Cómo convertirse en lo que uno es

Cómo convertirse en lo que uno es

Publicado por el May 31, 2017

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Propone Gabriel Insausti (en Línea de nieve, que publicó Pre-Textos el año pasado):

 

«Debes salir de casa en una noche

de agosto, cuando el aire aún es tibio,

y caminar sin pausa hasta los campos

en los que muere la ciudad».

 

Si lo aplicase al pie de la letra en Madrid, que es la ciudad en la que vivo, no resultaría nada fácil. A veces, cuando fantaseo despierto en volver a Vigo y buscar una casa en las estribaciones de la Ría de Aldán, imagino que eso que propone Gabriel Insausti en su poema «Sobre el firmamento» sería mucho más factible. Es más, imaginaba que algunas noches saldría a caminar hasta perderme de las últimas luces. Eso que hacía por ejemplo en Touriñán. Pero son más cosas las que propone Insausti en su poema. Y sería bueno que lo buscaras. Y no sólo por lo que dice en las páginas 18 y 19, sino también antes y después.

 

Recuerda María Santos-Sainz en Albert Camus, periodista (que Libros.com publicó el año pasado) que en su obra Bodas recoge una expresión de Píndaro retomada por Nietzsche: «No es fácil convertirse en lo que uno es».

 

¿Cuántos ejemplos vemos cada día? ¿Y qué ocurriría si nos olvidáramos de los otros y nos centráramos en nosotros mismos?

 

Different_Trains_1º movimiento

 

En su libro Quien habla (sin acento, publicado el año pasado por El Gallo de Oro), escribe José Fernández de la Sota:

 

«Mejor no hablar. Hace viento».

 

Y que:

 

«Airadamente el viento se levanta,

no pide la palabra,

se lleva las palabras y las cosas, el viento,

las promesas, los trenes, los adioses el viento».

 

Y

 

«Mejor tener solo cosas que nadie pueda quitarte».

 

El poema se titulaba «Consejos contra el viento».

 

¿Cómo se llega a ser el que se es?

 

 

«La lluvia se estrella en el tejado,

corre por los bajantes de agua,

es música pesada

que el cielo no pudo contener;

pienso que debes estar durmiendo

pero yo no lo logro sin ti. Recuerdo cuando

pusimos el tejado para que nos protegiera

de la lluvia y de la noche».

 

Así arranca el poema «Música en la noche» del libro Todos los Madrid, el otro Madrid (Antología poética), del poeta ecuatoriano Edwin Madrid, que la editorial Pre-Textos publicó el año pasado, y que solo ahora, tan tarde, o no tan tarde, pero solo ahora, empiezo a leer en Madrid un atardecer de mayo, en realidad el último día del mes de mayo de 2017, cuando la noche empieza a insinuarse en el horizonte, el volumen de las nubes, la textura inconsútil del cielo, las marcas de agua de los árboles, los tejados que desde aquí no consigo ver bien. Algo más abajo, escribe:

 

«hemos sido felices escuchando

el ruido del mundo y la música de la lluvia».

 

Y algo sobre lo que he pensado en más de una ocasión y que le comenté a una amiga hondureña:

 

«Nos gusta que llueva

cuando estamos en casa. Regresa para que

escuchemos cómo la lluvia se estrella en el tejado».

 

Me he atrevido a añadirle una tilde a la palabra cómo. ¿Porque yo se la pondría? Si lo llega a ver, espero que me lo reproche, o que me diga que fue una decisión de la editorial. Que estaba bien así. ¡Que cómo me atrevo a ponerle una tilde a un poema ajeno!

 

Different_Trains_2º movimiento

 

¿Por qué leemos libros de poemas? Aquí, a mi derecha, en mi pupitre, atesoro los que van llegando y quiero leer, o quiero utilizar para extraer al menos un verso, o un poema, que me sirva para darle consistencia a los días sin huella, a los días en los que costaría hacer arqueo. Estos libros son una suerte de amparo. De pequeña empalizada contra las alimañas que merodean por el jardín interior. Levanto los ojos del libro, los desvío de la pantalla, y miro al cielo. Si los ojos fueran un obturador, ¿en qué punto estaría el diafragma? Para hablaros del estado de las nubes ahora mismo tendría que recurrir a la precisión de Goethe o a la precisión de Pessoa. Podría evocar un paisaje antártico, donde nunca he estado. Grandes masas forestales de hielo, agua que pugna por deshacerse del corsé de hielo, un azul desleído, pero que quiere ser azul a pesar de todo, y que cuando esté a punto de lograrlo se lo llevará la noche por delante. Esa noche de la que habla Edwin Madrid y que a mí me ha llevado a la habitación de su casa una noche de lluvia.

 

¿Cómo nos convertimos en lo que somos? ¿Somos lo que merecemos? ¿Hemos luchado a brazo partido? ¿No nos hemos conformado?

