Abro al azar un libro tuyo y de la página salta realidad

Abro al azar un libro tuyo y de la página salta realidad

Publicado por el ene 22, 2016

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El poema que Valentino Zeichen (Fiume, Italia, 1938) dedica a su madre en Metafísica de bolsillo (Vaso Roto, traducción de Pablo Anadón) se titula simplemente así, «A Evelina, mi madre». Y empieza así:

 

«¿Dónde habrán terminado

la vista marina,

el balde y la palita,

y los granitos de arena

que el instantáneo prodigio

transmutó en movimientos fugitivos,

trasvasándolos de la nada

a otra nada?

¿Dónde habrá terminado el óvalo

de mi madre

que fue su rostro y

el tiempo ha convertido en su medalla?

¿Por qué ya no me roza

con sus labios,

adónde habrá volado aquel soplo

que enfriaba

el plato de mi sopa?».

 

Y yo lo encuentro, en cierta forma por azar, en mi pupitre del periódico cuando la noche se ha adueñado de Madrid y Mariano Rajoy acaba de abandonar el salón de los pasos perdidos de todas las pantallas de televisión tras anunciar que, de momento, no será candidato a la investidura como presidente del gobierno de España. «No estoy aún en condiciones», dijo.

 

En el mismo libro, dice Valentino Zeichen: «Hacer literatura suele ser un modo de disimular nuestras propias frivolidades con el ingenio de la puerilidad».

 

Ecua2

 

La noche es muy oscura en Madrid a las 21.10 de este viernes de enero de un año que todavía quiere ser nupcial aunque ya dejó de serlo hace varias noches, porque se emponzoñan sin cesar los ríos, las fuentes, la esperanza. Si no me levanto, no puedo saber si está lloviendo. Ni si el frío muerde el tronco de los álamos que cortaron hace meses, aunque es de sospechar que sí, que el frío es ahora más afilado que hace horas, ahora que escudriñamos con más avidez el cielo buscando algún rastro de ese nuevo planeta grande y oscuro cuya órbita alrededor del sol se toma la friolera de 15.000 años para completarla. ¿Tan oscura como en Quito a mediodía? No, es un efecto óptico de los rascacielos abismados al camino de Orellana, que pasa por Guápulo, uno de los lugares favoritos del escritor Javier Vásconez, que nos llevó en su auto mientras nos recordaba que la capital ecuatoriana es una ciudad de zaguanes, secretos, vanos, laberintos, que no acabas nunca de conocer. Que aparenta, pero que esconde. ¿Y quién no lo hace? ¿Es lo que aprendieron los quiteños, que tanto aman (generalizando, ese verbo tan periodístico, en una de sus tristes acepciones) a los españoles? ¿Aparenta Rajoy? ¿Lo hacemos nosotros? Los rascacielos asomados a la ruta que siguió Francisco de Orellana camino del Amazonas antes de que se echaran los fundamentos de esas torres que parecen vertiginosas en medio del día que la óptica de la cámara del móvil hace que parezca crepúsculo sin serlo, que así engañan los aparatos, como engañan los objetivos, como engañan los que se dedican al oficio de jugar con las impresiones, los sentidos, las esperanzas, los sueños.

 

A mediados de agosto me llevó María Fernanda Ampuero a Quito para estudiar el arte de la crónica con un grupo de escritores entusiastas que me ayudaron a escudriñar el cielo de la ciudad, el centro histórico y los arrabales. Me acuerdo de la habitación de mi hotel, al que el chófer contratado por los responsables de Quito crónico, es decir, del Centro Cultural Benjamín Carrión, y de la alcaldía quiteña, rebautizó Johan Sebastian Bach. Una de las dos ventanas del cuarto daba a una gran avenida, como si los anfitriones no quisieran que durmiera nunca, que prolongara el insomnio, que trazara líneas a lápiz sobre la noche de Quito como ahora trato de trazarlas sobre la noche de Madrid, aunque no queden rastro de unos álamos queridos, y la crónica de este viernes en realidad ya no cumpla ningún fin, solo la de desmentir mi propalado deseo de callarme, de decir menos, de escuchar más, de opinar menos, de leer más. De quedarme más quieto. De esperar. Le pido a María Fernanda que me envíe la breve crónica que escribí para dar cuenta de aquellos días de agosto, y que ahora rescato para que no me coma los dedos el copioso olvido, la mínima crónica que escribí después de que la mañana del último de mis días en Quito (¿o fue la víspera?) nos fuéramos en un taxi destartalado a ver de cerca cómo el Cotopaxi ahumaba el cielo de Ecuador, y por lo tanto el cielo de América, y daba miedo, con toda su majestuosa nieve, mientras las llamas nos veían pasar y los campesinos seguían con sus vidas como si no fuera a acabarse el mundo aquella jornada.

