materia y la energía al lanzar y autoproducir en apenas tres años (1967-1970) seis prodigiosos elepés para el sello Fantasy que rompían los moldes establecidos al incrustar el rock sureño al otro lado del majestuoso puente rojo de la bahía de San Francisco.

Cierto desdén de la crítica los mantuvo durante un tiempo en un papel de actores secundarios, con puestos modestos a media tabla en las listas de mejores discos de la historia del rock, mejor guitarrista, mejor disco, canción, etc. Las razones pueden ser varias. Una, que las canciones no eran suyas en un alto porcentaje, excepto en Cosmo´s Factory, donde John Fogerty firma siete de las once canciones. Dos, que puede tildarse a la Creedence de “apropiación indebida” de Leadbelly y Howlin´Wolf y, en general, de la música sureña. Bueno, ¿no será que tal vez John cogió una guitarra la primera vez que vio a Elvis Presley, a Chuck Berry y a Little Richard sacando chispas del piano, como prácticamente todos los de su generación?. Tres -donde creo que está la clave-, que para Woodstock la Creedence “no daban el perfil”, con esas camisas de franela, esas rudas barbas, ese sonido áspero de incendio en el pantano. Los críticos, como los cocodrilos, al ver aquel fuego se sumergieron debajo del agua. No así el público. Vendieron hasta el doble platino y tienen el récord de segundos puestos en el Billboard de aquellos años, hasta cinco. Eso, segundones, pero a qué nivel.

A excepción de “Suzy Q”, de su primer disco, y alguna otra, las canciones de la Creedence eran más bien cortas en duración, y aunque John Fogerty jugaba con la guitarra asimilando los hallazgos e invenciones del jazz, lo hacía de manera ruda, como una aparición primitiva en medio de un ritual de vudú. De sus compañeros de viaje Grateful Dead se les pegó poca cosa, más bien fue al contrario. Y aquí está la otra clave del “prestigio a la baja” de la Creedence durante tanto tiempo: su ausencia de misticismo. Si uno observa las listas de los mejores, se encuentra con incuestionables artistas como Van Morrison, Beach Boys, Hendrix, los Doors, los Beatles, los Byrds, los Rolling Stones, Janis Joplin, los Who, Led Zeppelin. Todos contemporáneos suyos y todos con un halo místico, unas veces promovido por el artista y otras puro marketing discográfico. Las más de las veces, la necesidad de sacar de la arcilla nuevos ídolos desde las grandes revistas de prensa musical. Tal misticismo no solo era aceptado sino buscado febrilmente por el público, lo cual no deja de ser una forma como cualquier otra de llenar ciertos vacíos. Una mítica portada de Deep Purple puede servir para ilustrarlo.

La Creedence Clearwater Revival no incorporaban ni un ápice de misticismo, a excepción de la que se desprende de la magia del sur de los EE.UU. Lo suyo era pura energía concentrada en escasos minutos, desde una formación austera de cuatro instrumentos, sin vientos ni teclados haciendo filigranas. En concierto, la Creedence era ni más ni menos que ese reactor que produce más energía de la que consume. Como el sueño de la fusión nuclear. Solo hay que volver a escuchar  Bayou Country, Green River, Billy and the Poor Boys o Cosmo´s Factory. El concierto en Londres, en el Albert Hall, en 1970, es una buena prueba de ello. En 1971 el grupo se disolvió. Pero John Fogerty siguió en activo, saliendo a la luz de manera intermitente y siempre a un alto nivel.

Digan lo que digan, hoy suenan insustituibles, y permitiéndome exagerar un poco son ya parte indispensable del patrimonio de la humanidad. Y consiguieron algo realmente difícil, como es calar hondo en las emisoras de radio de todo el mundo durante cuarenta años sin interrupción. Su misterio cuántico encontró herederos ilustres: los Clash, los Ramones o Bruce Springsteen. Aquí en España, Bunbury siempre los ha reivindicado. Y un servidor, si pudiera volver a los dieciséis años, ay, llevaría sin duda una camiseta de la Creedence.

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