Escrito en la piel llevamos nuestro carácter, es decir, nuestro destino

Escrito en la piel llevamos nuestro carácter, es decir, nuestro destino

Publicado por el mar 18, 2016

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Tendría que clavarme el cuchillo del Muchacho, aunque al principio pensé que se trataba del lápiz con el que hacía el primer boceto de las miniaturas antes de dorarlas, de llenarlas de pan de oro, sangre de buey, azul turquesa, en la palma de la mano. Y así pensar. Y así sangrar. Y así escribir.

 

O hacer como los ángeles cuando acuden a rescatar a la mujer que se arroja al vacío cuando su despechado esposo le confiesa que el manjar dulce y salado que le ha dado de comer corresponde al corazón de su amante. Y luego aprender a entender esa caída como la de todos los cadáveres que carecen de ángel de la guarda y que se apilan sobre los aparcamientos de los centros comerciales y de los estadios (los nuevos templos de la ceguera contemporánea) de los que han sido borradas las rayas blancas en el asfalto. Los cadáveres que se han salvado de la guerra y pretenden ahora salvarse entre nosotros. Nos blindamos tras nuestras puertas, con nuestro miedo, ante el temor de que los refugiados, que tanto se nos parecen, nos arrebaten esta pequeña propiedad que tanto nos ha costado levantar. Nuestro confort, nuestra seguridad.

 

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Agnès (Barbara Hannigan) y el Muchacho (Tim Mead)

 

Pero nosotros somos afortunados porque la noche del jueves tuvimos la suerte de escuchar la única función de Written on skin, la extraordinaria ópera de George Benjamin, en la que el sonido de las piedras que las percusionistas hacen entrechocar, ligeras y graves, de superficie y de hondonada, o el de la armónica de cristal, o el del gigantesco tambor, parecen venir de un tiempo remoto. Por no hablar de lo que sacaban las flautas, los oboes, los clarinetes, y sobre todo un fagot, prolongando el sonido hasta el delirio en el aire encerrado del Teatro Real, que era la mejor caja de resonancia. O las cuerdas, acuchilladas con una precisión estremecedora. O un contrabajo abrazándose a su instrumento como si le fuera la vida en ello. Porque la música existe cuando se ejecuta, y la Mahler Chamber Orchestra, en estado de gracia, se puso al servicio de un George Benjamin pletórico de inspiración, concentrado, agradecido. No es fácil ver a un compositor vivo dirigiendo su propia partitura de una ópera que se escenificó en la mente de cada uno de nosotros, con los cantantes mirando al tendido, al patio de butacas, al anfiteatro que contenía el aliento ante al avance de una trama que hubiera podido escribir J. G. Ballard, pero que trazó Martin Crimp a partir de un razó (breve texto en prosa en lengua de oc) escrito por un autor desconocido en el siglo XIII: Guillem de Cabestany-Le coeur mangé.

 

Con un levísimo movimiento escénico dirigido por Benjamin Davis, la admirable soprano Barbara Hannigan nos hizo ver por qué su fama le precede. No solo por su capacidad para traducir el agudo de la orquesta llevado al más fino acero, sino convertir su «make him cry blood» (hazle llorar sangre) en un solo gesto que nos hería la pupila con la que seguíamos asombrados en el teatro de nuestra mente lo que la obra sin escenificar propone. En cada momento, en todos los momentos en que se adueñaba de la escena con lo mínimo para dar lo máximo. Que sea la ópera la máxima expresión, teatro total capaz de embargarnos la imaginación, da que pensar esta versión «semniescenificada», en la que además, en un gesto/decisión deliciosamente brechtiano y contemporáneo, hacer que los intérpretes reciten o canten las acotaci0nes no quita misterio a la obra, y no añade distancia sino perversión moderna al arte de la representación, redoblando la conciencia de que está viendo cómo los actores/niños juegan a ser los personajes/niños, mientras el público/niño sigue admirado lo que ocurre en escena. Y por eso yo vi primero el lápiz en la mano del Muchacho, y luego cómo se convertía en cuchillo, y cómo ese cuchillo eran los arcos de la impecable sección de cuerda que la orquesta rasgaba hasta ponernos literalmente al borde del abismo. No quiere esto decir que desdeñe la puesta en escena, el vestuario (aunque el precioso traje negro de la soprano atesoraba en un flanco de la falda acaso parte de las miniaturas que el Muchacho pintó por encargo del amo y señor, el que luego se vengaría de la infidelidad de la esposa quitándole la vida del pintor/amante y cocinando su corazón para su esposa, Agnès). Por eso es obligado mencionar a todos los cantantes/actores. A Christopher Purves como Protector (el dueño de todo, amo y señor de las tierras y los hombres, de las colinas y las razones, de los animales y de la mujer, su esposa), y los tres ángeles: Tim Mead, que como elegante contratenor se desdoblaba para ser niño y ser hombre y confundir y seducir con su talento para el dibujo y para la narración a Agnès. Pero también a nosotros, que entramos en la mansión con él, sabiendo los peligros que arrostraba. Victoria Simmonds, hermana de Agnès, y segundo ángel, capaz también de transformarse quitándose apenas la chaqueta y poniéndose un pañuelo al cuello y soltándose simbólicamente el pelo. O su marido, Robert Murray, tercer ángel, cómplice y testigo.

 

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George Benjamin

 

 

He visto jadear a Barbara Hannigan como una actriz que respira por la angustia, por la herida, tras el esfuerzo de llevar a su personaje hasta el último clímax. Como he visto a un director apurar al máximo las prestaciones de una orquesta que sabe bien de qué manera la música puede llevar a un lugar que jamás habíamos pisado antes. Una marea emocional bien calculada, aunque no hasta sus últimas consecuencias. Cada espectador está solo con su experiencia. No, no reniego de la ópera que se vista de luces, vestuario, escenografía, maquillaje, efectos. De una ópera que oculta en el foso a la orquesta. Pero es que en esta Written on skin he vuelto a comprobar lo lejos que puede llegar la ópera hoy día, cómo George Benjamin sabe armonizar como mano y guante música y palabras, sin que nada quede herido de muerte. Inverosímil. Forzado. Al contrario. Lo explica hoy certeramente Alberto González Lapuente en ABC citando a Quintiliano: «Cuando George Benjamin confiesa pensar en términos armónicos no sólo hace referencia a una técnica, propone una forma de cohesión musical similar a aquella que sirvió al griego Arístides Quintiliano para justificar el ‘alma del mundo’».

 

Anoche vi desfilar por el escenario del Real a los refugiados que ignoramos a las puertas de nuestra fortaleza. Vi cómo en la frontera entre Macedonia y Serbia cogían piedras del río para hacerlas sonar en nuestro sueño, junto a la confortable cama en la que dormimos pensando que no nos va a pasar a nosotros, que estamos a salvo, que nuestros ángeles custodios velan con armas automáticas en la frontera exterior de nuestro corazón. Yo no sé cuál es el futuro de Europa, de qué desmemoria estamos hechos, cuánto hemos aprendido de nuestros errores. Pero si somos incapaces de ponernos en el lugar del otro, de escuchar a Simone Weil, de escuchar nuestra conciencia, puede que no merezcamos que los ángeles vengan a salvarnos en nuestra caída sobre los duros y desolados aparcamientos de los centros comerciales, los estadios, los aeropuertos en los que tratamos vanamente de huir de nuestro destino. Es decir, de nuestro carácter.

 

 

Fotos: Javier del Real

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