Al salir de Palacio, un pedazo congelado de la historia de España

Al salir de Palacio, un pedazo congelado de la historia de España

Publicado por el abr 22, 2016

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1. Cuando me bebía Octubre, octubre, convencido de que aquella novela de José Luis Sampedro era como la catedral del mundo, y explicaba mi propio corazón entonces, llegué a pedirle a MXLZ su ciclomotor para ir de noche al aeropuerto de Barajas con un casco precario y entregarle a PGB, de quien tanto había estado enamorado en Compostela, un ejemplar, para que se lo llevara con ella en la larga travesía sobre el Atlántico hasta el océano brasileño de los yanomami. En el libro de Sampedro, que adoré y regalé hasta la saciedad, descubrí que el barrio donde estaba la Escuela de Arte Dramático (entonces en los altillos del Real), la plaza de Ópera (antes que un desalmado alcalde llamado Gallardón convirtiera la tierra y los árboles en falso granito, falsa piedra, para que el verano de Madrid nos moliera a palos), los cafés, los arbustos donde los alumnos recién enamorados nos besábamos, el mismo Palacio Real… formaban parte de una cuadrícula llamada Quartel de Palacio. También descubrí un par de cosas sobre el deseo. Y que el verdadero nombre de Nefertiti era Nefertari.

 

2. Escribe Itziar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972) en ‘Y comieron perdices’, un poema del libro Que viene el lobo:

 

«Me parece muy sospechoso

que el cuento siempre acabe

justo en el momento

en que son felices

 

no voy a parar

hasta que averigüe

qué pasó después».

 

3. Al salir de Palacio, justo ante el biombo convertido en improvisado guardarropa para que los invitados a la comida del Cervantes dejáramos los abrigos, estaba el cuadro famoso. Me lo quedo mirando un rato. No había visto hasta el momento más que reproducciones. Se ha quedado el cuadro solo ahí, como a la intemperie. Me acerco sin que nadie me diga nada. No hay soldaditos de Pavía ni coraceros ni agentes secretos ni nadie que pueda poner objeciones. Saco el móvil que ha estado dormido y bien dormido durante toda la comida y le hago un instagram: «Al salir del Palacio, un pedazo congelado de la historia de España».

 

La familia

 

El tiempo es ingrato. En realidad el tiempo existe al margen de nosotros. El tiempo es la materia prima de la vida. Aunque ahora haya algunos gurús y genetistas que prometen que van a ser capaces de detener el tiempo, y que vamos a dejar de envejecer, y que por lo tanto vamos a dejar de morir, lo cierto es que el tiempo es la materia prima de la vida. De la nuestra, pasmados reyes, pasmados súbditos, pasmados paseantes del tiempo que nos ha tocado vivir… Y la materia de los pintores. En el caso de Antonio López ese ahínco es todavía mayor. Como si su esfuerzo titánico y absurdo por detener el curso del tiempo hubiera devorado la existencia de los que posan, o posaron para una fotografía que el pincel revela con una química moral extraordinaria. Cómo no reparar en ellos si parecen una fotografía de entonces, una polaroid de cuando nos podíamos reconocer en ellos. Primera familia, cualquier familia. Hay una foto en mi casa familiar de Vigo, de una primera comunión, o seguramente una boda, con esa textura de la luz deshilachada y al mismo tiempo tratada por un accidental filtro ambarino, destilado de aquel ámbar donde las lágrimas y el semen de dinosaurio serían en la fábula de los cineastas y los científicos más perseverantes e ilusorios el atajo para recrear antepasados jurásicos. Como si fuera necesario. Me detengo en las bocas. Claro que nosotros sabemos más de ellos, casi tanto como de nosotros mismos. Aunque en realidad no sea así. Se trata de una fantasmagoría. No sabemos mucho ni siquiera de nosotros mismos. Cómo vamos a saber algo de ellos salvo lo que ha sido público, los dimes y diretes, las separaciones, los desafectos, el paso por unas cuantas horcas caudinas. Con ese repertorio capaz de alimentar un ejército de prejuicios nos acercamos al cuadro, a las bocas, a los pies, a la diferente textura y extensión de los vestidos, a la falta de armonía del conjunto, y que sin embargo denota un estilo de época, un estilo hecho de posar para que la gente piense lo que quiera. ¿Qué otra cosa se puede hacer? ¿No ocurría acaso con Goya y la familia de Carlos IV? ¿No son así todos los antepasados? ¿Cómo posamos nosotros? ¿Qué nos ponemos? ¿Qué cara, qué bocas, qué zapatos, qué faldas, qué corbatas, qué pantalones? ¿Y qué hacemos con las manos? El Rey no toca a la Reina, sino que cobija a su hija mayor, que es la que tiene la boca más desabrida, o más desabrigada. O más desafiante ante el ceño fruncido del pintor. O su silencio. Posan y opinamos. El pintor se toma una eternidad para terminar su obra y se lo reprochan comparándole con Velázquez y con otros retratistas reales. ¿Es lógico? ¿Es necesario? ¡Tanto tiempo para esto! Y el tiempo mientras tanto se ha dedicado a descoser la historia. Veo el cuadro y no veo una fotografía. Porque el paso y el peso del tiempo parecen nutrir nada cordialmente con una estratigrafía política, moral, nada heroica, la carne y el alma de los que se han atrevido a posar para que un pintor extraordinariamente dotado se expusiera a su vez al escrutinio de todos los que se atreven a opinar en el mundo del arte, que es una subespecie de la realidad.

