Fuego en el mar, ¿qué significa “en sentido estricto”?

Fuego en el mar, ¿qué significa “en sentido estricto”?

Publicado por el Nov 3, 2016

Compartir

 

 Canoa 2

 

Entre citas para sentir amparo. Pero leídas sin mover los labios. Y anotadas a lápiz.

 

Si al menos fuéramos capaces de huir del espejo negro de la realidad virtual que se va comiendo nuestra vida. Con zarcillos de datos que se van diseminando por los hemisferios del cerebro, como en el segundo episodio de la tercera temporada de Black Mirror. Tal vez entonces podríamos salir de este círculo vicioso, lleno de furia, ruido y diversión atroz que nada significa. Salvo que no vemos ninguna salida al alcance de la mano, al menos en la política, la literatura, el arte. ¿El pensamiento? Entre citas no voy a intentar apagar un fuego, sino todo lo contrario. ¿Qué es en realidad Fuego en el mar? Una de las posibles formas de recuperar la cordura, o de no acabar de perderla, es reduciendo a escombros los lugares comunes, las frases hechas, los latiguillos, los tópicos con los que dejamos cómodamente de pensar. Eso que con desigual fortuna lleva intentando que hagamos Aurelio Arteta, haciendo acopio y derribo de «tantos tristes tópicos». Y es lo que nos proponía George Steiner en Errata: «¿qué significa en “sentido estricto”?». Tratamos desesperadamente de hacernos entender, pero lo logramos en muy pocas ocasiones. En sentido estricto, Fuego en el mar es una película de Gianfranco Rosi rodada en la isla italiana de Lampedusa. Quería filmar un cortometraje de diez minutos para presentarlo a un festival internacional. Durante mucho tiempo, reconoce Rosi, Lampedusa había sido «una maraña de voces e imágenes generadas por anuncios de televisión y titulares impactantes sobre muertes, emergencias, invasiones y protestas populistas. Pero una vez en la isla descubrí una realidad que no se parecía en nada a la que transmitían los medios de comunicación y la narrativa política. Me di cuenta de que sería imposible comprimir un universo tan complejo como el de Lampedusa en unos pocos minutos».

 

¿A eso se refería George Steiner cuando se hacía una pregunta que no ha dejado de resonar después de Auschwitz, pero también después de Sarajevo, de Ruanda y, ahora mismo, de Siria. ¿Y los que desde el agua (fuocoammare, fuego en el mar, mar de árdora, fuego de san Telmo), con nuestra máscara pegada a sus rostros, reflejándonos como un espejo negro, acaso azul cobalto, nos dicen que tal vez ya seamos nosotros, o que algún día podremos serlo?

 

Se pregunta Steiner: «¿Es posible (formulo esta hipótesis después de sesenta años de magisterio y de amor por las letras) que, tal vez, las humanidades puedan volverle a uno inhumano? ¿Que, lejos de hacernos mejores (por decirlo con total ingenuidad), lejos de aguzar nuestra sensibilidad moral, la atenúen? Nos alejan de la vida, nos dan tal intensidad con la ficción que a su lado la realidad pierde color. Y si eso es verdad, entonces ya no sé qué hacer. ¿Cómo hallar un método para vivir los grandes textos, los grandes cuadros, la gran música, el gran teatro, y a salir de esa experiencia más sensible, si se puede, a la experiencia humana? Tiene que haber un método, tiene que haber personas capaces de conseguir algo así. Pero prácticamente no he conocido a ninguna». Se lo pregunta Steiner, en Un largo sábado. Conversaciones con Laure Adler.

 

Yo apunto dos: Simone Weil y Albert Camus. Y desde un suplemento cultural traslado la pregunta al periodismo, en sentido estricto. El periodismo que acaso no está sabiendo dar cuenta exacta, profunda, de lo que está ocurriendo. Aunque para nuestro consuelo, y nuestra buena conciencia, y poder seguir durmiendo a pierna suelta, nos gusta pensar que sí. Mientras nuestro mundo (el de la idea de Europa, y el de los periódicos como baluarte del contrapoder, de la búsqueda de la verdad, del conocimiento al alcance de todo el que quiera saber) se desvanece ante nuestros ojos. Naufraga en el mar de la actualidad.

