Buscando a Benjamin Clementine y una caja de lápices Alpino

Publicado por el Jul 12, 2016

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Plossu

 

Cuando entré a ver a Bernard Plossu en el Jardín Botánico no sabía que estaba a punto de llegar Benjamin Clementine a Madrid. Ni que iba a cantar una noche después en otro Jardín Botánico, en la Complutense, y que iba a dejar que, como en Vania en la calle 42, las luces de la ciudad, a lo lejos y en nuestra memoria, se fueran desvanecido, y que los sonidos de un coche, de una moto, de una sirena, alejándose, acabaran formando parte de la trama, de la textura de una emoción muy precisa que cada uno (al menos los que no se entretuvieron con sus móviles, o aprovechaban cualquier ocasión para ir al bar, para hace ruido, para romper la noche en pequeños pedazos irreparables) elaboró a su manera. En su intimidad. Es rara la intimidad que a veces se logra en medio de la multitud. Una soledad sonora, compartida. Y a la que Benjamin Clementine, que ha pasado tantas horas a la intemperie, sabe hablarle.

 

 

Sabía lo que iba a ver y a escuchar. No lo sabía.

 

Hace unos días se apagó la luz de Abbas Kiarostami, y de nuevo volví a acordarme de los lápices Alpino, de aquella caja que me enseñó a entender el mundo cuando apenas sabía nada del mundo y de mí mismo, y la realidad, mis padres, el futuro, eran, o parecían, irrompibles. Pensando en Kiarostami anoté una confesión de Paul Klee en 1920: «El arte no reproduce lo visible, sino que hace lo visible».

 

¿Es lo que hace Benjamin Clementine cuando canta

 

«Me siento solo, solo en una caja de piedra

Decían que me querían pero todos mentían

Me siento solo en mi caja de piedra

Este es el lugar al que pertenezco»?

 

Benjamin Clementine podría ser el inquilino de ese hotel que fotografió Bernard Plossu en algún lugar del Mediterráneo. Un hotel en el que se podían haber alojado también Albert Camus y alguno de sus personajes.

 

Anoche, desde la grada, desde la rara intimidad de una grada en la noche ardiente de Madrid, sentí como si aquel tipo larguirucho (de «pelo espeso» que, como escribe Enrique Helguera de la Villa, «parece tender irresistiblemente hacia el cielo»), que toca el piano desde un banco demasiado alto (también a Fernando Pessoa le gustaba escribir de pie) fuera un verdadero fingidor, y fingiera que era mentira el dolor que verdaderamente cantaba. ¿Es necesario que sea verdadera la poesía? Lo que a veces hacen los cantantes. Cuando se rompen los dedos y la voz, y se ríen y fingen con tanta sinceridad que se ríen. Antes de que la noche se hiciera del todo oscura, e irremediable, levanté los ojos al cielo. El esqueleto de una nube, como un gran pez varado, parecía servir de caja de resonancia de lo que Benjamin Clementine estaba haciendo allí, con su caja de lápices Alpino, su piano, una violonchelista y un percusionista, tan solos en la madrugada como cada uno.

 

¿Para qué sirven los conciertos? ¿Para qué sirven los artistas?

 

En el hotel Excelsior. Alojados. Como para esperar que alguien por fin llame a la puerta. En esa caja de piedra.

 

 

(Fotografía de Bernard Plossu, fotografiada en la exposición La hora inmóvil, una metafísica del Mediterráneo, en el Jardín Botánico de Madrid).

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