Fernando Argenta, aviso de incendio

Publicado por el dic 4, 2013

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clasicos2En la calle León hace años tuve un estudio. Un día, tiré sobre un  contenedor la máquina de escribir. Por ahí pasaba Carlos Berlanga, que dijo… “Es un escritor”. A lo mejor ni lo dijo. Y me lo inventé. Tuve una vez un estudio en la calle León, y me lo alquiló Margarita Argenta. La desaparecida porque nada sé de ella. Alicia Mora seguía mis devaneos. Era cuando tenía fenómeno fan, en pequeño. Ahora no tengo nada. Como Fernando y su fenómeno fan en pequeño. Porque estamos para gastar energías en algo, lo que sea. Y en el caso de Fernando -para no entrar en rollos que no son para la plebe de cómo murió Ataúlfo-, estaba para que un número mayor apreciara la música.

Es, creo, un momento crítico en España, para el cual no estamos preparados. Mueren gigantes, ¿dónde están los sucesores?  Y lo pongo en plan anglosajón porque muy bien, y mira que bien y estamos en ello pero si nos ponemos a pensarlo con la distancia, ¿de verdad Fernando Argenta es más memorable que José Francisco Alonso?

Pues como todo el mundo conoce a Fernando Argenta  y sé que él estaría encantado con ello, pues pongo a mi tío al que seguían en procesión dos japoneses, tal y como vi en un vagón de metro,  una vez en la que me lo encontré ante mi espanto, porque yo iba con una lata de lentejas en una bolsa, pero mantuvimos una buena conversación absurda yo, él, los japoneses y las lentejas.

Viva Fernando Argenta y viva Margarita! Y viva mi tío José Francisco Alonso, el pequeño. Y la otra pianista, la pequeña Merche Alonso, tan pequeña que ganó (siendo mujer) el premio nacional de piano (de España). Y Ramón Alonso, el gran cantante de ópera y zarzuela, un genio no al alcance de lo que podríamos llamar, ¿verdad?,  como decía él con mucha guasa en los aledaños de Iglesia, tomando un chato de vino…

Yo, lo siento, no me volví fan de Fernando Argenta. Me volví fan del tío José Francisco, el de Austria, y sobre todo de mi tío Ramón Alonso, el bajo prodigioso de Iglesia, porque tenía un pantalón de frac. Conseguí arreglarlo y estuve, vive Dios, llevándolo durante años de los diecisiete a los veintiuno. Y con aquellos pantalones de frac y un jersey negro cuello cisne y mis diecisiete años me fui entre semana al Rockola y hay testigos hasta que aquel atuendo acabó en la basura. Y todo seguía igual.

No seré yo quien pronuncie su nombre en vano. Porque Fernando era un arrimar el hombro. Cuando el alcor estaba desierto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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