El manisero de Bola de Nieve

Publicado por el Jan 13, 2014

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Cuenta Camilo José Cela cómo conoció en Madrid a Ignacio Villa, un gordito gordinflón que tocaba el piano y cantaba canciones sentimentales en español de Cuba y en catalán, en francés y en inglés. Cela lo escuchó por última vez en la Habana en enero de 1965, en Floridita, “el bar en el que Hemingway se bebía los daiquiris uno detrás de otro y sin parar”. Estuvieron conversando largas horas en el Tropicana y terminaron la noche en la cantina de una funeraria, que abren las veinticuatro horas del día para que los acompañantes ahoguen sus penas en ron o en lo que sea.

Allí se encontraron con Allen Ginsberg, el sumo pontícipe del movimiento beat, que era habitual cliente de la funeraria, con una cogorza más que suave predicando la paz con gesto profético y grandilocuente, muy apropiado a la circunstancia. Bola de Nieve, que era moderado, no veía con buenos ojos los dislates de Ginsberg. A Bola de Nieve lo que le gustaba era tocar el piano con suavidad y cantar boleros con su vocecita de tiple. Delicadísimo y elemental, sonreía siempre con dulzura y sabía acompañar a los amigos. Cantaba “La flor de la canela” de Isabel Granda, “Ay mama Inés”, “El manisero”, “No puedo ser feliz”, “Tú me has de querer”, “Chivo que rompe tambó” y “La vie en Rose” de la Piaf poniendo todo su alma en la garganta.

Para el maestro Andrés Segovia, “cuando escuchamos a Bola parece como si asistiéramos al nacimiento conjunto de la palabra y la música que él expresa”. Pablo Neruda también se unió a la admiración por el del barrio de Guanabacoa apadrinado por Ernesto Lecuona: “Bola de Nieve se casó con la música y vive con ella en esa intimidad llena de pianos y cascabeles, tirándose por la cabeza los teclados del cielo. ¡Viva su alegría terrestre! ¡Salud a a su corazón sonoro!”.

Para José María García Martínez, autor de La música étnica (Alianza, 2002), “su forma de decir la poesía ennegrecida de Nicolás Guillén era única. Bola de Nieve aboleraba cuanto tocaba; a todo le daba un aroma a negritud. Su música interior, la de sus poemas, es la del son, su inspiración provenía también del son”.

Guillermo Cabrera Infante nos contó cómo en las primeras décadas del siglo coincidieron tres genios de la composición que dieron al género lo mejor de su obra y que Bola de Nieve incorporó en su repertorio: Moisés Simons, Eliseo Grenet y Ernesto Lecuona. A Simón o Simons, músico levemente mulato que se disfrazó de judío hasta que los nazis entraron en París, donde vivía y comenzaron a indagar por ese Simons, debemos algunas de las más grandes canciones del son, como “El manisero” y “Guantanamera”. De Eliseo Grenet y su hermano Nono Grenet -batería y gran musicólogo- es “Ay mama Inés” y deliciosas nanas como “Drume negrita”. Cabrera Infante habla de Ernesto Lecuona en estos términos: “un Chopin vigoroso, la música de Lecuona suena como si Debussy compusiera solo con las teclas negras del piano”. Con los Lecuona Cuban Boys interpretaba sus canciones, “Siboney” o “La Malagueña”.

Este trío excepcional puso la banda sonora a las noches de la Habana anterior a la Revolución, donde uno podía encontrarse con Nat King Cole, Rita Montaner, Frank Sinatra o Bola de Nieve entre humo de cigarro y natural voluptuosidad de la carne en el salón-bar del Nacional o en el patio del Hotel Sevilla, cuando no los domingos en las reuniones más tranquilas e intelectuales en la propia casa de Bola de Nieve, a las que era asiduo Alejo Carpentier.

Aunque no fueron los únicos, ni mucho menos. Ahí está por ejemplo Teresita Fernández, natural de Santa Clara, autora de más de quinientas canciones con su inseparable guitarra. “Usted es la única guajira que yo resisto con una guitarra en la mano”, le dijo Bola de Nieve a Teresita cuando las hermanas Martí la llevaron a conocerlo en su casa de Guanabacoa. Esta frase sellaría una amistad que se mantuvo por varios años de trabajo común e invitándola a cantar juntos en el restaurante Monseñor.

La sensibilidad de Bola de Nieve incorporaba una cierta ambigüedad en su interpretación, una mezcla de sabores a canela y tabaco, de lo agudo a lo grave, en un frenesí sentimental que no ha encontrado parangón. Solamente un cantante en los últimos tiempos ha brotado en esa rama abierta por Bola en la música popular, aunque con mucha más carga de parafernalia. Ese tal Antony, el de Antony & The Johnsons, que epató con su aparición en este nuevo milenio. Pero, ay, Ignacio Jacinto Villa, el inolvidable Bola de Nieve, muerto en México en 1971, es de una sublimidad insuperable.

 

 

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