Como leen los niños

Como leen los niños

Publicado por el ene 3, 2017

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1. Tintín en Cespedosa de Tormes. Cespedosa no es Yoknapatawpha. Yoknapatawpha es la palabra que el escritor portugués José Luís Peixoto (al que tanto añoro en las páginas del Jornal de Letras, Artes e Ideias) lleva tatuada en uno de sus brazos. Yoknapatawpha es el condado en el que habitan buena parte de los personajes que ideó William Faulkner, a quien siempre estoy deseando volver y nunca acabo de volver. Cespedosa tampoco es Comala. Cespedosa es el lugar donde nació el fotógrafo Juan Manuel Castro Prieto. Donde se asienta buena parte de su memoria. Castro Prieto dice que los álbumes de fotos tienen una condición trágica, sobre todo cuando nos damos cuenta de que quienes nos acompañaron en el tramo correspondiente a nuestra vida empiezan a hacer mutis. Y más en el caso de un fotógrafo que, como confiesa el propio Castro Prieto, considera la fotografía como una forma de detener el curso del tiempo. A César Vallejo, a quien los de mi generación hemos leído con un raro fervor (Juan Manuel y yo llegamos aquí en 1958), mucho más que a Neruda, por ejemplo, se le olvidó el rostro de su madre. Por eso Juan Manuel Castro Prieto no deja de fotografiar el rostro de la suya. Para que no se le borre mientras viva.

 

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Objetivo La Luna, Mario leyendo a Tintín, por José Manuel Castro Prieto.

 

Cuando vi a Mario leyendo a Tintín bajo la luz de Cespedosa pensé en mí mismo leyendo bajo la luz de Vigo. Porque en ese charco de luz, en ese pecho frágil y sin miedo, a salvo porque teníamos padres y la guerra había pasado hacía mucho tiempo, en ese suelo lavado con lejía por nuestras madres, en esa forma concentrada de leer e imaginarse, de prestar atención como si no hubiera nada más en el mundo, creo que Castro Prieto y yo imaginamos una vida futura que a fin de cuentas se ha convertido en nuestra vida, en lo que ahora intentamos hacer. Para que tenga sentido. Para que la memoria no nos avergüence cuando pase el tiempo y hagamos arqueo. Y por eso Las aventuras de Tintín, con el paso del tiempo, han sido tan valiosos como César Vallejo y Albert Camus.

 

2. Brunello en ABC. Fue una de las más hermosas entrevistas publicadas en ABC a lo largo de este año por tantos motivos tan triste y al mismo tiempo tan vivido que por fin terminó. Se la hizo nuestro corresponsal en Roma, Ángel Gómez Fuentes, en Solomeo, Perugia, donde Brunello Cucinelli (Castel Rigone, 1953), más conocido como «el rey del cachemir”, tiene su empresa: «Amor por las cosas. Yo soy un hombre de cultura benedictina. San Benito dice: Cura cada día la mente con el estudio, el alma con la oración y el trabajo. Es el primero que hace trabajar siete horas y dice a sus monjes: Ayuda a los débiles, a los enfermos y a los extranjeros. Yo no quiero robar el alma a los trabajadores como hicieron con mi padre. San Benito recomienda al prior ser riguroso y dulce, exigente maestro, padre amable. Yo no sé si soy dulce y amable, pero riguroso y exigente, seguro. Y esto debe valer para todos». En mi ingenuidad pensé que acaso en la forma que Cucinelli tiene de trabajar y de exigir, de ser firme y afectuoso, de dar ejemplo (aunque en nuestro caso se trate de un periódico), encontraríamos la manera de hacer mejor las cosas. De dedicar más tiempo a vivir para después contar mejor la vida en estas páginas. Le recuerda Gómez Fuentes que su padre fue campesino y obrero en una fábrica. Por eso una de sus preguntas fue ¿cómo le había influido el mal trato que recibió en su forma de ser empresario?: «Viví en el campo hasta los 15 años y el recuerdo es maravilloso. No teníamos luz eléctrica, con lo cual en la noche se hacía oración y silencio. Después mi padre trabajó en una empresa de prefabricados de cemento armado donde cada día era humillado y ofendido. Yo quiero dar al trabajador la dignidad que no dieron a mi padre. Aquí se entra a las ocho de la mañana, se descansa hora y media para comer y a las 17,30 salen. Se apagan las luces y no se puede mandar ni un correo. Así pueden tener vida privada, porque el alma y la mente deben alimentarse todos los días, no solo el cuerpo».

 

 

3. Cómo leen los niños. Como Mario lee a Tintín en Cespedosa de Tormes. En el homenaje que le brindamos a Ignacio Carrión en la hermosa cueva de ladrillo de la librería Sin Tarima, en la madrileña calle de la Magdalena, el jueves, 22 de diciembre, participaron admiradores como Carlos García Santa Cecilia y Plàcid Garcia-Planas, dibujantes como Alfredo y Raúl que viajaron con él y aprendieron de su forma de estar en el mundo, editores como Jesús Egido y Abelardo Linares que compartieron su valentía y su lengua deslenguada, y su gran amor, Chus, y sus hijos María y Guillermo. Las palabras que traigo aquí a modo de despedida desde el Blanco y Negro y el ABC en que trabajó hace tanto tiempo forman parte del primero, y más completo y torrencial de la que quizá sea su mejor obra, la más perdurable, los Diarios. La hierba crece despacio (1961-2001), que publicó Edaf en 2007. El homenaje estuvo exento de algo que Carrión, que murió en octubre de este año, sin que salvo excepciones fuera reconocido su formidable talento como reportero y cronista del mundo: pompa y palabrería. Hubo humor, palabras sinceras y emoción contenida. Creo que a Ignacio no le habría desagradado.

 

El 6 de enero de 1979, sábado, cita una declaraciones del premio Nobel Isaac B. Singer al Observer del 17 de diciembre del año anterior. Dice Singer: «Los niños leen libros y no críticas de libros. Los niños no leen para hallar su identidad, para liberarse de un complejo de culpa, para satisfacer su ansia de rebelión o para deshacerse de la alienación. No les importa la psicología. Detestan la sociología. Todavía creen en Dios, la familia, los ángeles, los demonios, las brujas, los enanos, la lógica, la claridad, la puntuación y otras trasnochadas manías. Les gustan las historias interesantes, no los comentarios, las guías o las notas a pie de página. Cuando un libro es aburrido, bostezan sin disimulo. No esperan que el escritor arregle el mundo y dejan a los adultos esas ilusiones infantiles».


Creo que si Ignacio Carrión llevó esas elocuentes palabras a su Diario es porque sentía las impresiones de Singer como propias. En cierta forma, creo que hablan de su forma de leer, de cómo vivía la literatura, de lo que soñó con ella. Por eso pensé en la manera en que en un suplemento cultural como el de ABC tal vez debíamos volver a pensar en cómo leen los niños y volver a leer así sin dejar de ser lo que somos, sin engañarnos.


            

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