 

4. Me acordé de Octubre, octubre no solo por el Quartel de Palacio, sino por Fernando del Paso. Sé que la Reina estuvo muy solícita con él durante toda la comida. No pude acercarme. Le vi pasar confinado en su silla de ruedas. Me acordé porque Palinuro de México lo leí en la mejor versión de Alfaguara, la primigenia, la de Eric Satué, si no me equivoco. Estoy lejos de casa, de la biblioteca donde atesoro todos aquellos tomos azul oscuro, azul cobalto, en los que no hacía falta ninguna imagen en portada para que la imaginación volara, para comprobarlo. ¿Fue en Palinuro donde supe de Procusto y de su terrible lecho a las afueras de Atenas? Los recuerdos, como también sabe Antonio López, forman una extraña capa magmática que pisamos como si los pies pudieran leer el pasado del mundo, lentamente, observando: el paso de las nubes sobre los charcos, la luz sobre el membrillo, la luz sobre las hojas de uno de los más hermosos jardines botánicos de Lisboa, el de la Politécnica, donde hay un rincón para las moncotiledóneas.

 

5. Tenía que haber quedado con La Tour. Tenía que haber corrido al Prado anoche, hoy tras salir de Palacio, ayer camino del Barrio de las Letras, mañana antes de que se haga de noche. Empecé a fijarme en La Tour gracias a José Jiménez Lozano, que me hizo reparar en él, leer con él, a la luz de una candela. Luego lo vi en un mecánico de calle de Nueva York, en Washington Heights, sirviéndose de una lámpara de mano para reparar un auto rezagado, su rostro saliendo de la noche a un instante de éxtasis, a una mínima epifanía que luego se desvaneció. Abro al azar La última nostalgia, de Ricardo H. Herrera (Buenos Aires, 1949) y me doy de bruces con ‘Magdalena y la lumbre’, que está dedicado a Georges de La Tour, y reza:

 

«De aflicción es el rostro pensativo,

tras la lectura, ante la lumbre hipnótica.

Pero su hombro desnudo la delata:

aún enamorada del don de prostituirse

y, al mismo tiempo, herida por el Verbo.

 

Una cruz en la mesa, la Vulgata y un látigo;

la cerrada tiniebla en derredor.

Y en la roja penumbra de su falda: la muerte confidente,

el calvo cráneo de un cliente anónimo

donde posa su mano sin pavor.

 

Así el cuadro en el Louvre: la visión de una lucha.

El violento deseo de atraer y la muerte en el alma.

En el ámbito yermo, alejada del lecho

pronto al primer llegado,

arde muda la llama, el ícono del ser».

 

La luz

 

6. La tarde se va descomponiendo como el tiempo de que disponemos para hacer lo que es necesario. Vuelvo a la foto. ¿Éramos así? ¿Qué somos ahora? Cada familia conoce sus propios secretos. En La ley de conservación del momento, Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968), escribe: «La naturaleza nunca te llama ignorante: a la abubilla le importa exactamente nada que conozcas su nombre; al mar le dices Cantábrico o Mediterráneo, y se ríe». Y a nosotros nos duele tanto que no nos reconozcan, que se olviden de nuestro nombre, de quiénes somos, de qué hemos hecho. Como si lo supiéramos nosotros mismos.

 

7. ¿Tanto hemos cambiado? Más.

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