Una flauta mágica para el Hamelín de la Ilustración

Una flauta mágica para el Hamelín de la Ilustración

Publicado por el ene 29, 2016

Compartir

 

FlautaMagicaIII 1602

(Papageno: Joan Martín-Royo, y Ruth Rosique: Papagena)

 

Aves de invierno y otros poemas (Pre-textos). Es un buen título el que ha elegido Moya Cannon (Dunfanaghy, condado de Donegal, Irlanda, 1956), sin duda bajo la sugestión del traductor y responsable de esta antología, Jorge Fondebrider, que trabajó en la casa de esta «arqueóloga de la emoción», que es como la califica en la introducción, en su casa de Galway. En una primera cala de fortuna me encuentro con el titulado «Violín»:

 

«Venga de donde venga la música,

debe pasar por un instrumento.

Quizás por eso nos gusta más el instrumento

que más se nos parece

 

–un cuello largo,

un mástil que ama el tacto,

tripa,

una caja que resuena–

 

y la vida, el arco de pelo y madera

que nos moldea mediante las necesarias horas cacofónicas,

que une la oscuridad y la luz en un solo tono profundo,

que nos conduce, renuentes, a la música».

 

Aunque podemos discutir el punto de partida, y hacerlo ateniéndonos tanto al espíritu como a la letra, al sentido metafórico y lato de la música, me gusta cuando la escritora se reconoce en un instrumento, y habla del pelo y la madera, pero sobre todo de lo que logra, esa unión de la oscuridad y la luz, tan útil para adentrarse en el archipiélago de La flauta mágica, que sigue sonando en la gran caja de resonancia del Teatro Real de Madrid. Y seguirá resonando durante mucho tiempo en ese lugar de la memoria en el que intervienen el corazón y la cabeza, que es esa forma algo burda que empleamos para referirnos al alma y sus afluentes.

 

FlautaMagicaIII 0772

(Tres damas: Elena Copons, Gemma Coma-Alabert, Nadine Weissmann)

 

Para mi amigo el escritor Andrés Ibáñez La flauta mágica es «la obra más hermosa de Mozart, y para muchos la obra musical más sublime jamás escrita». El autor de Brilla, mar del Edén recuerda en el programa del Teatro Real que acompaña las representaciones del maravilloso montaje de la compañía 1927, que estrenó esta versión en la Komische Oper de Berlín, las tremendas penurias por las que pasaba el compositor precisamente mientras daba luz a su obra más lograda. Se pregunta Ibáñez, a raíz de las acusaciones del presunto carácter pueril e ingenuo del libreto de Emanuel Schikaneder: «¿Es la flauta una obra maestra de la música aunque su libreto sea una estupidez? ¿La supuesta ingenuidad del libreto no será una forma de hacer más atractivo un contenido místico y filosófico? ¿Es la flauta un simple cuento para niños? ¿Son los símbolos y alegorías masónicas un invento de escoliastas apasionados que quieren ver profundidad donde no la hay?». Revela el novelista (autor por cierto del libreto de El Público, a partir de la obra de Lorca, que se estrenó la temporada pasada en el Real) que esa es la postura del musicólogo David J. Buch, para quien el supuesto contenido masónico de La flauta mágica no es más que un cuento de hadas. A lo que, con su suave sorna característica, añade Ibáñez: «Lo cual, para él, ha de querer decir que es “falso”». El título del apasionado e ilustrado texto de Andrés Ibáñez para el programa de esta fantástica producción de la compañía 1927, con Suzanne Andrade y Barrie Kosky como directores de escena (Ivor Bolton, el director titular del coso madrileño, estaba a la batuta), es toda una declaración de intenciones: La alegre música de la humanidad. En el penúltimo párrafo, recalca: «el amor del que se habla en La flauta no es ningún amor abstracto, sino, clara e insistentemente, el amor romántico. No existe, quizá, en toda la historia de occidente, una obra que cante con mayor elocuencia y convicción la dignidad y la maravilla del amor humano». Y termina así: «En La flauta mágica, la música por sí sola basta para salvarnos, para traer el conocimiento, para expresar lo que de otro modo no es posible expresar. Esta es la vía que conducirá a Beethoven». A la ilustración por medio de la emoción. Pero no cualquier clase de emoción, y no a cualquier precio. Aunque hay caballos difíciles de domesticar y de embridar.

 

El poema se llama «Lingüística general», y pertenece a Malpaís, el último poemario de Alfredo Saldaña (Toledo, 1962), que acaba de publicar una editorial de libros que brillan con luz propia, libros que son como cerillas en el cuenco de las manos, que no se apagan nunca del todo:

 

«Hacer del lenguaje

un campo de minas

en el que todo pueda

en un momento

saltar por los aires».

