El pájaro negro del teatro nos roza con sus alas el deseo y el miedo

El pájaro negro del teatro nos roza con sus alas el deseo y el miedo

Publicado por el may 5, 2017

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Irene 2

 

Esperamos hasta que llegó Irene. Para felicitarla. Estaba casi tan devastada como su personaje. O más. Porque su carga es doble. Y porque la ficción puede ser muy pesada. Hermosa y devastada. Y porque aunque los buenos actores se dejan el personaje entre cajas, se quedan jirones en el cuerpo y en el alma. Y no todo el mundo lo sabe. Eso es, también, ser actor. Estar dispuesto a que cada personaje te deje un peso. Una marca. Una herida.

 

Se oía el silencio en el teatro. Todo un teatro pensando, sopesando. Hasta las toses se fueron enterrando donde se entierran las toses, el miedo, la angustia, la compasión. El miedo.

 

Primero nos pusimos en el lugar de ella. De hecho nos subimos al coche que iba hacia su destino y que ella conducía. Pensé que podía ir hacia el teatro. Pero en realidad la actriz lo conducía hacia la casa del otro personaje, su segunda casa, la de su espejo oscuro, la fábrica donde no sabían qué había sido, qué había hecho.

 

¿Cómo se come eso? ¿Como se limpia? El pájaro negro que se estrella al final contra el parabrisas del coche de él (donde por cierto va la directora de la función: ¡Qué menos! ¡Hay que asumir parte de la carga que se ha puesto sobre el alma de los actores!) es ella, la niña, rota, estropeada para siempre. Para siempre. ¿Hasta a 84 se había follado después? ¿Para herirse, para ahondar la herida? ¡Y además decírselo a sus padres!

 

Fue un alivio que se callaran. Y que danzaran una danza en medio de la maqueta de la ciudad de noche. Porque era preciso que supiéramos qué había ocurrido. Ponernos primero en la piel de ella. Tratar también de ponernos en la piel de él. 12 años contra 40. ¿Por qué carajo tardó tanto en volver? ¿No era mejor así, que no hubiera vuelto nunca después de haber hecho lo que hizo?

 

Pero ella, que no sabía que había vuelto a la pensión, y que años después (de que él penara en la cárcel, de que ella penara con los médicos, la policía, las autoridades, los padres) le busca para saber por qué la había dejado allí, «sola, enamorada». Son sus palabras.

 

No hay disculpa. ¿Y redención? ¿Quiénes somos para juzgar? Los tribunos de la plebe. ¿El populacho? No, los ciudadanos. El público. Escuchamos atentamente. Las razones del corazón y las razones de la carne. ¿Incluso de una niña de doce años? Nos compadecemos. No lloramos. Pero podíamos haber llorado. Con ella. ¿Qué hubiéramos hecho si… ella fuera nuestra hija?

 

Irene 3

 

Blackbird, de David Harrower, es una obra espantosa. En la acepción española y en la portuguesa. Hay que tener mucho valor para hacer lo que hacen Irene Escolar y José Luis Torrijos. Porque estas obras dejan una marca. Como el hierro caliente en la piel. Ellos lo sabían. Tenían que saberlo. Y no se arrepienten. Tampoco nosotros de verla. Al contrario. Pero el peso no puede ser el mismo.

 

La realidad siempre es peor. Mucho peor. No lo olvidemos. No hagamos mal periodismo.

 

También lo sabe Carlota Ferrer, la directora, que se ha atrevido con todo esto. Está bien que suba la marea, que lo inunde todo. Y que luego nos quedemos en silencio. Querida Irene.

 

Irene 4

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