Todo depende de lo que hagamos con el alma

Publicado por el ene 8, 2016

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Al final de Torres para el silencio y otros poemas (Pre-textos. Colección La cruz del sur) el escritor argentino Ángel Bonomini (Buenos Aires, 1929. Murió 65 años después) se pregunta:

 

«¿Todo depende de lo que hagamos con el alma?».

 

y se responde

 

«Todo depende de lo que hagamos con el alma».

 

Han pasado apenas ocho días de enero, ocho fechas con un nuevo anagrama detrás, 2016, que parece más eufónico, menos cortante que el año que dejamos atrás, y que cada uno recuerda según le haya ido (la feria) en él. El cambio de año sirve para que a diestra y siniestra nos deseen un «feliz año nuevo». La forma menos problemática de responder es repitiendo la fórmula, mejor que entrar en disquisiciones más o menos metafísicas sobre la naturaleza la la felicidad. Una coletilla que también se escucha con frecuencia es la de «que se hagan realidad todos sus deseos». Esa aparente bienaventuranza me suscita todavía más resquemores, de ahí que, cuando le tengo confianza al interlocutor, y no se trata del mero trámite de rigor en el mundo de los negocios, de los trabajos y los días, me acuerde de Santa Teresa y de su se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desatendidas. Por eso le suelo proponer a los que quiero que se cumplan algunos de sus deseos en este año que parece intacto, pero no todos. Entonces leí en algún sitio que esa cautela ante el deseo es una retórica reaccionaria. Me quedé dándole vueltas al asunto hasta que Leila Guerriero, con un hermoso (y terrible) suelto dedicado a una película que dice haber visto diez veces el último mes (The end of the tour, de James Ponsoldt), devolvió la pelota a mi tejado. Recuerda que la película «está basada en la entrevista que David Lipsky, de Rolling Stone, le hizo al escritor David Foster Wallace durante la gira de presentación de la novela La broma infinita». Lo que sigue es una cita demasiado larga, porque es prácticamente medio artículo, y eso va contra las normas (que es lo que hay que hacer de vez en cuando, ¿no? Ir contra las normas), y porque es tan descarnado y tan escueto a fin de cuentas que no vale la pena resumirlo porque sería destruirlo, y porque tiene todo que ver con el deseo. Escribe Leila:

 

«Hacia el final, Lipsky y Wallace se despiden junto a sus autos cubiertos de nieve. Lipsky pregunta: “¿No es genial que la gente hable de vos como de un escritor muy sólido?”. Foster Wallace lo mira con piedad y le dice: “Va a ser interesante hablar con vos en unos años”. “¿Por qué?”, pregunta Lipsky. Y Foster Wallace —recuerden, esto es la vida real: las cosas como sucedieron— responde: “En mi experiencia eso no es cierto. Lo peor que hay en el hecho de que todos te presten mucha atención es que también vas a tener ‘atención negativa’. Y si eso te afecta, el calibre del arma que te apunta ha aumentado de una 22 a una 45”. Después, se acerca a Lipsky y susurra: “No estoy seguro de que quieras ser como yo”. Y Lipsky, con un respingo, responde: “No. No quiero”. Pero miente. Y uno, entonces, sólo quiere arrodillarse y gemir y repetir como un mantra aquello que Foster Wallace dijo en una entrevista, mucho antes de 2008, el año en que se ahorcó: “Yo tuve un profesor (…) que aseguraba que la tarea de la buena escritura era la de darles calma a los perturbados y perturbar a los que están calmados”. Sabía lo que saben pocos: que, para algunos, no hay forma de ganar. Que para algunos, aún cuando se gana, todo está perdido».

 

Esta misma tarde, a las afueras del periódico, en un aparte, entre una lluvia que cae y no cae, que no se anima a caer, bajo un cielo cubierto que amenaza, latente, como la noche del viernes y todos sus afanes, vuelvo a un libro de poemas de la escritora rumana Ana Blandiana (Mi Patria A4. Pre-textos), abandonado (a la espera) desde hace meses:

 

«”Escribe”, me dijiste.

