El holandés errante nos muestra el camino del mar

El holandés errante nos muestra el camino del mar

Publicado por el ene 24, 2017

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Si salgo ahora llegaré temprano. Si me sumerjo en la noche, tal vez no llegaré nunca.

 

Una de las observaci0nes de John Berger que más me han hecho pensar, y que he tenido muy presente cada vez que me han ofrecido un puesto de responsabilidad, es que nunca había querido tener nada que ver con los dueños del poder. Hago un rastreo para ver si doy con las palabras exactas y me encuentro con las preciosas palabras que le dedicó Leticia Ruifernández. Cita unas palabras de Katya, la hija de John: «John cuando habla es como una fuente y cuando escucha es como un pozo». Era así. Cuando tuve la suerte de entrevistarle (incluso por teléfono) se le oía pensar. Escuchaba con todos sus sentidos, mirándote a los ojos, pero sin amedrentarte.

 

Si salgo enseguida, me cruzaré con las primeras sombras de la noche. Si me sumerjo en la noche profunda, tal vez me cruce con los Reyes Magos.

 

Llevaba tiempo añorando a Gerard Mortier. En las últimas óperas que habíamos tenido la suerte de ver en el Real me parecía que no estaban a la altura de un teatro así. Por eso, cuando se anunció El holandés errante, de Richard Wagner, con dirección musical de Pablo Heras-Casado y escénica de Àlex Ollé (La Fura dels Baus) y escenografía de Alfons Flores, se me calentó el corazón.

 

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Escribe el poeta Jaime Sabines en Rescoldos de ‘Tarumba’:

 

«Desde los cuerpos azules y negros

que a veces andan por mi alma,

vienen voces y signos que alguien interpreta.

Es tan obscuro como el sol

este deseo. Tan misterioso y grave

como una hormiga llevando a rastras el ala de una mariposa,

o como el sí que decimos cuando las cosas nos preguntan:

“¿quieres vivir?”».

 

¿Cómo es nuestro deseo cuando nos asomamos a la amura del teatro para vivir la música que en el teatro se sobrepone y se entremezcla, se deja domesticar y amartillar por la letra, cuando la ópera da vueltas sobre un eje que quiere ser algo más, como ocurre en Wagner, pero no solo en Wagner? ¿Tan obscuro como el sol? ¿Cómo es ese que decimos cuando nos preguntan si queremos vivir? Tal vez no digamos nada. Prefiramos guardar silencio mientras los últimos compases de esta puesta en escena se llevan con las olas el sentido, o lo abren a impresiones y sensaciones inesperadas.

 

HolErrante 2081R

 

«Fuzzaro solo quería ver a la mujer. Le gustaba observarla, en esos movimientos de libertad que él no se permitía. Su mirada se detuvo en las piernas de ella. Ahora era Monk quien salía desde el estéreo, una y otra vez. Fuzzaro estiró la mano para acariciar la pierna de la mujer. Lo hizo con suavidad, lento.

Te quedó muy rico, dijo ella. Él asintió. La miraba, pero como pasaba con frecuencia en cualquier situación, terminaba por perderse. Un sonido, una palabra, cualquier cosa lo llevaba a otro lado. Era un estar sin estar. En esos momentos, algunos segundos, quizá, o en un minuto, él no existía, dejaba de ser o era de otra manera, distinta».

 

Lo leo en el Tratado de la infidelidad, de Julián Herbert y León Plasencia Ñol, en un hotel, cerca del periódico, al que a veces me acerco para que la comida no se convierta en un paréntesis ínfimo, para estirar las piernas, sentir el aire frío en la cara, ver cómo avanza la obra en la finca colindante, echar un vistazo a los caminos de la Quinta de los Molinos, leer unas páginas de Jaime Sabines, escribir algo que no tenga nada que ver con nada. Aparentemente. Porque yo también termino a veces por perderme, como el holandés errante, pero sin tanta fanfarria, sin tanta teología, sin tanta metafísica, sin una ópera que llevarme al acantilado. Y la tarde vuelve perfumada de rutina, y tal vez por eso me salvo.

 

HolErrante 4522R

 

 

 

 

Fotos: Javier del Real

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