FlautaMagicaIII 0860

(La Reina de la Noche:  Ana Durlovski)

Las arañas, como las ratas, tienen muy mala fama entre los fabulistas, los inventores de tramas, los artistas. Y sin embargo se acaba de comprobar en el laboratorio que las ratas pueden ser solidarias. Al menos con las de su especie. Algo que no siempre se puede decir de nosotros, los que damos nombre a las cosas y a los animales. Las arañas están en muchas pesadillas cinematográficas, y antiguas. Aunque también su habilidad con las agujas de sus patas, su ingenio para capturar a sus enemigos, su paciencia… han sido objeto de elogio por los urdidores de cuentos y leyendas, y sobre todo por parte de los que no pueden dejar de escribir sin acuñar una moraleja que deje a los lectores con una conclusión agridulce a sus desvelos morales. Maman (es decir, mamá) será seguramente uno de los legados más perdurables, e inquietantes, de una arista que hizo de sus fantasmas y obsesiones (como tantos) un campo de minas feraces para su arte: Louise Bourgeois. Ella hizo desfilar sus gigantescas arañas por los museos y los parques de medio mundo para que adultos y niños tuvieran pesadillas que llevarse a su cama. Esa madre castradora que vigila mientras protege, que ampara mientras busca perpetuarse en sus crías, es la misma que aflora en el montaje de La flauta mágica que hemos visto en el Teatro Real, una Reina de la Noche que quiere que su Pamina obedezca sus designios. Esa lucha entre la noche y la luz, que es la trama simbólica, con muchas subtramas y posibles interpretaciones (la noche ha sido vientre precioso del romanticismo, con logros sobrecogedores, pero también con herencias envenenadas que llegan a nuestros días), que nutre este viaje lleno de obstáculos y pruebas para llegar a la luz de la razón, al conocimiento que es revelador, que puede quemar, pero que necesitamos para darle sentido al tiempo. Aunque no siempre lo veamos, seamos capaces de entender la hondura de lo visible. Por eso me gusta leer a Andrés Ibáñez después de haberme dejado embaucar y seducir con los ojos abiertos por este montaje aparentemente anacrónico, en la que se sirve del cine mudo para lanzar al teatro total hacia el futuro, hacia una fusión de las artes en búsqueda de una emoción, de un amor, que sea verdadero conocimiento.

FlautaMagicaIII 1003

(Pamina: Sophie Bevan, y Papageno: Joan Martín-Royo).
Yo sé que El arte de perder y otros poemas, de Mirta Rosenberg, me va a acompañar durante buena parte de este  año que quiere seguir pareciendo nuevo aunque las vicisitudes y repeticiones, sospechas y tejemanejes de la política, y lo que hacemos con esa realidad en los periódicos, ya lo haga parecer viejo e irremediable. Los buenos libros de poesía, como el amor que no teme decir su nombre, aunque no lo esté pregonando a diestro y siniestro, acompañan durante largos tramos de la vida. A veces, como nuestros poetas íntimos, toda la vida. Hasta el último aliento. Abro de nuevo al azar el libro, y copio, después de haber leído:
«Ahora soy la fotografía
y vos el líquido revelador. Tu muerte
me convierte en yo: como una ciencia aplicada
soy la causa y el efecto,
el ensayo y  el error, este vacío
de la nada que golpea el corazón
como cáscara vacía.
Una elegía,
cada vez con más razón».
Cada vez con más razón. Me quedo pensando en las razones del corazón. En un epílogo en prosa a su poemario Mi Patria A4, titulado «La poesía. Entre el silencio y el pecado», Ana Blandiana, la poeta rumana que me ha acompañado en los primeros compases de 2016, dice que «en un mundo en que se habla y escribe tanto, el significado del poema consiste en restablecer el silencio». ¿No es lo que al final intentó sin cesar Samuel Beckett? Antes de cerrar el libro, antes de apagar el día, de agotar la noche, de guardar la pluma, Ana Blandiana me da una frase que llevarme a los ojos como si me la llevara a los labios, como hizo Mozart cuando soñó y luego compuso (tal vez lo hizo al mismo tiempo) esa flauta que es la de un verdadero Hamelín ilustrado, que no lleva a la pesadilla de la razón asesina, que no aniquila nuestra parte irracional, sino que la embauca en el mejor sentido posible de la palabra, para sin dejar de aprovechar todo lo que la Ilustración logró frente a la superchería y los abusos, la perpetuación de la injusticia y la desigualdad como dicterios divinos, entremos con los ojos abiertos en la noche. No aniquilemos esa noche que forma parte de nuestra naturaleza: «Siempre he creído que la poesía no tiene que brillar sino iluminar».
Fotos: Javier del Real / Teatro Real
 

Compartir

ABC.es

Lluvia racheada © DIARIO ABC, S.L. 2016

Este blog está dedicado a la meteorología cultural y política, el teatro de nuestro tiempo, el periodismo y las sombras corredizas.Más sobre «Lluvia racheada»

Calendario
enero 2016
L M X J V S D
« nov   feb »
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031