 

Ecua3

 

«El viejo aeropuerto de Quito, incrustado entre las casas como un pasillo para los sonámbulos, te metía de lleno en el corazón de la ciudad y te ponía un plato de soroche nada más abrir la portezuela a la luz de cóndor de Los Andes. Ahora no, ahora el impecable aeródromo que trazó un tal Correa con su afán de reescribir la historia parece un signo para la CIA de los ángeles. Cuando sopla el viento sobre ese altiplano se estremecen los fuselajes. El soroche apenas es un ponche azul que se va tejiendo a medida que la espaciosa carretera arrancada a las montañas va abriéndose camino como un nuevo Mar Rojo para que el que llegue a la capital de Ecuador se vaya acostumbrando a la luz, a la altitud, a la dulzura del idioma, a la verborrea del chófer que parece trabajar para el Ministerio de la Felicidad.

 

El hotel se llama Sebastian, aunque el chófer dirá Johan Sebastian.

 

—¿Bach?

 

El chófer me mira perplejo. El hotel parece haber sido preservado por los hermanos Cohen para un nuevo episodio sobre el malestar de la cultura. Nada más deshacer el equipaje como si fuera a quedarme a vivir en la habitación 513 lo que me queda de vida le pregunto al tipo de la recepción, que parece haber salido de un gran frasco de formol con la etiqueta 1970, cómo llegar andando al casco histórico por mi propio pie. Trata de disuadirme, pero consigo arrancarle un mapa y un cuadrante. Creo que también trabaja para la CIA de los ángeles. Trato de hacerme ver en uno de los torreones de la basílica del Voto Nacional.

 

—¿Voto a quién?

—Al Sagrado Corazón de Jesús.

 

Me propongo investigar de qué va la vaina mientras busco en el horizonte la ceniza que lleva emitiendo el Cotopaxi desde hace tres días. ¿Será un mensaje en morse? Un taxista dirá que el presidente está echando dinamita al cráter. Pero la teoría me parece demasiado fantasiosa para darle el menor crédito. Prefiero seguir la pista que días después me ofrecerá el novelista Javier Vásconez:

 

—Quito es una ciudad de secretos».

 

Ahora ya ven cómo funciona la memoria. Con cuántos altibajos. Con cuántas inexactitudes. Y cómo nos repetimos al abrir el cajón del que queremos recoger un fragmento veraz del pasado, que se vuelve sobre sí mismo como si la luz de la voluntad que entra en la bodega lo removiera todo, hiciera que las palabras que nombran a los seres, las emociones y las cosas quedaran alteradas para siempre. Y con cada visita a ese cajón volvieran a mutar, mudar. Memoria, rara cosa, lluvia ácida, otra fertilidad. La memoria, artefacto de palabras. Aunque no solo, claro.

 

Ayer vino al periódico Olvido García Valdés. Me trajo dos libros. Uno era El arte de perder y otros poemas, de Mirta Rosenberg (Rosario, Santa Fe, Argentina, 1951), que acaba de publicar en su preciosa colección La cruz del sur la editorial Pre-textos. Si afino el oído, escucho llover. Porque se ha ido quedando silenciosa la redacción ahora que ya son las 21.51 de la noche del viernes, y van escaseando las noticias y los autobuses. Como siempre, abro el libro al azar y copio (y juro que no hago trampas):

 

«Pero nada queda en la punta de la lengua:

abro al azar un libro tuyo y de la página salta realidad

como si fuera lo mas evidente de las cosas

de la vida: a los enfermos e impedidos, dice en ella,

diles ea, solos estáis. Como si pudieras ponerte en mi lugar,

como si de este dolor conocieras la medida».

 

Todavía quedan tres versos:

 

«La lengua, raíz de los afectos, casa compartida, es la medida

en que las cosas cobran realidad, y en ella tus versos,

vida vivida, vida de tu vida y de la mía, que se pueda, que se abra su lugar».

 

Aunque así termina, debajo todavía, entre paréntesis, se lee «(Olvido García Valdés)». Si vuelvo la página para ver el título, reza: «Con Olvido». La edición del libro, por cierto, es de Olvido. Y con él me voy ahora mismo a internar en la noche y en la lluvia, en la lluvia y en la noche.

 

 

 

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