Y yo cogí lápiz y papel

Pensando que querías dictarme algo.

“Escribe”, repetiste.

Y te quedaste callada como un icono.

Y yo he empezado a escribir

Tu silencio

Tu silencio del que fluye todo,

Tal como fluye la sangre de la herida».

 

Rigoletto 4688

 

Tendría que haberme puesto de inmediato manos a la obra. Con la emoción todavía a flor de piel. A escribir. Primero de la inconcebible cualidad de Verdi de convertir las frases musicales en textura dramática que no cabe pensar (ni sentir, supongo) de otra manera. En segundo lugar el contenido político del drama, con el honor, la venganza, la doblez, el deseo, el abuso de poder y las flaquezas de la condición humana. Sin duda, de la Gilda interpretada por la deslumbrante soprano rusa Olga Peretyatko, a quien ya me rindo, y que invita a preguntarse cómo se puede cantar así, correr tantos riesgos de quebrarse como el cristal y ganarse en el empeño nuestro asombro. Porque cantar así es como andar desnuda por un alambre a la intemperie sobre un mar incierto. Sin olvidar al barítono onubense Jesús Rodríguez, que aprovechó la ocasión para mostrar los dos talentos que atesora: como barítono y como actor. No se puede dejar de mencionar a la Orquesta del Teatro Real, que en las noches verdianas dio la talla, no se refrenó, no fue cicatera ni con el sonido ni con su entendimiento de lo que Rigoletto supone para la historia de la música y para su supervivencia. Arte en el tiempo, a fin de cuentas, como supo ver Barenboim cuando dijo que las sinfonías de Beethoven no existen hasta que se tocan, y hasta que se tocan en el tiempo, ante un público concreto un día concreto. Y por supuesto lo que logró de la orquesta Nicola Luisotti a la hora de leer a Verdi en esta hora del mundo. Muchas más dudas me suscitó esa suerte de monumento a la Tercera Internacional del escenógrafo Michael Vale: tras la fachada del palacio de Mantua, una superficie lisa de plata que es espejo y disfraz, capa de amianto para la conciencia del poder. El crimen y la revolución, el poder y la miseria, en una sola pieza que se exhibe como un objeto escultórico ante nosotros. Pero también ante la orquesta, que debe esperar a que el artefacto gire parsimoniosa y conscientemente antes de volver a tocar. No, no hubo lágrimas tampoco esta vez. Me he dado cuenta de que a pesar de la música no es fácil llorar en la ópera. Y eso que este Rigoletto sin cuajar como espectáculo total (mis mayores reparos van para David McVicar, director de escena) era una nueva demostración de su poder para encarnar pasiones y razones humanas en una piel de teatro musical: argumentos racionales y sentimentales en una textura tan abstracta como es la de la música, su propia esquiva naturaleza. Giuseppe Verdi ha logrado que entendamos con los sentidos la naturaleza del drama. Lo explica con elocuencia Francesco Izzo en el programa (Música y propósito dramático en Rigoletto):

 

«Ciertamente, la manifestación más extraordinaria de los contrastes dramáticos y musicales de la ópera es el célebre cuarteto del Acto III, en que el duque seduce a Maddalena mientras Gilda y Rigoletto, escondidos, contemplan lo que sucede en la posada de Sparafucile a través de una grieta en la pared. En ese momento, cada uno de los personajes está asociado a una idea musical específica, a su vez ligado a una emoción distinta: la melodía seductora del duque es la que cobra protagonismo; la respuesta de Maddalena es juguetona y confiada (un guiño al lenguaje de la opera buffa); la tristeza de Gilda se expresa a través de plañideras líneas descendientes; y Rigoletto interrumpe con sus frases casi habladas y llenas de reproches. Resulta extraordinario ver cómo coexisten estas diferentes líneas musicales en una misma sección lírica, y es todavía más notable que cada línea sea un microcosmos del personaje con que se asocia».

