Un lugar llamado Tierra de Fuego

Un lugar llamado Tierra de Fuego

Publicado por el jun 1, 2016

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Los resquicios. Las acotaciones. Los sonidos equivalentes. Las frases inconexas. Las biografías carentes de sentido. Las sombras consistentes. Los fogonazos de coches, faros y linternas. La insistencia de viento. Los efectos de mar y lluvia. Las reticencias. Y sobre todo los equívocos y maltentendidos. Todo lo necesario para concebir una obra de teatro.

* * *

Empezaré hablando de mí mismo. Creo que siempre fui un cobarde. Preferí recibir golpes a darlos. Me daba miedo que me hicieran daño, y lloraba con facilidad cuando era niño. Pero más miedo me daba causar un daño mayor, o irreversible. Por eso raramente me peleaba. Creo que con el tiempo acepté el desafío y cubrí algunas guerras para demostrarme que podía manejar mi propio miedo.

Pero no sé muy bien qué hubiera hecho en el caso de que me encontrara en la misma o parecida situación a la de Hassan El-Fawzi. ¿Y en el de Yael Alón? Hay veces en que el dolor ilumina, que la anagnórisis y la catarsis fluyen como lágrimas calientes como la lluvia en Liberia. Tierra de Fuego, la impresionante pieza de teatro de Mario Diament, puesta en escena de forma minuciosa y conmovedora por Claudio Tolcachir, es una de esas obras que nos rompen el corazón y lo agradecemos. No solo ayuda a ponerse en el lugar del otro, a escuchar atentamente todas las razones que con tanta convicción esgrimen tanto los personajes como los actores, sino que nos interpela. ¿Cuándo haremos una obra así sobre ETA en España? Aunque aquí será todavía más difícil. Porque para los crímenes de ETA no existen las razones que alegan los palestinos para sus acciones terroristas. Aunque en ningún caso hay que olvidar lo que Hassan El-Fawzi descubrió en la cárcel gracias a un libro de un jefe de la resistencia judía contra los nazis: nunca mataron inocentes, no se ensañaron contra los civiles.

Esta obra merece ser pensada y recordada.

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Las primeras sensaciones están basadas en el prejuicio, en la sospecha, en desdeñarlo con un: ya lo he visto antes, ya me lo imagino, ya sé lo que van a decir, para qué. Y puede que todo sea así, sea cierto. De hecho, vivimos encastillándonos en nuestras cosmovisiones, en nuestras fortalezas de papel, y más los que participamos de forma más directa en la vida de los periódicos, alimentamos con tinta ideológica a lectores que en ningún caso, o casi en ningún caso, quieren conocer la verdad. Porque o bien ya la conocen, o bien saben que no hay hechos, solo interpretaciones, o bien la verdad es un ente inasequible. (Por cierto: todas estas últimas frases han de leerse bajo la lente de la ironía. Vivimos en tiempos tan literales que asfixian).

Tierra 1 vale

El teatro es un acto múltiple de generosidad. Los actores prestan su cuerpo, su tiempo y su alma para encarnar vidas, ideas y sentimientos de otros. Para darles toda la credibilidad posible en un juego que consiste en suspender la incredulidad: hacer como si. Mentirse por una buena causa. Los directores tratando de convertir las palabras en acciones y los movimientos escénicos en movimientos significativos, de tal manera que la forma de mover una mesa por el escenario se convierta no solo en una metáfora. La mesa como ariete, como muro, como paredón, pero también como mesa, como comedor donde los fantasmas hablan sin que nadie preste atención. De esa mesa tomarán los actores lo necesario para sus personajes: pellizcos de arena del desierto por el que tantan sangre se ha derramado. Recoger las arenas que se se han salido de su cauce. Juntarla para formar un solo país y descubrir que debajo había luz (y agua) que compartir.

El teatro es un acto de generosidad porque, como en el poema de Wislawa Szymborska, Falta de atención, exige algo de nosotros en este juego de reglas desconocidas: algo de atención. Y lo que ocurre sobre todo en Tierra de Fuego desde su inicio es que se convierte en un extraordinario acto de atención en el que escuchamos en silencio asombrado y conmovido las poderosas razones de cada uno, y aprendemos a ponernos en el lugar del otro.

 