 

He abierto al azar el último libro que voy a salvar hoy de mi particular silencio arbitrario, de mi empalizada mínima de libros contra las alimañas y el final de este día de mayo con una historia tan leve como una raya en el agua, al menos para mí. Aunque puedo decir que he hecho algo provechoso, aunque no vaya a decir qué. Dice la contraportada que Nazim Hikmet (Salónica, 1902-Moscú, 1963) está considerado «el poeta turco por excelencia». Al azar di con el poema titulado «Desde las cuatro cárceles», que lleva como subtítulo «Poema Nº 2». El libro, publicado por Visor, se titula Antología, y el volumen que tengo entre mis manos y que esta noche me llevaré por fin a mi casa es la tercera edición y, por fin, ha sido publicado este año. La edición, la traducción, es obra de Solimán Salom, y el poema que me saltó al azar a la cara empieza así:

 

«Estoy extraordinariamente contento de haber venido al mundo,

amo a su tierra, su luz, su lucha y su pan.

A pesar de conocer hasta el centímetro la medida de su circunferencia

y de saber que no es más que un juguete al lado del sol

el mundo es increíblemente inmenso para mí».

 

Different_Trains_3º movimiento

 

Ahora tendría que volver al poema de Gabriel Insausti. Ahora es un poco más tarde. El azul que quiere romper el hielo es un poco más azul, con un grado de acidez, y si busco otra ventana que enfile el lugar donde se pone el sol veré las ramas de un abeto recortándose contra el ciclorama del final del día como un signo que seguramente Henry David Thoreau sabría interpretar. Estos libros constituyen apenas un equipaje para un verano, un equipaje para trazar una teoría de la vida, para leer al mismo tiempo que avanzo, deslumbrado, en la lectura de Albert Camus, periodista. Ya nunca olvidaré esa faceta del escritor al que no he dejado de volver desde la primera vez que llegó a mis manos, que llegó a mis ojos. Pero que no solía mencionar cuando hablaba de mis referentes periodísticos. Ahora sí que lo mencionaré, como a Svetlana Aleixevich, a James Agee, a John Hersey, a Leila Guerriero…

 

¿Cómo nos convertimos en lo que somos? ¿Qué somos? ¿En qué nos hemos convertido? ¿Tenemos que avergonzarnos?

 

Sigo todavía en el periódico. La noche no está todavía aquí. El 31 de agosto de 1944 escribió Albert Camus en Combat, bajo el título de «Crítica de la nueva prensa»:

 

«Nuestro deseo, tanto más profundo cuanto que a menudo era mudo, consistía en liberar a los periódicos del dinero y darles un tono y una veracidad que pusieran al público a la altura de lo mejor que hay en él. Pensábamos entonces que un país vale a menudo lo que vale su prensa. Y si es cierto que los periódicos son la voz de una nación, estábamos decididos, desde nuestro puesto y en nuestra humilde medida, a elevar a este país elevando su lenguaje».

 

Como si de un ejercicio escolar se tratase, repito para mí, en voz baja primero, en voz alta después:

 

—liberar a los periódicos del dinero

—darles un tono y una veracidad que pusieran al público a la altura de lo mejor que hay en él

—un país vale a menudo lo que vale su prensa

—los periódicos son la voz de una nación

—elevar a este país elevando su lenguaje.

 

¿Nos hemos convertido en lo que deseábamos ser, en lo que aspirábamos a ser, en lo que merecíamos ser, en lo que siempre hemos querido ser?

 

¿Cómo termina el poema de Nazim Hikmet? Así:

 

«Desde la China a España, desde el Cabo de Buena Esperanza a Alaska,

en cada milla marina, en cada kilómetro largo tengo amigo y enemigos.

Amigos que no nos hemos saludado ni una vez siquiera

sin embargo, podríamos morir por el mismo pan,

la misma libertad

la misma nostalgia.

Y enemigos sedientos de mi sangre

como yo sediento de la suya.

 

Mi fuerza:

es que no estoy solo en este inmenso mundo.

El mundo y sus hombres no son ningún secreto para mi

corazón,

ningún enigma para mi ciencia».

 

A pesar de tratarse de la tercera edición hay una errata en la página 136. Dice «Cabos de Buena Esperanza».

 

 

Para este pequeño viaje de este último día de mayo he elegido tres imágenes de los tres movimientos de Different trains, la manera en que Beatriz Caravaggio ilustró la pieza del mismo título que compuso Steve Reich. Del mismo modo que nos gusta la lluvia cuando estamos en casa, nos gustan los trenes cuando no pensamos que sirvieron para transportar condenados a muerte. La lluvia es necesaria. Los trenes son necesarios. La luz es necesaria. Pero los trenes están en nuestras manos. Podemos levantar una casa. Para protegernos de la lluvia y del sol. Sé que tenía que haber escrito más sobre las imágenes concebidas por Beatriz Caravaggio para la obsesiva pieza de Reich, en la que recordaba sus viajes de niño entre Nueva York y Los Ángeles. Cuando sus padres se separaron, su padre se quedó en Nueva York, su madre se estableció en Los Ángeles. La pieza se divide en tres movimientos: El primero, «América – Antes de la guerra»; el segundo, «Europa – Durante la guerra», y el tercero: «Después de la guerra». Entre los fragmentos de conversaciones que se filtran, escuchamos voces de supervivientes del Holocausto que ante la frase: «La guerra ha terminado», preguntan: «¿Estás seguro?».

 

La noche ya está aquí.

 

 

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