 

Antes de entrar al cine a ver Fuego en el mar el espectador puede pasar por delante del gran Edificio España, frente al monumento al Quijote: cerrado, oscuro, muerto a la espera, de los chinos o de nosotros mismos. Casi todos los huecos, que nos habían pasado inadvertidos en otras ocasiones. Están aprovechados por gente que duerme a la intemperie. La mayoría parecen gitanos que han llegado de Rumanía. En sentido estricto, ¿de qué hablamos cuando hablamos de periodismo, cuando hablamos de la realidad. Porque está también lo que uno, ingenuamente, esperaba de los poetas, los pintores, los músicos, los actores. Los periodistas.

 

A fuerza de trabajar con el arte, de cultivar el pensamiento, las ideas elevadas por la estética y la ética (igual que los que trabajan en una ONG), uno creía que serían más sensibles, más humanos, más amables que la mayoría. Y no es así: a menudo hay un abismo entre lo que predican y lo que hacen. Vanidad, egoísmo, celos, envidias, apuñalamientos (en sentido estricto y figurado) de una ferocidad admirable. Por la fama, el dinero, el reconocimiento… ¿No dejan en entredicho esos comportamientos buena parte de lo que han dejado por escrito, o de lo que han intentado plasmar en sus lienzos, en sus películas, en sus obras de teatro, en sus discos, en sus poemarios? ¿Es esa otra variante del gran teatro del mundo? Máscaras que nos permiten jugar al gran juego de las apariencias, en el que por amor al comercio y pasar el tiempo que se nos ha concedido, nos mentimos a sabiendas, nos premiamos, nos sonreímos, nos burlamos, nos pasamos la mano por el lomo como gatazos de una magnífica y consciente perversión? Por ejemplo, los que hacemos los periódicos: tan implacables, tan críticos, tan exigentes con los jueces, los maestros, los deportistas, los médicos, los artistas, los políticos. ¿Y nosotros? ¿Somos de verdad admirables? ¿Qué autoridad moral tenemos, quién nos la ha otorgado, para tratar de forma tan severa a todos los demás? La paja y la viga y el ojo.

 

Samuele

 

¿Y cuánto tiene que ver con lo que dijo Richard Ford en una entrevista: «Graham Green decía que para ser un novelista tienes que tener una aguja de hielo en tu corazón. Yo tengo esa aguja. Yo la tengo. Lo siento». ¿Pero basta? Imagino que con eso puede irse Richard Ford a la cama. Y me temo que yo también. ¿Pero basta? Como cuando vimos Fuego en el mar. El director decidió irse a vivir a Lampedusa para poder entender mejor. Es decir, escuchar mejor. Es decir, ver mejor. Así descubrió la vida junto a las vidas de los que fueron salvados del mar. Como la de Samuele, a quien acompañamos de noche, con una linterna, y acabamos escuchando con el mismo asombro cómo descubre en la floresta a un pájaro agazapado con el que habla su propio lenguaje. Como un San Francisco ingenuo.

 

Insiste Steiner: «Leer a Platón, a Pascal, a Tolstoi “a la manera clásica” es intentar una vida nueva y diferente. Es, como postula Dante, de un modo explícito, entrar en una vita nuova». Entre citas. Leídas sin mover los labios. Copiadas a lápiz. «El apego es forjador de ilusiones, y sea quien sea el que pretenda lo real debe ser un despegado», escribe Simone Weil en La gravedad y la gracia. ¿Es lo que pretendemos? Albert Camus dice que un hombre rebelde es un hombre que dice no. Pero añade a renglón seguido que «negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ¿Cuál es el contenido de ese no?»

 

Compartir

ABC.es

Lluvia racheada © DIARIO ABC, S.L. 2016

Este blog está dedicado a la meteorología cultural y política, el teatro de nuestro tiempo, el periodismo y las sombras corredizas.Más sobre «Lluvia racheada»

Calendario
noviembre 2016
M T W T F S S
« Jul   Jan »
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
282930