Tierra 2 souvenir

El escenario es una ventana, una barandilla, un muelle, una barra de bar, un mirador. Una sala de autopsias. Una clase de medicina espiritual. Es con esos actores dúctiles y maleables, pero cargados de experiencia (una memoria atesora cuartos y cajones con espectros, dolor, risa, trozos de cuerdas, libros leídos, palabras que resuenan como una tableta de chocolate al partirse, latigazos de viento, colores que se pueden pesar, sabor de piel y sensaciones tras los párpados cerrados, olores que solo uno podría descifrar después de concentrarse…), para luego mover un milímetro la rueda dentada de los prejuicios, la fábrica de nuestras fantasías políticas, de nuestra imaginación amorosa, el mecanismo que nos hace humanos, cambiantes, exploradores de todo lo que podemos hacer si nos lo proponemos. Yo solo conozco a Claudio Tolcachir por sus palabras y sus hechos. Y puedo ver cómo escucha y cómo lee a los actores. Cómo les convoca en este ring llamado Tierra de Fuego y las coincidencias que todos hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas se convierten en una morajela, en una metáfora y en una aguja imantada que nos atraviesa el corazón, pero no sólo no nos mata, sino que nos proporciona un suplemento de vida. Por eso es tan importante no decirlo todo. Por ejemplo dónde encontró esa mujer judía esa bola de nieve, souvenir de Tierra de Fuego (es clave el detalle de que la palabra souvenir esté mal escrita) y se la regale al preso palestino que tras 23 años en prisión ya puede salir unas horas al día para hacer pan en un horno de Londres, el mismo hombre que intentó matarla, y que mató a su amiga, pero que ya no es el mismo hombre, aunque se pueda volver a llenar de rabia cuando comprueba cómo la injusticia no merma en Tierra Santa, al contrario.

El teatro también sirve para eso. Y por eso a mí me parece un espacio donde el tiempo cobra vida de manera tan inusitada y puede convertirse, para los espectadores afortunados como los que estuvimos en la sala Max Aub de Matadero, en el lugar de la experiencia.

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Sin pensar demasiado en el efecto de las palabras y de la función en mi cabeza, he dejado que Tierra de Fuego se fuera macerando como un encurtido. ¿Se maceran los encurtidos? Sí recuerdo que salí del teatro como noqueado, como si me hubieran dado un puñetazo en pleno rostro. Y los ojos llenos de lágrimas. Los actores temían que “una obra tan dura” ahuyentara a los espectadores. Y ha ocurrido todo lo contrario: primero que no quedan localidades, después que tuvieran que prorrogar las funciones. ¿Qué quiere decir esto? Que hay público que no teme -al contrario- enfrentarse a funciones de teatro que le incomoden. El tipo de teatro que a mí me gustaba hacer, y al que espero volver algún día. Esta obra no sólo me ha emocionado, sino que me ha marcado el camino (de piedras olvidadas) al que regresar. Es necesario.

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¿Hasta cuándo podrías seguir hablando de Tierra de Fuego? Hasta que dejara de interesarme el teatro. Hasta que se solucionara el conflicto entre israelíes y palestinos. Hasta que me convirtiera en ayudante de dirección de Claudio Tolcachir. Hasta que volviera a escribir y dirigir teatro.

Tendría que hablar de lo que hace Alicia Borrachero con su personaje, de los cambios en la voz, de las inflexiones, de una muchacha que huye como actriz de un estereotipo para darle la mayor verosimilitud a su personaje. Es tan difícil eso. Tiene tanto que ver con el director (lo que por ejemplo logró Miguel del Arco de Nuria Espert) como con la ductilidad y el talento del actor. De la actriz, en este caso.

¿Y de Abdelatif Hwidar? Él, como el director, trabaja con nuestros prejuicios, que es una forma sucia y real de nuestros sentimientos. Siempre lo es, aunque no nos guste describirlo así. Lo logra hasta tal punto que hasta los errores hacen más cercano al personaje. Más real.

De Malena Gutiérrez (que interpreta a la madre de la amiga asesinada) cabe decir que consigue lo que parecía más difícil para ese tejido preventivo y letal de los prejuicios: que entendamos su odio, que nos pongamos en su lugar, que pesemos su dolor como ella pesa la arena.

Hablando del montaje de la ópera Moisés y Aarón, que se ha estrenado en el Teatro Real, escribió Rubén Amón en El País que su director de escena, el italiano Romeo Castellucci, “considera que toda experiencia estética sobrelleva e implica un paisaje de dolor. El arte inocula un veneno en el cuerpo y en el espíritu”. Y tras un punto y aparte incluye estas palabras del propio Castellucci: “El arte siempre aloja un pesimismo, un pesimismo antropológico. Y tanto vale la evidencia para una tragedia de Shakespeare como para una comedia de Molière. El arte tiene una gran capacidad perturbadora y está obligado a contaminarnos. Es una forma de conocimiento”.

Tierra 3 vale

Todo eso lo consigue Tierra de Fuego, tanto la obra de Mario Diament como la dirección de Claudio Tolcachir, y por supuesto la interpretación de los tres actores citados y de los otros tres que no cité: Tristán Ulloa como marido de Yael Alón (Alicia Borrachero), Juan Calot como su padre y Hamid Krim como Georg Walid, el abogado del terrorista Hassan El-Fawzi, que sí pide perdón de forma clara, honesta, desgarradora. Convincente. Y reconoce que la sangre que ha derramado, la sangre de los inocentes, le acompañará siempre, mientras viva. Eso que no hemos visto hacer más que a unos pocos, muy pocos, de los terroristas de ETA, que jamás tuvieron las razones que los palestinos para encontrar una explicación para sus horrendos crímenes.

Aquí está ese paisaje de dolor. Al que nos asomamos con un extremado silencio. Y un poco de angustia, asombrados, doloridos, tristes. Apenas una brizna de conocimiento. Y algo de compasión. Poco más. La realidad es peor.

Fotos: Elena Consuegra Graiño

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