Cuando Wagner no era Wagner ni nadie podía imaginar salvo él que sería Wagner

Cuando Wagner no era Wagner ni nadie podía imaginar salvo él que sería Wagner

Publicado por el mar 11, 2016

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ProhiAmar 1053

 

No es vanidad. No es tontería. Es que a uno se le olvida a veces el oficio de escribir, y no saber cómo volver a hilar una palabra con otra para que digan lo que dicen y algo más.

 

Mira por ejemplo lo que dice Mirta Rosenberg en El arte de perder y otros poemas:

 

«Lo siento, deshilvanado

con todo ese bullir entre las flores, mas el nudo

del ovillo ha de estar en cierto lado que no eluda

el revuelo del nombre ni el brillo caído

del pasado».

 

El 28 de febrero tendría que haber sido el último día del mes. Y, según las previsiones, tendría que haber nevado ese fin de semana en Madrid. Y la muy poco conocida y no demasiado representada primeriza ópera de Wagner tenía que haberse titulado (finamente) La prohibición de hacer el amor, (crudamente) La prohibición de follar. Porque La prohibición de amar parece un tratado filosófico. En realidad, la prohibición dictada por el gobernador de Sicilia era de disfrazarse, sojuzgar, desbaratar los siempre lujuriosos y procaces carnavales, espita para que los súbditos se burlaran durante unas horas o días del poder y dieran rienda suelta a todos sus instintos antes del volver al corral y el sometimiento. Porque de eso trata esta ópera bufa que quiere ser divertida, pero tarda mucho en serlo, cuando el juez y señor (arte y parte), gobernante y hombre, vulnera sus propias normas y se deja arrastrar por la pasión que enciende en él una novicia. Tendría que haberme gustado, y fui al Real con la mejor de las disposiciones. Nada menos que saborear un Wagner de cuando el compositor no era Wagner y nadie, salvo él, podía imaginar que se convertiría en un verdadero monstruo del teatro total. Pero lo cierto es que me aburrió soberanamente la muy poco imaginativa puesta en escena (pese a las apariencias: esos burdeles que se convertían en convento) y una música en la que se reconocía todo tipo de vetas, pero ningún futuro Wagner. Al menos al decir, y al oír, de los entendidos, y de mi precario y poco fiable oído. Y eso a pesar de que Ivor Bolton saca buen partido de la Orquesta del Real y tanto Christopher Maltman en el papel de Friedrich como Manuela Uhl en el de Isabella demuestran con solvencia y frescura su dominio interpretativo y vocal, especialmente la segunda. Cierto que, como advierte William Shakespeare en la obra (Medida por medida) que le sirvió a Wagner para pergeñar el libreto (él mejor que nadie), «cuando roban los jueces, los ladrones tienen potestad para todo». Pero, pese a la aparición final de una sosias de Angela Merkel repartiendo billetes en el casino Europa, me pareció una función para olvidar. Todo lo contrario que a buena parte del público.

 

Las óperas sirven para lo que sirven. A veces para mucho. Para incendiar un teatro. Para incendiar una idea. Para darle res0nancia a un eco antiguo, para que una vieja idea suene nueva, para que una pasión se constituya en fuente de una filosofía, para que las artes conjuradas hagan a los hombres dueños de su destino, o así lo sientan, embaucados por la trama, por la belleza del canto, por ese ímpetu que la música instila en los que escuchan, de tal modo que nada les basta, y quieran compaginar el trabajo, la desdicha, la esperanza, el sueño vivo, lo que todavía podemos hacer.

 

Salgo del perímetro del diario. Me voy con Jaime Sabines y Ricardo Menéndez Salmón a conversar en un hotel cercano, en el que no estoy alojado ni pienso alojarme ni quiero alojarme. Solo un lugar seco, a salvo de la tempestad (aunque hoy no haya rastro de lluvia, ni se la espere), donde leer antes de volver al tajo, donde pensar antes de volver al tajo, donde escribir antes de volver al tajo, que no es tal, otro escritorio, que el tajo es el de los que se descarnan la piel haciendo labores manuales, levantando un edificio, una catedral, un centro comercial, una presa, una refinería, una vía férrea, una autopista, un muelle, una estación, una cárcel…

 

Escribe Jaime Sabines «Una vez vi a un campesino llevando sobre los hombros una caja pequeña y blanca. Era una niña, tal vez su hija. Detrás de él no iba nadie, ni siquiera una de esas vecinas que se echan el rebozo sobre la cara y se ponen serias, como si pensaran en la muerte. El campesino iba solo, a media calle, apretado el sombrero con una de las manos sobre la caja blanca». Y añade Sabines que no quiere que le entierren, pero que si algún día ha de ser lo entierren en el sótano de casa, que prefiere eso a «ir muerto por estas calles de Dios» sin que nadie se dé cuenta de él.

 

Tengo ahora esa imagen, fruto de sus palabras, y no necesito la fotografía que pudieran haber tomado Juan Rulfo o Manuel Álvarez Bravo. Tengo las palabras y puedo, podemos, ponernos en el lugar del otro. ¿Y en el de la muertita?

 

Días después de la ópera vemos Cien años de perdón y comprobamos cómo acierta Daniel Calparsoro haciendo la foto de este momento, de esta época de España, de los que roban a los grandes ladrones, y cómo el Estado se estremece y actúa de modo implacable evaluando costes y sufrimientos para proteger su propia naturaleza de escorpión de acero. Por nuestro bien y el suyo, claro, dice.

 

ProhiAmar 2011

 

En El Sistema, que tanto tiene que ver con este momento político, económico, moral, histórico (en los primeros compases, en la estancia titulada “En la estación meteorológica”, se lee: «En alguna parte, hay una familia en el mar»), anota Ricardo Menéndez Salmón:

 

«En cierta ocasión leíste que si cada día, a una hora determinada, se repitiera el mismo, idéntico gesto, por humilde que dicho gesto fuera –pasar los dedos por una grieta en la pared, caligrafiar un nombre sobre papel, contemplar un fragmento preciso de paisaje– serviría para salvar el mundo. Hoy sabes que esa idea es exagerada, pero que no por ello es falsa. Porque no es el mundo el que se salva con la reiteración, pero sí la cordura de quien lo habita».

 

Tal vez por eso, también, sigo. Y vuelvo al teatro. Y presto atención.

 

 

Fotos: Javier del Real

 

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