Las vías son las venas que van a dar al azar

Las vías son las venas que van a dar al azar

Publicado por el May 12, 2017

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Via 1

 

 

Es un viejo juego que había abandonado porque en el tiempo líquido de las pantallas todo parece desvanecerse a velocidad vertiginosa. Así llegan los viernes, como un rebaño de bisontes en estampida, pero bisontes virtuales, bisontes de ideas que no han cuajado en nada más que en seres ansiosos, bisontes que son tareas pendientes, razones que esgrimir una noche en que por fin tengamos tiempo de sopesar los argumentos y sacar alguna conclusión. Tiempo de estudio. Eso es. Desde que dejamos las aulas leemos con avidez, pero nunca con bastante concentración. Y llega la noche del viernes, como la de hoy, gloriosa, después de haber visto cómo el cielo se abría y llovía sobre los árboles, los campos, las acequias, los aserraderos, los campos sembrados, las amapolas, los viejos que debatían en la estación de Valladolid qué hacer con el Valle de los Caídos. La lluvia volvía a derramarse copiosa sobre el mundo. De niño celebraba la lluvia. Celebro ahora esa lluvia que parecía aquietar por un momento nuestro desasosiego.

 

Se anunció por fin el tren que venía del norte, con retraso, y la lluvia arreció contra el andén como si quisiera probar algo acerca de nuestras expectativas, de nuestra ansiedad. Me subí a un paso elevado que atraviesa las vías y busqué un ángulo que me permitiera pensar lo que quería decir, decir lo que pensaba, aquietar el run-run de lo que parece una evidencia, pero no lo es.

 

Abro al azar el primero de los libros que lleva semanas (¡semanas!) esperando una oportunidad. Se trata de Material rodante, de Gonzalo Maier (Minúscula), y leo (aquí es preciso suspender la natural incredulidad del que se asoma a los periódicos, o las webs, que no es lo mismo, y desconfía, porque piensa que la mentira se ha convertido en una costumbre universal, en el orden del mundo, como se temía Franz Kafka. Pero, insisto, fue al azar):

 

«Para los brasileños, escribía alguna vez Luis Chitarroni, el género por excelencia es el lamento. Para los viajeros, en cambio, bien puede ser la paciencia, me digo mientras subo la vista y veo un letrero luminoso que exhibe un +50 junto a la palabra Mechelen, que viene a ser Malinas en holandés. Es decir, casi una hora de atraso sobre lo que hay que esperar cuando no hay atraso. Una espera doble. Larga, lenta y doble, como las buenas esperas».

 

¿Cuál es nuestro género por excelencia?

 

Via 2

 

 

Abro Las proximidades, de Concha García (Calambur), sin pensar, y me encuentro con ‘Almacén de tiempo’, y copio mientras leo, o leo mientras copio, y veo, en el cielo, que las nubes se han ido disolviendo, haciéndose menos plúmbeas, más blancas, como si reclamaran una especie de inocencia a medida que la noche del viernes se acerca con todas sus promesas de darle un sentido al tiempo, es decir, a la vida:

 

«¿Sabes?

No lamento

ni sonrío

no me duele

ni lo espero

no lo deseo

ni lo busco

no lo añoro

ni lo acuño

no lo pedaleo

ni lo restrinjo

no lo abecedeo

ni lo nombro

no lo evito,

tampoco me deja

saudade ni pena

¿sabes?

suena, suena».

 

Es así como llego a la última estación del día. Me comí una palabra. Sobre el pasadizo que dominaba las vías de la estación de Campo Grande, en Valladolid, hice la foto y la subí de inmediato a Instagram sin asegurarme de que lo que quería decir era lo que había pensado ni de que lo que había pensado era lo que quería decir: «Las vías son las venas que van a dar azar». ¿Estaba pensando en Jorge Manrique? ¿En José Jiménez Lozano? ¿En Heráclito? ¿En Fernando Pessoa? ¿En la infancia en Vigo, cuando no sabía que la vida iba a ser esto?

 

Yo no quería hablar contra la esperanza, pero tampoco a su favor, porque me temo que paraliza. Pero no siempre es así. No consigo recordar lo que al final quería decirles sobre Henry David Thoreau a los alumnos del Instituto José Jiménez Lozano que me habían estado escuchando durante cerca de dos horas. Hace falta paciencia. Es cierto que ellos hacían las preguntas, pero podía haber sido más conciso. Bueno, abro, también al azar, Todo lo bueno es libre y salvaje, recién publicado por Errata Naturae, y brindo estas palabras de Thoreau a los alumnos para que sigan leyendo por debajo de las pantallas, en los libros que no necesitan ser enchufados salvo al cable de la atención, que es el más importante para tratar de entender, tal vez, el sentido de la vida:

 

«¡Sea valiente! Es lo más importante».

(Carta a un buscador de sí mismo, 19 de diciembre de 1854)

 

Vías venas vidas

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