El nuevo día de Lole y Manuel

Publicado por el Feb 3, 2014

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Hace escasos dos meses, en Sevilla, Ediciones En Huida publicaba milagrosamente Ha llegao la mañana. Antología poética, la primera vez que se recoge la poesía hecha canción de Juan Manuel Flores Talavera, autor en la sombra de esas letras tan lindas que cantan Lole Montoya y Manuel Molina en sus tres primeros discos.

Lole y Manuel abrieron camino con su magistral trilogía –Nuevo día (1975), Pasaje del agua (1976) y Lole y Manuel (1977)- a los profanos sin dejar de gustar a los puristas del flamenco en un tiempo en el que mayormente el cante era pitagórico y no se tocaban las habas del jardín trasero por si acaso hubiera un alma habitando en ellas. Aunque no a todo el mundo le gustó que el flamenco se desnudara para vestirse de colores de arco iris caleidoscópico. Ni que los dioses de las pequeñas cosas poblaran la boca de fresa de Lole y la boca de olivo de Manuel. No gustó tanta chiquillería ni tanto concierto multitudinario. El secreto podía quebrarse y ya no habría vuelta atrás.

Y así fue. Tenían razón, fue el principio del fin y un nuevo principio. Pero aquello seguía siendo flamenco, porque el flamenco, como todo en esta vida, no puede aislarse como se aísla la central nuclear de Fukushima. Siempre hay fugas, antes o después, y algo impregna a la población y la contamina. Para bien, porque de ahí sale algo nuevo. Una nueva época. Una población nueva. Otro aire que respirar.

Lo de Lole y Manuel no tiene nombre. Es algo que se redescubrirá multitud de veces, por ser grande, grandísimo su arte, tanto frescor y tanta luz. Filosofía del mediodía. Tanto respeto a lo que sale de dentro. Y tanta paciencia para dejar que lo de dentro aflore como un riachuelo, como un gorrión, como una nube o como el agua de la fuente.

Lo de cantar a la naturaleza como expresión de humanidad ha sido canonizado en las briznas de hierba de Whitman o en la música del agua fluyendo de Gary Snyder mientras aún andamos aprendiendo a valorar lo que es nuestro Sur, como metáfora, como forma de vida, tan cerca de nosotros, tan dispuesto a dejarse chicolear, donde se produce esa contagiosa relación con la luz que da sentido a las cosas, a un simple tarro de aceite o a un niño que corretea detrás de la mariposa.

La poesía jonda de Juan Manuel Flores es claridad que duele. Porque deslumbra. Como el color de los lirios moraos. Como la pimienta que se cuela en la nariz. Como el recuerdo y como la pena. Como el aroma del romero verde. Cantares de Flores que son olanes de falda para perder el sentido. Universal humanidad del poeta del Sur que quiso vestirse de primavera. Porque siempre hay un nuevo día.

 

 

 

 

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