 

Este blog lleva tiempo en silencio, que es como decir a la deriva. Cuando se deja de escribir en un cuaderno, como cuando se abandona un libro, cuesta volver a su superficie. Es como si nos llamaran con más premura otros asuntos, otras tentaciones, otras obligaciones y urgencias. Lo cierto es que cada vez me gusta más leer que escribir, escuchar que hablar, pensar que opinar.

 

Escribe el poeta mexicano Vicente Quirarte en su libro Esa cosa tan de siempre (Pre-textos):

 

«La línea dura que recorre

el cuello y los puños de la camisa mide la vejez del día.

Nuestra edad de árbol».

 

Hablando de Ana Blandiana, la traductora de Mi Patria A4, Viorica Patea (junto a Antonio Colinas), dice que «el destino del poeta es el de  transformar todo “en palabras”». Hubo un tiempo en que lo pensé. Pero ya no estoy tan seguro de que siga siendo así. Hubo un tiempo en que estaba empeñado en transformarlo todo en palabras. Hasta pensaba que había cámaras en los árboles grabándolo todo todo el tiempo. Lo que por otra parte ha acabado por convertirse en pavorosa realidad. Por nuestro propio bien, según dicen.

 

 

Jornal de Letras

 

Todavía no llueve. ¿O sí? Tendría que levantarme para comprobarlo. Voy a ver. No, no está lloviendo. Pero el cielo está listo para volver a llover. También para hacerse de noche. Para acompañar el final del viernes con un poco de lluvia y compasión. Yo no conozco al poeta Alejandro Berkes, nacido en Santa Fe, Argentina, un año más tarde que yo. Es decir, en 1959. Por eso, aunque el poema titulado ‘La lluvia’, y que forma parte del poemario Virgen de proa (también publicado en Pre-textos. Este primer post después de tantas semanas de silencio parece dedicado a la colección La cruz del sur, que edita con tanto mimo la editorial Pre-textos), esté dedicado A Alfonso, no está dedicado a mí. Aunque lo pueda leer como si lo estuviera. Tal vez por algo este blog se llame Lluvia racheada, aunque acabo (de nuevo) de darme cuenta. Reza así:

 

«Llueve: ahí está el poema. Llueve y llueve.

Si lo escribo, está bien; si no lo escribo

habla sin mí la boca de la lluvia

y escuchará su voz quien pueda oírla.

El poema es eterno. Está ahí fuera,

en la noche. Si en ella no lo escuchas

tampoco oirás la lluvia de mi verso.

La lluvia es la memoria de la tierra.

Antes de mí y antes del hombre y antes

de la vida compuso su poema.

Oye: es el más antiguo. Llueve. Llueve.

Llueve sobre el injusto y sobre el justo.

Llueve sobre los vivos y los muertos,

sobre el lugar lejano en que fui niño,

sobre la flor de un gran amor marchita,

sobre tu juventud que se despide.

Llueve en la noche. Escucha. Llueve y llueve».

 

Cuando me alejé unos cuantos metros del periódico después de comer fui a la cafetería de un hotel cercano en el que a veces me gusta tomar a solas un café y abrir un cuaderno forrado de papel de estraza azul en el que escribo algo de vez en cuando, muy de tarde en tarde. De hecho hay anotaciones de 2013, 2014 y 2015. Sin sospechar que esta tarde, al volver, antes de que anocheciera, antes de que volviera a llover, iba a descubrir el poema de Alejandro Bekes titulado ‘La lluvia’, dedicado a un Alfonso que no soy yo, empecé la página escribiendo:

 

«Antes: un momento indefinido en la formación de la conciencia».

 

Ah, el cuaderno se llama EGDP, es decir, El grajo de Praga. Buenas noches, casi.

 

 

 

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Lluvia racheada © DIARIO ABC, S.L. 2016

Este blog está dedicado a la meteorología cultural y política, el teatro de nuestro tiempo, el periodismo y las sombras corredizas.Más sobre «Lluvia racheada»

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