El gallo de oro, una ópera y algo más para este tiempo quebradizo

El gallo de oro, una ópera y algo más para este tiempo quebradizo

Publicado por el Jun 9, 2017

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Empecemos por la emoción.

 

Gergova 2

 

En todas las funciones de El gallo de oro, la ópera que todavía hace vibrar la gran caja de esperanza del Teatro Real, donde los que tienen suerte y dinero se asombran a veces como en un teatro real, tiene lugar un pequeño acontecimiento. Entre el segundo y el tercer actos hay un sorprendente interludio musical de seis minutos. El director musical de la función, que es también el director musical del Real, Ivor Bolton, abandona el podio y, muy ufano, se sienta entre sus músicos, al frente del piano. A su lado, la concertino búlgara Gergana Gergova. Ambos interpretan un fragmento de dos obras dedicadas a El gallo de oro como si fueran una sola: Concert Phantasy, sobre El gallo de oro, de Efrem Zimbalist, e Himno al sol sobre ‘El gallo de oro’ de Rimski Kórsakov, de Fritz Kreisler. Según me cuenta Graça Ramos, el hada madrina mozambiqueña de la prensa que ama la ópera, la idea de interpretar esas obras fue de Laurent Pelly, el director de escena de este montaje que todo el que ame la ópera, el teatro y la historia no se debería perder. En el bruselense Teatro de La Monnaie, coproductor de esta producción, necesitaba hacer una pausa de seis minutos para cambiar el decorado, pero no quería hacer un segundo intermedio.

 

Los intermedios, y esto no lo dice Graça, sirven para que en la ópera se tomen un piscolabis los que no pueden dejar de llevarse algo a la boca cada cierto tiempo, se haga arqueo de indumentaria y estado general de la burguesía madrileña, y se ultimen algunos contactos visuales y entrechoque de manos que acaso sirven para firmar un contrato, idear un asalto a los bastiones de la política, se urda un crimen metafórico, prenda un amor, se extinga un antiguo incienso. Desde el punto de vista dramático y de la atención suelen ser un desastre. Una concesión a los tiempos modernos y al comercio.

 

La idea de invitar a Gergana Gergova fue cosa de Bolton, que la quería para que interpretara varias óperas en el coso madrileño, y que finalmente se convertirá en concertino de la Orquesta del Teatro Real. El virtuosismo nos deja sin habla. Aquí lo hay a manos llenas. Pero hay algo más. Mientras Bolton sonríe embelesado mientras escucha y ve con el rabillo del ojo lo que hace la violinista, contagiado de la figura del astrólogo que tiene un papel fundamental en El gallo de oro, le saca a las teclas del piano el entusiasmo que su porte anuncia. Es tosco y apasionado, un músico brillante y desaliñado. Pero el piano no es lo suyo. Está mejor a la batuta. Es Gergana Gergova la que carga sobre sus hombros, literalmente, la emoción de dos piezas que en su violín suenan como si formaran parte de su esqueleto. Como si el violín respirara al compás de sus pulmones. Lo hace fácil y lo hace insólito, con una elocuencia, un sentido musical, un tempo que se materializa ante nuestros oídos como si nunca hubiéramos sabido que con un violín se podía hacer lo que ella hace. Que estuviéramos sentados en la fila cuatro y siguiéramos cada movimiento, el de sus manos, el de sus hombros, el de sus dedos, el de su pecho, el de sus ojos, mientras Bolton se distraía mirándola, hizo que el sentido de la vista tuviera que asegurarse de que lo que ocurría en el foso era real. Fue apenas un instante, un espejismo de una belleza estremecedora. Para que se empañaran los ojos. No me extraña que Gergana Gervoa se haya ganado el puesto de concertino. Hará que la orquesta titular de nuestro gran teatro de la ópera vuele más alto, al compás de un coro que, con Ándres Máspero al frente, no deja de tomarle la medida a cada función, a cada ópera, con la convicción de que el arte, tal vez, nos puede hacer mejores. O más atentos. O más pacientes. O más amables.

