Parsifal nos hace soñar un sueño peligroso

Parsifal nos hace soñar un sueño peligroso

Publicado por el abr 29, 2016

Compartir

 

La tarde es a veces una balsa muy lenta. Día a día, como un periscopio construido con un metal llamado voluntad y la ayuda del movimiento de la Tierra respecto del gran reflector vital del sol, la luz se alarga, nos permite concebir esperanzas, hacernos ilusiones, pensar que vamos a tener suerte, que lo que queda de noche, lo que queda de vida, nos va a ser favorable. Entonces hurgo en la montaña mágica de libros que tengo entre mi escritorio y la realidad y me dejo seducir por el rojo con el que la editorial Trotta ha vestido las obras de Soren Kierkegaard, que va publicando con la parsimonia necesaria para poder acompañar al danés en su periplo íntimo y filosófico. No diré que abrí Migajas filosóficas. El concepto de angustia y Prólogos al azar. Estuve espigando hasta dar con algo que me sirviera de prólogo a mis impresiones del domingo pasado ante la representación de Parsifal en el Teatro Real de Madrid. Lo encontré en la página 237. Creo que hay lecturas azarosas, o cuasi azarosas, que nos permiten, sin caer en el pensamiento mágico ni en los aledaños de la cartomancia, trazar una suerte de archipiélago simbólico y emocional. Porque nunca es un azar absoluto. De los muchos libros disponibles, de las muchas tardes disponibles, elegimos uno, elegimos una, y luego los ojos buscan una suerte de reconocimiento de la espera, de lo que en realidad estábamos deseando hallar para confirmar que seguimos un cierto camino. Y eso aunque el camino no sea ni mucho menos explícito, no lo hayamos buscando en ningún mapa conocido. Es como si la conciencia, que es una fábrica que se sirve de mimbres materiales, señales electroacústicas y electroquímicas, la memoria del cuarzo y de los pérsicos en la yema de los dedos, la circulación de la sangre, la resonancia entre lógica e irracional de las palabras, fuera capaz de urdir una suerte de sentido que no sabemos traducir como un copista de la antigüedad en el silencio de un convento perdido en Europa Central. Escribe Kierkegaard: «Lo demoníaco es lo súbito. Lo súbito es una nueva expresión referida, desde otro ángulo, al ensimismamiento. Lo demoníaco se define como ensimismamiento cuando se reflexiona sobre el contenido, y se define como súbito cuando se reflexiona sobre el tiempo. El ensimismado iba cerrándose más y más a la comunicación. (…) Lo súbito, siendo lo demoníaco, es angustia ante el bien. El bien significa aquí la continuidad, pues la primera expresión de la salvación es la continuidad. (…) Dependiendo del contenido del ensimismamiento, lo súbito puede significar lo terrible, pero el efecto de lo súbito puede también mostrarse de manera cómica para el espectador». Tiene gracia (cojo al vuelo el adjetivo cómico) esa asociación entre lo demoníaco y lo súbito en un lugar donde cultivamos, cada vez de forma más desaforada, el pensamiento súbito. Asomados a una realidad difícilmente inteligible, nos subimos al barco de lo súbito como si esa fuera una forma de estar en el mundo, pero ni mucho menos entendiéndolo. Es así como, paradójicamente, caemos ensimismados ante la boa constrictor de la actualidad, y la cebamos con fruición precisamente en este mismo soporte líquido en el que esta tarde, que sigue desvaneciéndose lentamente, buscando la muerte que es la noche, que es como un mar sin límites, escribo, para represar las emociones. Los periódicos somos hijos de ese concepto demoníaco de lo súbito, tan seductor que caemos en él mientras encontramos explicaciones y justificaciones de toda índole (es nuestro deber, es nuestra forma de ganarnos la vida, es lo que hay que hacer, las noticias son así, alguien tiene que hacerlo, la gente quiere saber, tiene que saber, le divierte saber, a veces incluso paga por saber…) para lo que hacemos cada vez con más entusiasmo suicida y ciego.