 

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Hay óperas que embelesan. El gallo de oro, de Nikolai Rimski-Kórsakov, es una de ellas. Y más cuando a la melodiosa partitura se añade una orquesta que no deja de ganar fe en sí misma con el entusiasmo que instila en ella y por sí mismo destila Ivor Bolton, su director. Pero no hay que descartar, ni mucho menos, la inventiva puesta al servicio de la obra, no de sí mismo, del director de escena que en este caso dobla (y suma un acierto) como figurinista: Laurent Pelly. La escenografía de Barbara de Limburg consigue que las pretensiones del compositor y los directores musical y de escena cuajen de manera admirable, siempre dentro de la especial naturaleza de este cuento que empieza con humor, sigue con acre ironía que se va volviendo sarcasmo y acaba convirtiéndose en un asunto amargo y cruel sin dejar nunca de lado su condición de fantasía bien anclada en la realidad. Prueba de su eficacia es que la Rusia zarista prohibió su representación. La noche que tuvimos la suerte de verla fungía el segundo reparto, y gracias a ello descubrimos a una cantante y actriz que no vamos a olvidar fácilmente: la armenia Nina Minasyan, perfecta para el papel de enigmática princesa oriental, la zarina Shemajá. Mostró unas dotes inauditas para la seducción y la ambivalencia, con una versatilidad interpretativa y musical que se hizo con la función y dejó todavía más apagada la figura (el personaje, no el cantante ni el actor) del torpísimo zar Dodón. Este bajo ruso logró, seguro que de manera inadvertida, aunque para malpensantes hay siempre trigo a mano, que diera la impresión de que un sosias de Mariano Rajoy se había subido al escenario del Teatro Real.

 

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¿Para qué ha servido la noche? Para descubrir que Rimsky-Kórsakov acabó renegando del colorismo ruso, del nacionalismo musical de óperas y compositores que exaltaban una cierta condición popular, un estereotipo, un tipo en el que reconocerse con agrado. Y que El gallo de oro no solo critica la degeneración, la estupidez y la crueldad del zarismo (de un zar inepto, como el que condujo a la destrucción de la Armada rusa frente a Japón y provocó una matanza ante el Palacio de Invierno en 1905), sino  al propio pueblo sumiso e ignorante, que se postró ante el zar de todas las Rusias como luego se postraría ante los bolcheviques. ¿Tienen algunos pueblos alma de esclavos, o es una condición general de los seres humanos? Esta noche no voy a seguir pensando mientras escribo, pero si hay una ópera subversiva sobre el poder y la sumisión, con la factura de un agrio cuento oriental con libreto de Vladímir Belsky, basado en el poema El cuento del gallo de oro, de Aleksandr Pushkin, sobre Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving, ese es El gallo de oro donde, como se recuerda en el programa de mano, no hay ni un personaje bueno. No se salva nadie. ¿Como en la vida? ¿Pero qué es la vida?

 

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Si la ópera, como los periódicos, quiere sobrevivir al embate de los tiempos tiene que compaginar el arte con la necesidad, conmover e iluminar, explorar nuevas formas de expresión sin despreciar al espectador/lector, huir del elitismo del dinero y de la banalidad de los que piensan que rebajando asciende el nivel general. Eso no quiere decir que se vulgarice la calidad expresiva y lingüística (ya hay demasiados agentes sociales, empezando por el liderazgo político y educativo, dedicados en cuerpo y alma a esa devastación de la inteligencia), que abarata las exigencias artísticas y narrativas con el mismo furor que el realismo socialista o el nacionalismo fascista.

 

El espejo no puede seguir siendo el mismo que en los siglos XIX y XX. Ahora no basta con ser espejo. El público quiere entrar en el Palacio de Invierno de la ópera, ver de qué madera están hechos los marcos y si son necesarios, y si son necesarios qué parte de la realidad acotan y por qué, en qué consiste el azogue, cuáles son las causas que los artistas y los periodistas defienden, y por qué y para qué y cómo y para quién. Y de dónde procede el dinero. Y cuáles son sus objetivos. ¿Qué se pretende con la ópera? ¿Qué se pretende con el periodismo?

 

Gracias, Nikolai Rimsky-Kórsakov. Por obligarnos a plantearnos preguntas pertinentes e impertinentes mientras nos haces disfrutar como a niños de un cuento cruel vestido con una música admirable. Con una ópera que es algo más en este tiempo quebradizo en el que el ruido y la confusión han hecho masa, y el suelo de la realidad espantosamente iluminada parece quebradizo como una fina capa de hielo y estupidez.

 

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Fotos: Javier del Real

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