 

Parsifal 1301

 

Los internos, que podrían ser locos, heridos de guerra, caballeros abatidos en su cruzada contra el infiel parecen amansados, o animados, olvidados de sus penurias, gracias a la música, que simboliza un viejo gramófono. Que sea del mismo tipo que empleaba el sello Deutsche Grammophon para La voz de su amo no parece baladí en esta versión de Parsifal sobrecogedora por su empaque musical, la calidad de una orquesta como la del Real, cada vez más consciente de sus cualidades, pero sobre todo por una escenografía giratoria (obra de Christian Schmidt) que no solo multiplica los puntos de fuga y las perspectivas cinematográficas, con hasta cinco planos simultáneos, sino que es la mejor visualización posible del consejo que dan al protagonista: que transforme el tiempo en espacio. Lo comprobamos plásticamente mientras vemos su viaje (en los pies que van cambiando desde el inicio, desnudos, descalzos, hasta las botas entre militares y deportivas del desenlace) y su transformación desde el ingenuo cruel que mata a un cisne hasta el que suplanta al Mesías como un líder totalitario que mezcla el Santo Grial con la lanza mágica y mortal (capaz de sanar una herida o de dar la muerte súbita). Ese despliegue sonoro y visual agudiza gráficamente la ideología que subyace a esta versión escénica de Claus Guth y musical de Semyon Bychkov: la fascinación inherente al mesianismo. En la que hasta nosotros como espectadores supuestamente nada ingenuos también caemos por la fascinación de la propia historia (desde la muerte del cisne) a la aventura que tantas concomitancias tiene con la de la muerte de Cristo, hasta el punto de que cuando queremos darnos cuenta hemos caído en la celada del jefe que nos ha llevado donde él nos quería llevar y nosotros no sabíamos que queríamos ir. La luz (tarea de Jürgen Hoffmann) es aquí protagonista, desde los momentos de claror de luna, espectrales, a las luces frías sobre la mesa de operaciones a la fiesta c0n farolillos chinos. La luz ejerce su propia dramaturgia, hasta el punto de que la mezcla de luz y escenografía me transmitía la sensación en ocasiones de haber entrado en espacios soñados por Andrei Tarkovski. Si a eso añadimos las voces, y el talento interpretativo, de Klaus Florian Vogt como Parsifal, Anja Kampe como Kundry o Detlef Roth como Amfortas, me parece un hito sobre el que no dejar de pensar. Porque aunque sepamos del efecto V, del distanciamiento brechtiano, que practicamos siempre que vemos una obra de teatro o una película,a pesar de las más de cinco horas de este montaje en muchos momentos nos olvidamos de recordar que no es más que una representación. Y en parte por el encantamiento persuasivo de la música, en especial de las cuerdas.

 

Asomado al foso de la orquesta (nuestra tercera fila es en realidad la primera), me recreo en el movimiento redondo del director y la batuta, envolvente, reclutando cuerdas, vientos, tempos y crescendos. Reparo en el primer oboe, en las confidencias que se hacen los violonchelos, en los seis contrabajos y cómo cada uno sostiene el arco en reposo de una forma diferente. Hay algo que me gustaría hacer con esta orquesta. Algo como periodista que huye de lo súbito como demoníaco. Algo como director de escena. Pero todavía no lo sé.

 

Parece evidente que el montaje de Parsifal del que disfrutamos el domingo pasado en el Real pretendía mostrar los delirios a los que puede arrastrar el mesianismo. Pero en la lenta fascinación, en la construcción de esa admiración, hay un componente orgánico, una lógica, un camino sinuoso en el que parece que nada ocurre y que sin embargo nos subyuga. Y además entremezclado con los mitos y ritos de la tradición judeo-cristiana, que es la nuestra, y que desemboca en esa obediencia ciega en un Führer, a un guía al que nos conduce la música como un maravilloso y exaltante flautista de Hamelín. Por eso no es de desdeñar el papel del oboe y de las cuerdas en todo esta vigilia sonámbula. Un gozoso lavado de cerebro. ¿Era eso lo que Richard Wagner pretendía?

 

 

 

Foto: Javier del Real

 

Compartir

ABC.es

Lluvia racheada © DIARIO ABC, S.L. 2016

Este blog está dedicado a la meteorología cultural y política, el teatro de nuestro tiempo, el periodismo y las sombras corredizas.Más sobre «Lluvia racheada»

Calendario
abril 2016
L M X J V S D
« mar   jun »
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930